| Capítulo 42 | |
| Salida de la cárcel. - Las excusas. - El corazón humano. - La vuelta del griego. - La Iglesia romana. - La luz de la Escritura.- El arzobispo de Toledo. - Una entrevista. - Piedras preciosas. - Una resolución. - El lenguaje extranjero. - Despedida de Benedicto. - La caza del tesoro en Compostela. - Realidad y ficción. | |
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Unas tres semanas estuve en la cárcel de Madrid y al cabo de ese tiempo la dejé. Si yo hubiese sido orgulloso o abrigado algún rencor contra el partido que me encarceló, el modo como me devolvían la libertad hubiera halagado grandemente esas malas pasiones. El Gobierno, en un documento transmitido a sir Jorge, reconoció que me habían detenido sin razón bastante y que ninguna tacha quedaba sobre mí de resultas de la prisión; se encargaba al propio tiempo de pagar todos los gastos que la tramitación del asunto me originó. Además, se mostró dispuesto a dejar cesante al individuo por cuyos informes me detuvieron; es decir, el corchete que me visitó en mi hospedaje de la calle de Santiago y se comportó del modo descrito en uno de los anteriores capítulos. Rehusé, empero, aprovecharme de la condescendencia del Gobierno, más que nada porque me dijeron que el individuo de marras tenía mujer e hijos, y si le dejaban cesante, se quedarían en la miseria. Consideré, además, que en cuanto hizo y dijo se limitó, probablemente, a obedecer órdenes secretas; le perdoné, pues, sin reservas, y si en el momento presente no conserva su plaza, la culpa, ciertamente, no es mía. También rehusé aceptar indemnización por mis gastos, que fueron de importancia. Es probable que muchas |
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personas en mi caso hubiesen procedido de muy diferente modo en este punto y me guardo de afirmar que en ello anduviese yo del todo discreto o acertado. Pero me repugnaba recibir dinero de una gente como la que componía el Gobierno de España, gente a quien, lo confieso, despreciaba yo cordialmente, y no quería darle motivo para decir que el inglés a quien habían apresado injustamente y sin proceso accedía a recibir dinero de sus manos. En una palabra, confieso mi debilidad: deseaba yo que continuasen siendo deudores míos y estaba seguro de que no opondrían la más leve objeción a continuar siéndolo; se guardaron su dinero y probablemente se rieron para su capote de mi falta de sentido común. La mayor pérdida que me ocasionó el encarcelamiento, y por la que no podía ofrecerse ni recibirse indemnización, fue la muerte de mi afectuoso y fiel Francisco, el vascongado, que por acompañarme durante todo el tiempo que duró mi prisión cogió el tifus o fiebre carcelaria, que entonces hacía estragos en la cárcel de la Corte, y murió a los pocos días de mi liberación. Murió ya entrada la noche. A la mañana siguiente estaba yo en la cama reflexionando sobre esta pérdida y me preguntaba de qué nación sería mi servidor futuro cuando oí un ruido al parecer causado por una persona ocupada en limpiar vigorosamente zapatos o botas y a intervalos una voz extraña y discordante que cantaba trozos de una canción en una lengua desconocida; no sabiendo lo que aquello podría ser, toqué la campanilla. - ¿Ha llamado usted, mon maître? -dijo Antonio, asomándose a la puerta con uno de los brazos profundamente sepultado en una bota. - Sí, por cierto -contesté-; pero no me podía imaginar que fuese usted quien respondiera a la llamada. - Mais pourquoi non, mon maître? -exclamó Antonio-. ¿Quién va a servirle a usted ahora sino yo? N'est pas que le sieur Framcois est mort? En cuanto lo supe me dije: voy a volver a mi puesto, chez mon maître, monsieur Georges. - Supongo que estará usted sin colocación y por eso ha venido. - Au contraire, mon maître -replicó el griego-. Acababa de ajustarme en casa del duque de Frías, donde me daban al mes diez duros más que su merced; pero al saber que se había usted quedado sin criado fui sin pérdida de tiempo a decir al duque, aunque ya estaba muy entrada la noche, que no