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Capítulo 28 |
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Los mareantes de Padrón. - Caldas de los
Reyes. - Pontevedra. - El notario público. - La insania
de un barbero. - Una presentación.- La lengua gallega. - Paseo por la tarde.
- Vigo. - El forastero. - Los judíos del desierto. - La bahía de Vigo. - Una
interrupción brusca. - El gobernador. |
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Después de estar unos quince días en Santiago,
montamos de nuevo a caballo y proseguimos el viaje en dirección de Vigo. Como
salimos de Santiago ya muy entrada la tarde, no pasamos aquel día de Padrón,
distante sólo tres leguas. Padrón es un pequeño puerto situado en una ría y
lo llaman así por razón de brevedad; pero su nombre verdadero es Villa del Padrón o ciudad del santo patrono,
porque ésta fue, según la leyenda, la principal residencia del santo en
Galicia. Los romanos llamaron a este lugar Iria
Flavia. Es una ciudad pequeña, pero floreciente, con comercio marítimo de
alguna importancia, pues sus barquichuelos surcan a veces el golfo de Vizcaya
y hasta llegan al Támesis y a Londres. Hay una curiosa anécdota
referente a los mareantes de Padrón que no estará enteramente fuera de lugar
aquí, pues se relaciona con la circulación de las Escrituras. Hallándome un
día en la tienda de mi amigo el librero de Santiago, entró un sacerdote
corpulento, con aspecto de buen humor. Tomó uno de mis Testamentos y al
instante rompió en una ruidosa carcajada. - ¿Qué ocurre? -preguntó el
librero. - La vista de este libro me
trae a la memoria un sucedido -repuso el otro-. Hace unos veinte años, cuando
a los ingleses se les metió por vez primera en la cabeza convertirnos a los
españoles a su manera de pensar, repartieron gran número de libros de esta
clase entre los españoles que iban a Londres; algunos cayeron en manos de
ciertos mareantes de Padrón, y cuando esta buena gente regresó a Galicia, se
observó que se habían vuelto muy tercos y amigos de disputar. Apenas
aventuraba alguien delante de ellos una opinión, la contradecían de plano,
sobre todo si se trataba de asuntos religiosos. «Eso es falso -decían-. San
Pablo, en tal capítulo y en tal versículo, afirma exactamente lo contrario.» «¿Qué sabes tú lo que San Pablo ni otros santos han
escrito?», les preguntaban los curas. «Más de lo que ustedes se figuran
-respondían-. Ya no se nos puede tener en tinieblas y en la ignorancia respecto
de esas cosas», y entonces exhibían sus libros y leían párrafos y más
párrafos, haciendo comentarios que escandalizaban a todos; no les importaba
nada el Papa y hasta hablaban con irreverencia de las reliquias de Santiago.
El caso se divulgó pronto y de nuestra sede salieron órdenes para secuestrar
los libros y quemarlos. Así se hizo; los mareantes fueron castigados o
reprendidos y no he vuelto a oír hablar de ellos. No he podido por menos de
reírme al ver esos libros acordándome de los mareantes de Padrón y de sus
disputas religiosas. Al día siguiente llegamos a
Pontevedra. Como no se decía que por allí hubiese ladrones, viajábamos solos
y sin escolta. El camino es bello y pintoresco, aunque algo solitario, sobre
todo después que dejamos atrás la pequeña ciudad de Caldas. En España hay
varias poblaciones de ese nombre. Ésta de que hablo se llama, para
distinguirla de las demás, Caldas de los Reyes. No estará de más advertir que
el español Caldas es
sinónimo del morisco Alhama, palabra
muy frecuente en la topografía de España y África. Caldas tiene, al parecer,
muy bien puesto su nombre. Se alza en una confluencia de manantiales, y
cuando pasamos por allí, estaba atestada de gente que acudía a curarse con
las aguas. En el curso de mis viajes he observado que siempre hay vestigios
de volcanes en las cercanías de los manantiales de aguas calientes, ya sea
montañas hendidas o gruesos peñascos que emergen aislados en la llanura o en
la ladera, como si los titanes hubiesen estado jugando a los bolos. Este último
rasgo es el que domina en Caldas; la vertiente sur de la montaña se halla
cubierta de inmensas piedras de granito, expelidas, en alguna antiquísima
