Capítulo 5  
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El colegio. - El rector. - La piedra de toque. - Prejuicios nacionales. - Deportes juveniles. - Los judíos de Lisboa. - Creencias corrompidas. - Crimen y superstición.

Una tarde me dijo Antonio: «Me parece, Senhor, que a su merced le gustaría ver el colegio de los ...* ingleses ». «Lléveme allá, sin falta» -le contesté yo-. Condújome por varias calles, y nos detuvimos ante un edificio situado en uno de los puntos mas altos de Lisboa. Llamamos, y un a modo de portero vino en seguida a preguntar lo que queríamos. Antonio se lo explicó. Vaciló un instante y nos mandó entrar, llevándonos a un lóbrego vestíbulo de piedra, donde nos dejó después de invitarnos a tomar asiento. De allí a poco salió un personaje venerable, como de setenta años de edad, vestido con una ropa flotante a manera de sobrepelliz, y tocado con la gorra colegial. A pesar de sus años, había en las facciones de aquel hombre un tenue matiz rojizo, característico del inglés. Se acercó a nosotros lentamente, y en nuestro idioma me preguntó en qué podía servirme. Díjele que, como viajero inglés, tendría un placer muy vivo en visitar el colegio, si era costumbre enseñárselo a los extraños. No opuso inconveniente alguno a mis deseos, pero me declaró que no llegaba en muy buena ocasión, por ser la hora de la comida. Me excusé, y al querer retirarme, el anciano me rogó que aguardara unos minutos, hasta que, terminada la comida, los directores del colegio pudieran tener el gusto de acompañarme.

Nos sentamos en el poyo de piedra, y después de examinarme atentamente un poco de tiempo, el anciano clavó los ojos en Antonio. «¿Qué es lo que veo? -dijo al fin-. Tengo la seguridad de que esa cara no me es desconocida.» «Así es, reverendo padre -contestó Antonio levantándose y haciendo una profunda reverencia-. «Yo servía en casa de la condesa de..., en Cintra, cuando vuestra reverencia era su director espiritual» «Cierto, cierto - dijo el anciano varón, Suspirando-. Ahora le recuerdo a usted perfectamente. ¡Ah! Las cosas han cambiado mucho desde entonces, Antonio; nuevo gobierno, nuevo sistema, y podría decir nueva religión.» Entonces, mirándome de nuevo, me preguntó adónde era mi viaje. «Voy a España -le dije-, y de paso me he detenido en Lisboa.» «¡España, España! -exclamó el viejo-. Ciertamente, ha escogido usted una ocasión singular para ir a España, habiendo como hay allí ahora guerras enconadas, alborotos y efusión de sangre.» «Me parece que la causa de don Carlos está ya vencida -contesté-; ha perdio el único general capaz de llevar sus huestes a Madrid. Zumalacárregui, que era su Cid, ha muerto.» «No se forjeusted ilusiones. Con perdón de usted,

joven, creo que el Señor no permitirá que triunfe tan fácilmente el poder de las tinieblas. La causa de don Carlos no está vencida. Su triunfo no depende de la vida de un frágil gusano como el que acaba usted de nombrar». Departimos así un breve rato y luego se levantó, diciendo que ya debía de haber concluído la comida.

Aun no hacía cinco minutos que nos había dejado solos, cuando entraron en el vestíbulo tres individuos que se me acercaron pausadamente. -Estos son los directores del colegio, dije entre mí; y lo eran, en efecto. El primero de aquellos varones, a quien los otros dos trataban con notable deferencia, era delgado y seco, de estatura más que regular, muy pálido de tez, las facciones demacradas, pero bellas, y de ojos oscuros y chispeantes; podía tener unos cincuenta años. Sus dos compañeros estaban en plena juventud. El uno, más bien bajo, tenía en su sombrío semblante aquella expresión dolorida tan frecuente en los [católicos] ingleses; el otro era un mocetón coloradote, con cara de buena persona. Los tres llevaban el birrete peculiar del colegio y sotanas de seda. El de más edad se acercó a mí, y tomándome la mano me dirigió, con voz clara y de timbre argentino, las siguientes razones:

-Bien venido seáis, señor, a nuestra pobre casa. Siempre nos alegra mucho recibir en ella a los compatriotas que vienen de nuestro amado país natal. En verdad, este contento se aminora mucho al considerar que aquí nada hay digno de la atención del viajero; nada notable hay en esta casa, salvo, quizás, su organización: yo iré explicándosela a usted en el curso de nuestra visita. Pero ante todo, permítanos usted que nos presentemos nosotros mismos; yo soy el rector de este humilde asilo inglés; este señor es nuestro profesor de humanidades, y éste (señalando al mocetón), es nuestro profesor de lenguas sabias, hebreo y siriaco.