me convenía servirle, y aquí estoy. - Pues de esa manera no le admito -dije yo-. Vuelva a casa del duque, preséntele sus excusas por lo que ha hecho y solicite su cese en debida forma; entonces, si su gracia desea prescindir de usted, caso bastante probable, le admitiré con mucho gusto a mi servicio. Después de sufrir una prisión cuya injusticia reconocían mis propios enemigos era razonable esperar de sus manos un trato más liberal que el que hasta allí me habían dispensado. Mi única ambición era por entonces conseguir tolerancia para la venta del Evangelio en aquel infortunado y perturbado reino; para lograr ese fin no sólo hubiera consentido en sufrir, uno tras otro, veinte encarcelamientos como el pasado, sino que hubiera sacrificado gustoso la vida misma. Pronto advertí, sin embargo, que probablemente no iba a ganar nada con mi encarcelación; al contrario, desde que se concluyó el asunto fui objeto de la aversión personal del Gobierno, lo que tal vez no sucedía antes; las concesiones que se vieron obligados a hacer para evitar una ruptura con Inglaterra humillaron su orgullo y vanidad. Mostráronse dispuestos a saciar su aversión contrariando mis planes todo lo posible. Tuve una entrevista con Ofalia acerca del asunto que embargaba mi ánimo; le encontré desabrido y áspero. «Lo que más le conviene a usted es permanecer tranquilo -me dijo-. ¡Cuidado! Ya ha puesto usted una vez toda la corte en confusión; cuidado, repito. Otra vez puede que no se escape usted tan fácilmente.» - Quizá no -repliqué- y quizá ni lo deseo siquiera; es cosa agradable padecer por la causa del Evangelio. Ahora me tomaré la libertad de preguntar si, en el caso de ponerme a propagar la Palabra de Dios, me lo impedirán. - Naturalmente -exclamó Ofalia-; la Iglesia lo prohíbe. - Pues, con todo, voy a intentarlo -exclamé. - ¿Sabe usted lo que dice? -preguntó Ofalia, arqueando las cejas y abriendo la boca. - Sí -continué-; voy a hacer la prueba en todos los pueblos de España donde me sea posible entrar. Durante mi permanencia en España, la oposición más recia que encontré fue la del clero; por instigación suya el Gobierno adoptaba las medidas convenientes para impedir la amplia difusión del libro sagrado por el país. No interrumpiré el curso de mi narración con reflexiones acerca de la situación de una Iglesia que, si bien pretende fundarse en la Escritura, arrebataría la luz de la Escritura a toda la Humanidad, si pudiese. Pero Roma sabe perfectamente que no es una Iglesia cristiana, y como no tiene deseo de serlo, obra cuerdamente quitando a sus secuaces de delante de los ojos las páginas que podrían revelarles las verdades del cristianismo. Sus agentes y validos en España esforzábanse cuanto podían por anular mis humildes trabajos y difamar la obra que yo andaba esparciendo. Todo el clero ignorante y fanático (la gran mayoría) era opuesto a ella, y cuantos ansiaban estar a bien con la corte de Roma vociferaban su oposición. Había, empero, una parte del clero, pequeña a la verdad, bien dispuesta en favor de la circulación del Evangelio, aunque en modo alguno inclinada a hacer el menor sacrificio individual por tal fin; éstos eran los que profesaban el liberalismo, que se supone implica una disposición a adoptar cuantas reformas, así en lo civil como en lo eclesiástico, parezcan conducentes al bien del país. No pocos clérigos españoles eran partidarios de ese principio, o al menos se declaraban tales; algunos, por conveniencia propia sin duda, con la esperanza de aprovechar el espíritu de los tiempos para su medro personal; otros, hay que esperarlo, por convicción, por puro amor a las ideas. Entre éstos se encontraban, por la época a que me refiero, varios obispos. Pero es digno de nota que ninguno de ellos debía su puesto al Papa, que los desautorizaba, sino a la Reina gobernadora, cabeza visible del liberalismo en España. No es de extrañar, por tanto, que hombres colocados en tales circunstancias se sintiesen dispuestos a apoyar cualquier medida o plan favorables al progreso del liberalismo, más