erupción, de las entrañas de Para viajar a caballo por
Galicia en esa época del año es muy recomendable llevar una red fina para
defensa del animal, remedio seguro y cómodo, completamente desconocido en
Galicia por las muestras, no obstante ser quizá el país del mundo en que más
se necesita. Pontevedra, en conjunto,
merece el nombre de ciudad monumental, pues algunos de sus edificios
públicos, en especial los conventos, son tales como no se ven en parte
alguna, fuera de España e Italia. Rodéanla murallas
de piedra labrada y se alza en el fondo de una ensenada, en la que desemboca
el río Lérez. Dícese que fue fundada por una
colonia griega, cuyo jefe era nada menos que Teucer
el Telamonio. En tiempos antiguos fue plaza
comercial importante; cerca del puerto se ven las ruinas de un farol, o faro, que pasa por ser
antiquísimo. El puerto, empero, muy distante de la ciudad, es incómodo y muy
poco profundo. La comarca pontevedresa es de incomparable amenidad, abundante
en frutas de todo género, especialmente en uvas, que en la estación propicia
muestran, pendientes de las parras, su
deliciosa lozanía. Un antiguo autor andaluz ha dicho que aquí se producen
tantos naranjos y limoneros como en la campiña cordobesa; pero las naranjas
no son buenas y no pueden competir con las de Andalucía. Los pontevedreses se
jactan de que su suelo produce dos esquilmos al año y que mientras recogen
una cosecha siembran La ciudad está en gran
decadencia y, a pesar de la suntuosidad de sus edificios públicos,
encontramos allí aún más suciedad y miseria que las usuales en Galicia. La posada era misérrima y para acabarlo
de arreglar la posadera tenía un genio regañón inaguantable. Porque Antonio
se quejó de la calidad de algunos de los comestibles que nos servía, empezó a
maldecirle violentamente en la lengua del país, única que sabía hablar, y le
amenazó, si intentaba producir desorden en la casa, con echarle a la calle a
él, a los caballos y a su amo. Ni el mismo Sócrates se hubiera conducido en
tal ocasión con más prudencia que Antonio, quien se encogió de hombros,
murmuró unas palabras en griego y guardó silencio. - ¿Dónde vive el notario
público? -pregunté. Es de saber que el notario público vendía libros y para
él llevaba yo una recomendación de mi amigo de Santiago. Un muchacho me guió
a casa del señor García,
que tal era el nombre del notario. Me encontré con un hombre de unos cuarenta
años, vivo, altivo y locuaz. De muy buen grado se encargó de vender mis Testamentos,
y en un abrir y cerrar los ojos le vendió dos a un cliente, aldeano por las
muestras, que le esperaba en el despacho. El notario era un patriota
entusiasta; pero claro es que en sentido local, porque no le importaba más
país que Pontevedra. - Los tales vigueses -me
dijo- pretenden que su ciudad es mejor que la nuestra, y que tiene más
títulos para ser la capital de esta parte de Galicia. ¿Ha oído usted jamás un
desatino semejante? Le digo a usted, amigo, que me importaría muy poco que
ardiese Vigo con cuantos mentecatos y bribones encierra. ¿Se le ocurriría a
usted jamás comparar Vigo con Pontevedra? - No lo sé -repuse-; nunca he
estado en Vigo; pero he oído decir que su bahía es la mejor del mundo. - ¿La bahía, buen señor? ¡La
bahía! Sí; esos bribones tienen una bahía, y la bahía es la que nos ha robado
todo nuestro comercio. Pero ¿qué necesidad tiene de una bahía la capital de
una provincia? Lo que necesita son edificios públicos donde puedan reunirse
los diputados provinciales a tratar de sus asuntos; pues bien: lejos de tener
Vigo un edificio público bueno, no hay una casa decente en todo el pueblo.
¡La bahía! Sí, tienen una bahía; ¿pero tienen agua para beber? ¿Tienen
fuentes? Sí, las tienen; pero el agua es tan salobre, que haría reventar a un
caballo. Espero, querido amigo, que no habrá hecho usted un viaje tan largo
para ponerse de parte de una gavilla de piratas como los de Vigo. - No he venido a ponerme de
su parte -contesté-; la verdad es que no sabía yo que necesitasen mi ayuda en
esta disputa. Sólo vengo a traerles el Nuevo Testamento, del que están al
parecer muy necesitados, si son tan pícaros e infames como usted los pinta. - ¿Pintarlos, querido amigo?