YO: Saludo a todas ustedes humildemente, y les ruego me excusen si me permito preguntar quién era aquel venerable señor que se ha tomado la molestia de acompañarme hasta que ustedes han tenido comodidad para venir.

El rector: ¡Oh! Es nuestro limosnero, nuestro capellán; persona digna de la mayor admiración. Vino a este país antes de nacer ninguno de nosotros, y aquí ha estado siempre desde entonces. Ahora, subamos, si gustáis, a visitar nuestra pobre casa. Pero, querido señor, ¿por qué permanece usted descubierto en este vestíbulo, tan frío y tan húmedo?

YO: La explicación es muy fácil; se trata de una costumbre ya muy arraigada. Acabo de llegar de Rusia, donde he estado algunos años. Los rusos se quitan el sombrero indefectiblemente cuando entran bajo techado, ya sea en una choza, en una tienda o en un palacio. No hacerlo así, parecería grosería o barbarie; la razón es que en cada aposento de las casas rurales hay un cuadrito de la Virgen colgado en un rincón, muy cerca del techo, y en prueba de respeto, los que entran se quitan el sombrero.

Los tres señores cambiaron rápidas ojeadas de inteligencia. Había tropezado en su Shibbolet, y descubrían en mí un Ephraimita, no un hijo de Galaad. Sin duda, hasta aquel momento me habían tenido por uno de los suyos, miembro, y acaso sacerdote, de su antigua, grandiosa e imponente religión. Era muy natural su error, lo confieso. ¿Qué motivos podía tener un protestante para entrometerse en aquel retiro? ¿Qué interés podía moverle a conocer la organización de la casa? Sin embargo, lejos de disminuir sus atenciones para conmigo después de tal descubrimiento, aquellos señores aumentaron visiblemente su cortesía, si bien un observador escrupuloso hubiera quizás percibido una leve sombra en la cordialidad de sus maneras.

El rector: ¿Debajo del techo en cada aposento? Creo que es eso lo que ha dicho usted. Es, en verdad, muy agradable e interesante: un cuadro de la «santa» Virgen en cada aposento. La noticia es tan inesperada como agradable. Desde este momento tendré de los rusos una opinión mucho más elevada que hasta aquí. Es un ejemplo muy digno de imitación. Quisiera sinceramente que también nosotros tuviéramos la costumbre de poner una «imagen» de la «santa» Virgen en cada rincón de nuestras casas, cerca del techo. ¿Qué decís a esto, señor profesor de humanidades, qué decís de la noticia que con tanta amabilidad nos ha dado este excelente caballero?

El profesor de humanidades: Digo que es placentera y de grandísimo consuelo; pero declaro que no me coge enteramente desprevenido. La adoración de la Santa Virgen se extiende cada día más por países donde estaba olvidada o era hasta aquí desconocida. El doctor W..., cuando pasó por Lisboa, me dió algunos detalles interesantísimos respecto de los trabajos de la propaganda en la India. Hasta Inglaterra, nuestra amada patria...

Mis corteses amigos me enseñaron toda su «pobre casa». Cierto, no parecía ser muy rica; espaciosa, sí, pero casi en ruinas. La biblioteca era pequeña y no poseía nada notable. Desde las azoteas se descubría un vasto y hermoso panorama del Tajo y de la mayor parte de Lisboa. Pero yo no había ido buscando a tal lugar obras de arte, ni libros raros, ni hermosas vistas; visité aquella singular y antigua mansión para conversar con sus habitantes, porque mi estudio favorito, y podría decir único, es el hombre. Aquellos señores resultaron bastante parecidos a como yo me los figuraba, pues no era la primera vez que visitaba un establecimiento [católico] inglés en tierra extraña. Llenos de amabilidad y cortesía recibieron al compatriota hereje y aunque el adelanto de su propia religión era para ellos un objeto de primordial importancia, no tardé en observar que, con una inconsecuencia bastante divertida, conservaban en grado portentoso algunos prejuicios nacionales casi extinguidos ya en la madre patria, y movidos por ellos llegaban a censurar y desdorar a sus mismos correligionarios. Hablé de los [católicos] ingleses, de su elevada respetabilidad, y de la lealtad que uniformemente han guardado a sus soberanos, aunque de religión diferente y no obstante haber sufrido no pocas persecuciones e injusticias.