bien que a contrariarlos, y no hay duda que la circulación de la Escritura era una medida de ese género. Con todo, su buena voluntad, suponiendo que la tuvieran, fue para mí poco valiosa, porque nunca dieron un paso decisivo ni alzaron sus voces para denunciar de modo positivo y resuelto la conducta de quienes pretendían privar al mundo de la luz de la Escritura. En cierta ocasión creí que iba a conseguir, por su medio, algo importante para la causa del Evangelio en España; pero me desengañé pronto y me convencí de que descansar en lo que quisieran hacer era tanto como apoyar la mano en una caña, que, sin sostenerme, me desgarraría la carne. Algunos de ellos me enviaron mensajes expresando la estimación en que me tenían y asegurándome cuán cara a su corazón era la causa del Evangelio. Recibí incluso un aviso insinuándome que mi visita no sería desagradable al arzobispo de Toledo, primado de España. Poco puedo decir de este personaje, cuya historia desconozco por completo. A la muerte de Fernando era, creo yo, obispo de Mallorca, pequeña e insignificante sede, de muy pobres rentas, que quizá cambió gustoso por otra más rica. Es probable, sin embargo, que de mostrarse fiel servidor del Papa y, por ende, partidario de los legitimistas, hubiera ocupado hasta el día de su muerte la silla episcopal de Mallorca; pero pasaba por liberal, y la Reina gobernadora tuvo a bien concederle la dignidad de arzobispo de Toledo, haciéndole así cabeza de la Iglesia en España. Cierto que el Papa se negó a ratificar la designación, razón por la que todos los buenos católicos estaban obligados a seguir considerándole como obispo de Mallorca y no como primado de España. Pero el obispo cobraba las rentas de la sede toledana, débil sombra de lo que fueron antaño, pero muy importantes aún, y vivía en el palacio del Primado, en Madrid; de suerte que si no era arzobispo de jure, era lo que para muchos valía más: arzobispo de facto. Sabedor de la amistad personal del arzobispo con Ofalia, quien, según decían, le consideraba mucho, resolví hacerle una visita, y así una mañana me encaminé al palacio en que vivía. Sin dificultad obtuve audiencia: un lacayo, asturiano a lo que creo, a quien hallé sentado en un banco de piedra del portal, me condujo a su presencia. Cuando entré, el arzobispo estaba solo, sentado detrás de una mesa, en un vasto aposento, especie de sala de estrados. Vestía con sencillez: sotana negra y birrete de seda; pero en un dedo llevaba una amatista soberbia, resplandeciente, de brillo deslumbrador. Se incorporó un momento al acercarme y con la mano me indicó una silla. Podía tener sesenta años; era muy alto, pero se encorvaba bastante, por debilidad sin duda, y la tez pálida de sus facciones demacradas denotaba su mala salud. Cuando de nuevo se sentó, inclinó la cabeza, como si contemplase la mesa que tenía delante. - Supongo que vuestra excelencia sabrá quién soy -dije al cabo, rompiendo el silencio. El arzobispo inclinó la cabeza hacia el hombro izquierdo, con expresión algo equívoca, pero no dijo nada. - Yo soy el que los manolos de Madrid llaman don Jorgito el Inglés. Acabo de salir de la cárcel, donde me encerraron por propagar el Evangelio del Señor en este reino de España. El arzobispo repitió el mismo movimiento equívoco de la cabeza, pero aún no dijo nada. - He sabido que vuestra excelencia deseaba verme y por esa razón he venido a hacerle esta visita. - Yo no le he llamado a usted -dijo el arzobispo, alzando de súbito la cabeza y con ojos de espanto. - Quizá no; pero me habían dado a entender que mi presencia sería grata; como al parecer no es así, me iré. - Puesto que ha venido usted, me alegro mucho de verle. - Y yo celebro mucho oírle -dije yo, volviendo a sentarme-. Ya que estoy aquí, podemos hablar de un asunto de la mayor importancia: la difusión de la Escritura. ¿Conoce vuestra excelencia algún medio para alcanzar un fin tan deseable? - No -dijo el arzobispo débilmente. - ¿No cree vuestra excelencia que el conocimiento de la Escritura produciría inestimables