Pero ¿no lo dice el caso por sí solo? ¿No sostienen que su ciudad es más apropiada
que la nuestra para ser capital de la provincia? ¡Qué disparate! ¡Qué bribonería! - ¿Hay en Vigo alguna
librería? -pregunté. - Había una perteneciente a
un barbero loco. Afortunadamente para usted la librería quebró y su dueño ha
desaparecido. No hubiera dejado de jugarle a usted una de estas dos malas
partidas: o hacerle una cortadura en el cuello, so pretexto de afeitarle, o
encargarse de sus libros y
no darle nunca cuentas de su venta. ¡Una bahía! ¡Quisiera yo ver qué derecho
tiene a una bahía un nido de lechuzas como Vigo! No es posible tratar a nadie
con más bondad que el notario público me trató a mí en cuanto le convencí de
que no tenía intención de ponerme de parte de los de Vigo contra Pontevedra.
Eran entonces las seis de la tarde; sin dilación me llevó a una confitería y
me obsequió con un helado y una jícara de chocolate. Salimos luego a pasear
por la ciudad, y el notario fue mostrándome varios edificios, especialmente
el convento de los jesuitas. «Vea usted esa fachada. ¿Qué le parece?», decía.
Al expresarle la admiración
sincera que sentía, acabé de conquistar el corazón del buen notario. «Supongo
que en Vigo no habrá nada como esto», le dije. Me miró un instante, guiñó los
ojos, ahogó una risita de triunfo, y prosiguió su camino andando a tremenda
velocidad. El señor García
iba vestido enteramente como un notario inglés. Llevaba sombrero blanco,
levita oscura, calzones de lana gris abotonados en las rodillas, medias
blancas y zapatos negros bien embetunados. Pero nunca he visto a un notario
inglés andar tan de prisa; aquello apenas podía llamarse andar; más parecía
una sucesión de sacudidas eléctricas y de brincos. Viéndome en la
imposibilidad de seguirle, le pregunté falto de alientos: - ¿Adónde me lleva usted? - A casa del hombre de más
talento de España -replicó-, a quien voy a presentarle a usted. No vaya usted
a pensar que Pontevedra sólo se enorgullece de sus edificios públicos y de la
hermosura de su suelo: produce también más espíritus esclarecidos que ninguna
otra ciudad de España. ¿Ha oído usted hablar alguna vez del gran Tamerlán? - Sí tal -respondí-. Pero no
procedía de Pontevedra ni de sus alrededores; vino de las estepas de
Tartaria, cerca del río Oxo. - Ya lo sé -replicó el
notario-; pero lo que yo quiero decir es que, cuando Enrique III tuvo que
enviar un embajador a aquel africano, el único hombre que halló a propósito
para el caso fue un caballero de Pontevedra llamado don....
¡Que los de Vigo rebatan ese hecho si pueden! Entramos en un ancho portal y
subimos una suntuosa escalera, al final de la que el notario llamó a una
puerta pequeña. - ¿A quién me va usted a
presentar? -le pregunté. - A un abogado que se
llama... -replicó García-. Es el hombre de más talento de España, y conoce
todas las lenguas y todas las ciencias. Nos abrió una mujer de
aspecto respetable, con todas las muestras de ser el ama de gobierno, y luego
de decirnos, contestando a nuestras preguntas, que el abogado estaba en casa,
nos llevó a una inmensa sala, o más bien librería, pues los muros estaban
cubiertos de libros excepto en dos o tres sitios ocupados por algunos buenos
cuadros de escuela española antigua. Los suaves rayos del sol poniente
entraban por una ventana con cristales de colores, y esclarecían el aposento.
Detrás de la mesa estaba sentado el abogado, a quien miré con no pequeña
curiosidad. Tenía la frente alta y llena de arrugas, y las facciones muy
graves, netamente españolas. Vestía una especie de hopalanda, y frisaba en
los sesenta años. Estaba leyendo, sentado detrás de una ancha mesa, y, al
entrar nosotros, medio se incorporó y nos hizo una ligera reverencia. El notario le hizo un saludo
reverente, y en voz baja le pidió permiso para presentarle un amigo, un
caballero inglés que viajaba por Galicia. -Tengo mucho gusto en verle
-dijo el abogado-; pero espero que hablará castellano, pues en otro caso
apenas podríamos comunicarnos; aunque leo el francés y el latín, no los
hablo. - Habla el español casi tan
bien como si fuera de Pontevedra -repuso el notario. - Los naturales de Pontevedra
-observé yo- me parecen más versados en gallego que en castellano, pues la
mayor parte de las conversaciones que oigo en la calle son en aquel dialecto.
- El último caballero que me
presentó mi amigo García -dijo el abogado- era un portugués que hablaba muy
poco o nada el español. Dicen que el gallego y el portugués se parecen mucho;
pero cuando quisimos hablar en las dos lenguas no nos fue posible entendemos.