El Rector: Me regocija mucho oírle a usted hablar así, carísimo señor; veo que conoce usted bien al venerable gremio de mis correligionarios ingleses; cierto: nunca faltaron a la lealtad, y aunque les achacaron conjuraciones y complots, de sobra se sabe ya que todo eso eran calumnias inventadas por los enemigos de su religión. Durante las guerras civiles los [católicos] ingleses vertieron de buen grado su sangre y prodigaron sus riquezas por la causa del mártir infeliz, aunque éste no los favoreció nunca y los miró siempre con desconfianza. Actualmente, los [católicos] ingleses son los súbditos más fieles de nuestro gracioso soberano. Mucho me contentaría poder decir otro tanto de nuestros hermanos irlandeses; pero su conducta ha sido detestable. Realmente, ¿podía esperarse otra cosa? Los verdaderos [católicos] se avergüenzan de ellos. Hay entre los irlandeses algunas personas que son el oprobio de la iglesia que pretenden servir. ¿De dónde sacan que nuestros cánones aprueben su proceder, ni sus inconsideradas expresiones respecto de quien es su soberano por derecho divino y no puede errar? Y, sobre todo, ¿en qué autoridad se apoyan para inflamar las pasiones de una turba vil contra la nación destinada naturalmente a gobernarla?

YO: Creo que hay un colegio irlandés en Lisboa.

El Rector: Así es; pero vive lánguidamente; tiene muy pocos alumnos, o ninguno.

Miré desde una ventana, a gran altura, y vi que en un patio, debajo de nosotros, estaban jugando veinte o treinta apuestos muchachos. «Eso me parece muy bien», exclamé; «estos muchachos no dejarán de ser buenos sacerdotes porque dediquen un rato a los deportes. La educación puritana, demasiado rígida y seria, no me gusta; a mi parecer fomenta el vicio y la hipocresía.»

Fuimos después al aposento del rector, donde había colgado, encima de un crucifijo, un pequeño retrato.

YO: Este fué un grande hombre, prodigioso y sin tacha. En mi opinión, la compañía que fundó, tan censurada por muchos, ha producido infinitamente más beneficios que daños.

El Rector: ¿Qué es lo que oigo? ¿Usted, inglés y protestante, habla con admiración de Ignacio de Loyola?

YO: Nada diré respecto de la doctrina de los jesuítas, porque, como acaba usted de decir, soy protestante; pero estoy dispuesto a sostener que no hay en el mundo gente a quien, en general, pueda encomendársele con más confianza la educación de la juventud. Su sistema moral y su disciplina, son verdaderamente admirables. Sus discípulos, cuando llegan a la edad viril, rara vez son viciosos ni licenciosos, y, en general, son hombres instruídos y de ciencia, poseedores de todas las prendas de una educación esmerada. Me parece execrable la conducta de los liberales de Madrid, que asesinaron el año pasado a los indefensos padres, por cuyas solicitud y sabiduría se han desarrollado dos de los más brillantes talentos de la España actual: Toreno y Martínez de la Rosa, gala de la causa liberal y de la literatura moderna de su país ...

En la parte baja de las calles del oro y de la plata, de Lisboa, puede verse a diario cierta caterva de hombres de extraña catadura, que no parecen portugueses ni europeos. Congréganse en pequeños grupos junto a las columnas de la calle a eso del mediodía. Su vestidura consiste, generalmente, en una túnica azul sujeta a la cintura por un ceñidor rojo, anchos calzones o pantalones de lienzo, y un bonete colorado con una borlita de seda azul en lo alto. Al pasar entre los grupos se les oye hablar en español o en portugués corrompidos, y, a veces, en una lengua áspera y gutural, en la que cuantos han viajado por Oriente reconocen el arábigo o alguno de sus dialectos. Aquellas gentes son los judíos de Lisboa. Un día me metí en uno de los grupos y pronuncié un beraka o bendición. En diversas partes del mundo he vivido en contacto con la raza hebrea, Y conozco bien sus maneras y fraseología. Tenía yo muy vivos deseos de conocer la situación de los judíos portugueses, y aproveché la oportunidad que se me ofreció. «Este hombre es un rabí poderoso -dijo una voz en arábigo-; nos importa tratarle con bondad». Diéronme la bienvenida, y, favoreciendo su error, en pocos días me enteré de cuanto a sus personas y a su tráfico en Lisboa concernía.