beneficios a estos reinos? - No lo sé. - ¿Hay probabilidades de convencer al Gobierno para que consienta su circulación? - ¿Cómo voy a saberlo? -y el arzobispo se me quedó mirando ala cara. Yo también le miré a él; había en su rostro tal expresión de desvalimiento que casi era chochez. «¡Válgame Dios! -pensé-. ¿A quién he venido yo a contar estas cosas? ¡Pobre hombre! No sirves para representar el papel de Martín Lutero y en España menos que en otra parte. Me maravilla que tus amigos te hayan nombrado arzobispo de Toledo. Quizá pensaron que no harías provecho ni daño y te escogieron, como escogen a veces en mi país a los primados, en razón de tu incapacidad. No pareces muy contento en este empleo, ni tu sitial debe de ser muy cómodo. Más a gusto estabas cuando eras el pobre obispo de Mallorca, entonces podías saborear la puchera sin miedo de que te la sazonaran con sublimado. No temías entonces que te ahogaran en el lecho. La siesta es cosa agradable, cuando no está uno expuesto a verla interrumpida por un súbito espanto. Me sorprenderá si no estás ya envenenado», continué casi en voz alta, según estaba mirándole el semblante, que a mi parecer se cubría de palidez mortal. - ¿Qué decía usted, don Jorge ? -preguntó el arzobispo. - Que vuestra excelencia lleva un brillante magnífico -dije yo. - ¿Le gustan a usted los brillantes, don Jorge ? -dijo el arzobispo, cuyas facciones se animaron-. ¡Vaya! ¡También a mí! ¡Son muy bonitos! ¿Entiende usted de brillantes? - Sí entiendo -respondí-, y no he visto nunca otro mejor que ése, salvo uno, perteneciente a un conocido mío, un khan de Tartaria. Pero no lo llevaba en el dedo; poníaselo al caballo en el frontal, donde brillaba como una estrella. Llamábalo Daoud Scharr, que significa «luz de guerra». - ¡Vaya! -dijo el arzobispo-. ¡Qué curioso! Me alegro de que le gusten a usted los brillantes, don Jorge. Al hablar de caballos me ha hecho usted recordar que le he visto con frecuencia a caballo. ¡Vaya! Qué modo de montar. Es peligroso encontrársele a usted en el camino. - ¿Vuestra excelencia es aficionado a la equitación? - De ninguna manera, don Jorge. No me gustan los caballos. En la Iglesia no es costumbre montar a caballo; preferimos las mulas: son animales más tranquilos. Los caballos me dan miedo: ¡cocean de un modo! - La coz del caballo mata -dije yo- si da en un sitio vital. Pero no opino como vuestra excelencia acerca de las mulas; un buen jinete puede sostenerse a caballo, por resabiado que el animal esté; pero las mulas, ¡vaya!, cuando una mula falsa tira por detrás, no creo que ni el propio Padre de la Iglesia se sostenga en la silla ni un momento, por muy buen bocado que lleve. Al marcharme le dije: - ¿Qué puedo esperar acerca del Evangelio? - No sé -dijo el arzobispo, inclinando de nuevo la cabeza hacia el hombro derecho, mientras sus facciones reasumían la expresión de vaciedad. Así terminó mi entrevista con el arzobispo de Toledo. -Me parece -dije a María Díaz al volver a casa-, me parece, Marequita mía, que si el Evangelio, para ser tolerado en España, ha de esperar a que los obispos y arzobispos liberales acudan resueltamente en su ayuda, va a tener que aguardar mucho tiempo. - Soy del mismo parecer, señor -respondió María-. ¡Bonito sería tener que esperar a que esa gente haga un esfuerzo en favor de usted! ¡Ca! Risa me da pensarlo. ¿Cómo ha tenido usted la candidez de figurarse que les importa algo el Evangelio? ¡Vaya!, son verdaderos curas; en los ofrecimientos que le han hecho a usted sólo les movía su propio interés. El Santo Padre no quiere reconocerlos y les gustaría asustarle un poco para obligarle a transigir; pero como los reconociera, ya vería usted luego si le admitían en sus palacios o tenían algún trato con usted. «¡Fuera ese prójimo! -dirían-. ¡Vaya! ¿No es luterano? ¿No es enemigo de la Iglesia? ¡A la horca, a la horca!» Conozco a esa familia mejor que usted, don Jorge. - Es inútil aguardar más -dije yo-. Pero en Madrid nada puedo hacer. No se puede vender la obra en el despacho, y acabo de saber que