Yo entendía poco de lo que él decía, y mi gallego era para él completamente
ininteligible. ¿Entiende usted el dialecto local? -continuó. - Muy poco -repliqué-. Debe
de ser principalmente por el acento peculiar y la pronunciación, nueva para
mí, de los gallegos, porque su lengua está compuesta casi del todo de
palabras españolas y portuguesas. - De modo que es usted inglés
-dijo el abogado-. Sus compatriotas han hecho mucho daño antiguamente en
estas regiones, si hemos de creer a las historias. - Sí -dije yo-; hundieron los
galeones y quemaron los mejores barcos de guerra de ustedes en la bahía de
Vigo, y en tiempo de lord Cobham impusieron a la
ciudad de Pontevedra una contribución de cuarenta mil libras esterlinas. - Cualquier potencia
extranjera -interrumpió el notario- tiene perfecto derecho para atacar a
Vigo; pero no concibo qué podían alegar sus compatriotas de usted para
arruinar a Pontevedra, ciudad respetable que nunca les hizo daño. - Señor caballero -dijo el
abogado-, voy a enseñarle a usted mi librería. Aquí tiene usted una obra curiosa,
una colección de poemas, escritos casi todos en gallego por el cura de Fruime. Es nuestro poeta nacional y nos
enorgullecemos de él. Estuvimos más de una hora con
el abogado; su conversación, si no me convenció de que fuese el hombre de más
talento de España, era, en general, de gran interés; el abogado poseía,
ciertamente, una ilustración general bastante extensa, aunque le faltaba
muchísimo para ser el profundo filólogo que el notario me había dicho. * En la tarde del siguiente
día, al disponerme a salir de Pontevedra, el señor García, en pie junto a mi caballo, me abrazó, y me
deslizó en la mano un folletito. «Este libro -me dijo contiene una
descripción de Pontevedra. Hable usted bien de Pontevedra dondequiera que
vaya.» Asentí con la cabeza. «Espere -añadió-. He oído hablar, mi querido
amigo, de la Sociedad a que usted pertenece, y trabajaré cuanto pueda en
favor de sus designios. Lo hago con absoluto desinterés; pero si alguna vez,
andando el tiempo, tuviese usted ocasión de hablar en letras de molde del señor García, notario de Pontevedra
-ya usted me entiende-, deseo que no deje de hacerlo.» - Así lo haré -contesté yo. El recorrido de Pontevedra a
Vigo es sólo de cuatro leguas, y fue un agradable paseo a caballo que hicimos
en una tarde. Al acercamos a Vigo, el terreno iba siendo extremadamente
montañoso, aunque el paisaje era de insuperable hermosura. Las vertientes de
las montañas estaban casi todas cubiertas de frondosas arboledas, hasta la
misma cúspide, aunque a veces algún pico de roca desnuda asomaba, alzándose
hasta las nubes. Al anochecer, el camino se
entenebreció, envolviéndolo las montañas y bosques circundantes en profundas
sombras. Pero era un camino muy transitado: oíamos el chirriar de muchos
carros que iban por él y continuamente nos cruzábamos con numerosos jinetes y
peatones. Las aldeas eran frecuentes. Las parras
crecían con lozana pompa, aún mayor, si cabe, que en el campo de
Pontevedra. Por todas partes reinaban la actividad y La ciudad ocupa la parte baja
de un elevado cerro, más escarpado y pendiente a medida que se sube hacia el
castillo que lo corona. El casco de la población es pequeño y compacto,
rodeado de murallas bajas; las calles son angostas, empinadas y tortuosas; en
medio de la ciudad hay una plaza pequeña. Hay una faubourg de regular extensión a lo largo del
borde de A la mañana siguiente
hallábame sentado, para desayunarme, en un vasto aposento que miraba a -Si no me engaño, hablo con
un inglés, señor -me dijo en el mejor inglés que puede hablar un extranjero. YO: Lo ha acertado usted; pero yo, en cambio, no acabo
de adivinar qué país es el suyo. EL
DESCONOCIDO: ¿Puedo tomar asiento?
YO: Singular pregunta. ¿No tiene usted tanto derecho
como yo a sentarse en la sala común de una posada? EL
DESCONOCIDO: No estoy seguro de
ello. A la gente de aquí, en general, no le gusta verme tomar asiento a su
lado. YO: Quizá por las opiniones políticas de usted, o porque
haya usted tenido la desgracia de cometer algún delito. EL
DESCONOCIDO: No tengo opiniones
políticas, y no he cometido, que yo sepa, delito alguno. Aquí me odian por mi
país y mi religión. YO: ¿Estoy hablando quizá con un protestante como yo? EL
DESCONOCIDO: No soy protestante.