Los judíos de Europa están al presente divididos en dos clases (o sinagogas, como las llaman algunos): la portuguesa y la alemana. La más famosa de las dos es la portuguesa. A los judíos de esta clase se les considera generalmente más civilizados que los otros, mejor educados y más profundamente versados en la lengua de la Escritura y en las tradiciones de sus mayores.

En Londres hay un hermoso edificio llamado la sinagoga de los judíos portugueses, donde los ritos de la religión hebraica se cumplen con todo el esplendor y magnificencia posibles. Conociendo estas cosas, era natural que, al llegar a Portugual, esperase uno encontrarse en el cuartel general de aquel judaísmo, al que por costumbre se asociaban en mi ánimo muchas cosas respetables e imponentes. Experimenté, pues, sorpresa considerable al oír a los seres a quien he tratado de describir más arriba dar esta cuenta de sí mismos: «Nosotros no somos de Portugal, venimos de Berbería; algunos, de Argel; y otros, de Levante; pero los más, de Berbería, allá lejos»; y señalaban al Suroeste.

- ¿Y dónde están los judíos de Portugal -pregunté-, hijos auténticos de este país?

- No conocemos a nadie fuera de nosotros -respondieron los berberiscos-; pero hemos oído decir que aquí hay otros judíos; si así es, no quieren tratarse con nosotros, y hacen bien, porque somos malísima gente, ¡oh Tsadik!, todos ladrones, sin excepción. Cada año viene de Swirah un barco cargado de ladrones: es el que nos trae a nosotros a Portugal.

- ¿Y vuestras esposas y familias?-dije yo-; ¿dónde están?

- En Swirah, en Salee, o en otros lugares de donde venimos; nunca traemos a nuestras mujeres ni a nuestras familias. Muchos de nosotros se han escapado de allí con lo puesto por salvar la vida, huyendo de los castigos merecidos por nuestros delitos. Algunos viven en pecado con las hijas del Nazareno, porque somos una casta depravada, ¡oh Tsadik!, y no guardamos los preceptos de la ley.

- ¿Tenéis sinagogas y doctores?

- Sí, ¡oh varón justo!; pero poco puede decirse de unas y otros. Nuestros chenourain son lugares infectos, y nuestros doctores están como nosotros presos en el galoot del pecado. Uno de ellos tiene en su casa una hija del Nazareno: es de Swirah, y de tal país no puede venir nada bueno.

- ¿Y escucháis la palabra de vuestros doctores, aunque son tan depravados como decís?

- ¿Cómo podríamos vivir si no lo hiciéramos así? Nuestros doctores son malísima gente, y viven del fraude como nosotros; con todo, son nuestros superiores y hay que temerlos y obedecerlos. Los ángeles están a su mandar; disponen de sortilegios, de palabras mágicas y del Shem Hamphorash. Si no diéramos oídos a sus palabras, podrían sumir nuestras almas en la consternación, reducirlas a niebla, a fango, como tú podrías también, ¡oh varón justo!

Tales fueron las cosas extraordinarias que de sí mismos me contaron aquellos judíos, y no tuve motivos para ponerlas en duda, pues por diferentes caminos fuí luego comprobándolas. ¡Qué buena pareja hacen el delito y la superstición! Aquellos miserables que quebrantaban sin escrúpulo los mandamientos eternos de su Hacedor, no se atreverían a comer de los animales de uña indivisa ni del pez sin escamas. Desdeñan las amenazas de los santos profetas contra los hijos del pecado, y tiemblan al oír una palabra cabalística pronunciada por alguno que quizás los aventaja en infamia; como si, según se ha hecho notar acertadamente, Dios fuese a delegar el ejercicio de su poder en los fautores de la iniquidad.

Es absolutamente cierto que en otro tiempo los judíos de Portugal gozaron merecida fama de riqueza, saber y finas maneras; pero la Inquisición hizo en ellos pavoroso estrago. Los que se libraron del auto da fe sin convertirse a la idolatría papista, se refugiaron en países extranjeros, sobre todo en Inglaterra, donde aun se los conoce con su nombre de origen. Actualmente, si bien todas las religiones están toleradas en Portugal, no se ve por parte alguna a los auténticos judíos portugueses, y en su lugar se encuentra por las calles de Lisboa a la ralea berberisca, gente proscrita, que no oculta su propia degradación.

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