todos los ejemplares dejados para la venta en las librerías de las diversas poblaciones que he visitado los ha secuestrado el Gobierno. Mi decisión está tomada: montaré a mis caballos, que relinchan en la cuadra, y me iré a recorrer en persona los pueblos y llanuras de la polvorienta España. Al campo, al campo. «Camina, avanza prósperamente y reina por medio de la verdad y de la mansedumbre y de la justicia; tu diestra te conducirá a cosas maravillosas.» Caminaré, pues, María. - No puede hacer su merced cosa mejor, y permítame ahora decirle que, por cada libro que pudiera usted vender en un despacho en la ciudad, venderá usted ciento en los pueblos con tal de darlos baratos, porque en el campo hay poco dinero. ¡Vaya! ¿Sabré yo lo que digo? ¿No soy también de pueblo, villana de La Sagra? A caballo, pues; los caballos no hacen más que relinchar en la cuadra, como usted dice, y casi podía haber añadido que el señor Antonio relincha en la casa. Dice que no tiene nada que hacer, motivo por el que está otra vez disgustado e inquieto. Todo lo encuentra mal, a mí en primer término. Esta mañana le saludé y, en lugar de contestarme, torció la boca de un modo nunca visto en tierras de España. - Se me ocurre una idea -dije yo-. Ha mentado usted La Sagra. ¿Por qué no comenzar mis trabajos por los pueblos de esa comarca? - Muy bien pensado -replicó María-. La recolección termina ahora por allí, y encontrará usted a la gente relativamente desocupada, con vagar para acompañarle a usted y oírle. Si quiere seguir mi consejo, debe usted establecerse en Villaseca, en la casa que fue de mis padres, donde al presente vive mi señor marido. Vaya usted a Villaseca lo primero, y desde allí puede usted emprender excursiones con el señor Antonio. Quizá mi marido les acompañe; si es así, les servirá de mucho. La gente en Villaseca es amable y cortés; cuando se dirigen a un forastero, le hablan a gritos y en gallego. - ¡En gallego! -exclamé. - Todos saben unas cuantas palabras de gallego, aprendidas de los que bajan todos los años a segar, y como el gallego es la única lengua extraña que conocen, la emplean por cortesía al dirigirse a un extranjero. j Vaya! No es mal pueblo Villaseca, ni es mala gente; la única persona de mala condición que allí hay es el reverendo señor cura. No fueron largos los preparativos de mi empresa. Envié por delante con un arriero un buen repuesto de Testamentos, y yo salí al siguiente día. Pero antes de marcharme recibí la visita de Benedicto Mol. - Vengo a decide a usted adiós, lieber Herr. Mañana me vuelvo a Compostela. - ¿Con qué propósito? - Para desenterrar el Schatz, lieber Herr. ¿Cuál otro podía llevar? ¿Por qué he vivido hasta hoy, sino para al fin poder desenterrar el Schatz ? - Pudiera usted haber vivido para algo mejor -exclamé-. Con todo, le deseo buen éxito. ¿En qué funda usted sus esperanzas? ¿Le han dado permiso para hacer excavaciones? Seguramente no se le habrán olvidado a usted las penalidades que sufrió en Galicia. - No se me han olvidado, lieber Herr, ni el viaje a Oviedo, ni las siete bellotas, ni la lucha con la muerte en el barranco. Pero tengo que cumplir mi destino. Ahora voy a Galicia a expensas del Gobierno, como si perteneciera de nuevo a la Guardia suiza: voy en coche de mulas, quiero decir, en galera. Tendré toda la ayuda necesaria y puedo cavar hasta el centro de la tierra, si lo creo conveniente. Además..., pero no puedo decirle más, porque he jurado sobre los cuatro Evangelien guardar secreto. - Bien, Benedicto; no tengo nada que decir, salvo desearle a usted que triunfe en sus excavaciones. - Gracias, lieber Herr, gracias. Ahora, adiós. ¡Triunfaré, triunfaré! Aquí se quedó cortado, se estremeció y, mirándome con expresión casi de loco en el semblante, exclamó: - Heiliger Gott! Me olvido de una cosa. Supongamos que al fin y a la postre no encuentro el tesoro. - Es muy sensato lo que usted dice; ¡lástima que hasta ahora no se le haya ocurrido! Le aseguro a usted, amigo mío, que se ha metido en una empresa desesperada. Verdad que puede