Si lo fuese, se andarían con más tiento para demostrarme su odio, porque
entonces tendría un gobierno y un cónsul que me defendieran. Soy judío,
judío, de Berbería, súbdito de Abderramán. YO: En tal caso, no tiene usted mucho de qué
lamentarse si aquí le miran mal, puesto que en Berbería los judíos son
esclavos. EL
DESCONOCIDO: En casi todas partes
lo son, es cierto; pero no donde yo he nacido, muy en el interior del país,
cerca de los desiertos. Allí los judíos son libres y temidos, y tan valientes
como los mismos musulmanes; saben domar potros y manejar el fusil. Los judíos
de nuestra tribu no son esclavos, y no queremos que se nos trate como tales
por los cristianos ni por los moros. YO: La historia de usted debe de ser muy curiosa;
quisiera conocerla. EL
DESCONOCIDO: No pienso contarle mi
historia a nadie. He viajado mucho, dedicado al comercio, y he prosperado.
Ahora estoy establecido en Portugal; pero no me gusta la gente de los países
católicos, y menos que ninguna YO: Se lo agradezco a usted con toda el alma, pero no
necesito nada. EL
DESCONOCIDO: ¿Trae usted letras?
Yo le tomo a usted las que traiga. YO: Nada necesito. El favor que puede usted hacerme es
aceptar de mí un libro. EL DESCONOCIDO: Lo aceptaré
muy agradecido. Sé cuál es. ¡Qué pueblo tan singular: el mismo vestido, el
mismo semblante, el mismo libro! Pelham me dio uno
en Egipto. ¡Adiós! Jesús fue un hombre virtuoso, quizá un profeta; pero ... ¡adiós! Bien pueden los pontevedreses
envidiar a los de Vigo su bahía, con la que, en muchas cualidades, no puede
compararse ninguna otra en el mundo. Altas y escarpadas montañas la defienden
por todos lados, menos por el Oeste, abierto sobre el Atlántico; pero en
medio de la boca surge una isla, imponente muro de roca, que rompe el oleaje
e impide que las mareas de Poniente invadan la bahía con violencia. A cada
lado de la isla hay un paso, bastante ancho para que los barcos puedan
atravesarlo en cualquier tiempo con toda seguridad. La bahía es oblonga, y se
mete mucho tierra adentro; es tan vasta, que mil
navíos de línea pueden maniobrar en ella sin estorbarse. Las aguas son
oscuras, sosegadas y profundas, sin bajíos ni arenas; de suerte que el barco
de guerra más soberbio puede surgir a tiro de piedra de los muros de la
ciudad sin averiarse la quilla. Aquella bahía ha presenciado
muchos sucesos memorables, ha visto armamentos poderosos. Allí se reunieron
los corpulentos barcos de la Invencible; desde allí, cargada con la pompa, el
poderío y el terror de - ¿Qué está usted haciendo
ahí, caballero? -gritaron varias voces-. ¡Quieto, Carracho! Si intenta usted correr, le
descerrajo un tiro. Miré en torno y vi, exactamente encima de mí, tres o cuatro individuos,
soldados por las muestras, vestidos con sucios uniformes, en un tortuoso
sendero que trepaba por - ¿Qué estoy haciendo? Ya lo
ven ustedes: nada -respondí-, como no sea mirar - Dese usted preso -dijeron-,
y venga usted con nosotros al castillo. - Precisamente estaba
pensando en ir allá antes de recibir su amable invitación -contesté-. Deseo
ver el fuerte. Me encaramé al lugar donde
estaban, y en el acto me rodearon; con esa escolta llegué al castillo, que en
su tiempo habría sido muy importante, pero ahora ruinoso. -Sospechamos que es usted un
espía -dijo el cabo, que iba delante. - ¿De veras? -contesté. - Sí -repuso el cabo-, y en
estos últimos tiempos hemos cogido y fusilado varios. Encaramado en uno de los
parapetos del castillo estaba un joven, con uniforme de oficial subalterno, a
quien me presentaron. - Hace media hora que estamos
vigilándole a usted, mientras hacía observaciones -me dijo. - Pues se han tomado ustedes
un trabajo inútil-respondí-. Soy inglés, y me entretenía en contemplar Hablamos un poco más, y el
oficial dijo: «Me gusta ser amable con la gente de su país de usted: queda
usted en libertad». Me incliné, salí del fuerte y emprendí el descenso de En Vigo hice muy poca cosa en
punto a la distribución de mis libros; estuve allí unos cuantos días, y me
marché, tomando de nuevo el camino de Santiago. |
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