usted encontrar un tesoro; pero hay cien probabilidades contra una de que no lo encontrará. ¿Qué será de usted en tal caso? Le tomarán por un impostor y las consecuencias serán horribles. Recuerde quién es usted y entre qué gentes está. Los españoles son crédulos; pero cuando una vez llegan a sospechar que los han engañado, y sobre todo que se han reído de ellos, su sed de venganza no conoce límites. No crea usted que su inocencia le servirá de algo. Yo estoy convencido de que no es usted un impostor, pero ellos no lo creerán jamás. Todavía no es tarde. Devuelva usted esas ropas tan buenas y ese elegante bastón a quien se lo haya dado. Póngase un traje viejo, empuñe el tosco palo y véngase conmigo a La Sagra para ayudarme a difundir el insigne Evangelio entre los lugareños de la ribera del Tajo. Benedicto meditó un momento y luego, sacudiendo la cabeza, gritó: - ¡No! ¡No! Tengo que cumplir mi destino. El Schatz no está aún desenterrado. Así lo dijo la voz en el barranco. Mañana, a Compostela. Lo encontraré: el Schatz está allí aún; «tiene» que estar. Salió y no le volví a ver más. Pero después oí contar de él cosas extraordinarias. Resultó que el Gobierno dio oídos a la fábula de Benedicto y se dejó impresionar de tal modo por sus exageradas descripciones del tesoro oculto que llegó a creer en la posibilidad de desenterrar en Santiago, con poco trabajo y poco gasto, oro y diamantes de sobra para enriquecerse y para extinguir la deuda nacional de España. El suizo volvió a Compostela «como un duque», para usar sus mismas palabras. El asunto, mantenido al comienzo en profundo secreto, se divulgó con rapidez. Se acordó dar a una exploración que podía tener tan importantes consecuencias toda la publicidad y el aparato posibles. Acercábase una fiesta muy solemne y pareció lo más acertado que la busca comenzase en tal día. El día llegó. Todas las campanas de Compostela repicaban. El pueblo en masa se lanzó a la calle; un millar de soldados formaba en la plaza; la expectación llegó al grado sumo. Una solemne comitiva se dirigió a la iglesia de San Roque; a su cabeza iban el capitán general y el suizo, que blandía un mágico bastón; pegada a ellos iba la meiga, la bruja gallega que primeramente guió al buscador del tesoro; numerosos albañiles cerraban la marcha, llevando las herramientas necesarias para la excavación. La comitiva entra en la iglesia, la cruza con paso solemne y llega a una galería abovedada. El suizo mira en torno. «Cavad aquí», dijo de pronto. «Sí, cavad aquí», dijo la meiga. Los albañiles trabajan, horadan el piso, espárcese un olor horrible y fétido... Para qué más; no se halló tesoro alguno, y mis advertencias al desgraciado suizo resultaron demasiado proféticas. Sin tardanza le prendieron, arrojándole en la hórrida prisión de Santiago, seguido de las maldiciones de millares de personas que con gusto le hubieran despedazado. El asunto no terminó ahí. Los enemigos políticos del Gobierno no dejaron escapar una ocasión tan favorable para asestarle los dardos del ridículo. Los moderados fueron censurados en las Cortes por su avaricia y su credulidad, mientras en alas de la Prensa liberal se esparcía por toda España la historia del tesoro escondido en Santiago. - Después de todo, eso ha sido una trampa de don Jorge -dijo un enemigo mío-. Ese prójimo se encuentra siempre enredado en la mitad de las picardías que se cometen en España. Ansioso por saber la suerte que había corrido el suizo, escribí a mi antiguo amigo de Compostela, Rey Romero. En su respuesta decía: «Vi al suizo en la cárcel, desde donde me mandó llamar, implorando mi socorro en nombre de la amistad que tengo con usted. Pero ¿cómo favorecerle? Se lo llevaron de Santiago en seguida, no sé adónde. Dicen que ha desaparecido por el camino». La verdad es a veces más sorprendente que la fábula. ¿En qué novela se encontrará nada más insensato, grotesco y triste que la historia fácilmente comprobable de Benedicto Mol, el buscador del tesoro de Santiago? |
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