| Capítulo 46 | |
| Se reanuda la obra de propaganda. - Aventura en Cobeña. - El poder del clero. - Autoridades rurales. - Fuente la Higuera. - El contratiempo de Victoriano. - La cárcel del pueblo. - La cuerda. - Un recado de Antonio. - Antonio, en misa. | |
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En el capítulo anterior he dicho que inmediatamente después de llegar a Madrid comencé a disponerlo todo para inaugurar las operaciones en los contornos de la capital; y no tardé en acometer efectivamente mis trabajos. Un triunfo considerable coronó mis débiles esfuerzos en pro de la buena causa, por lo que ahora, transcurridos algunos años, todavía al volver la vista atrás doy gracias al Omnipotente. En menos de una quincena recorrimos todos los pueblos que hay dentro de un radio de cuatro leguas al este de Madrid, y vendimos cerca de doscientos Testamentos. Esos pueblos son casi todos muy pequeños; algunos no tienen arriba de una docena de casas, o más bien chozas miserables. Dejé a Antonio, mi griego, en Madrid, encargado de nuestros asuntos, y yo salí con Victoriano, el lugareño de Villaseca, en la dirección ya mencionada. Pero nos separamos pronto, echando por caminos diferentes. El primer pueblo en que intenté alguna cosa fue Cobeña, a tres leguas de Madrid. Iba yo vestido como los campesinos de las cercanías de Segovia, en Castilla la Vieja, a saber, en la cabeza una especie de capacete de piel o montera, y el chaquetón y los calzones del mismo material. Esto me daba el aspecto de un hombre entre los sesenta y los setenta años; delante de mí llevaba un borrico, con un saco lleno de Testamentos atravesado en el lomo. En las afueras del pueblo encontré a una mujer joven, de muy gentil parecer, que |
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llevaba un niño de la mano. A punto de cruzarme con ella, dirigiéndole la habitual salutación de ¡Vaya usted con Dios!, la mujer se detuvo, y, tras de mirarme un momento, dijo: - ¡Tío!, ¿qué lleva usted en el borrico? ¿Es jabón? - ¡Sí! -repliqué-. ¡Jabón para limpiar las almas! Me preguntó qué daba a entender con eso, y le dije que llevaba, para vender, libros muy buenos y baratos. Pidió ver uno, y, manifestando un ejemplar que llevaba en el bolsillo, se lo entregué. Al instante comenzó a leerlo en voz alta, y así estuvo lo menos diez minutos, exclamando de vez en cuando: «¡Que lectura tan bonita, qué lectura tan linda!». Por último, como le dije que iba de prisa y no podía aguardar más tiempo, exclamó: «¡Es verdad, es verdad!», y me preguntó el precio del libro. «Sólo tres reales», contesté. A esto repuso que, con ser tan poco lo que yo pedía, era más de lo que tenía proporción de dar, pues en aquellas partes había muy poco o ningún dinero. Dije que lo sentía, pero que me era imposible vender los libros a menos precio, y, tomando el que le había dado, me despedí y la dejé. Pero no había andado treinta varas cuando el niño echó a correr detrás de mí, gritándome, casi sin aliento: «¡Párate, tío!, ¡el libro, el libro!». Me dio alcance, pagó los tres reales en monedas de cobre, y, apoderándose del Testamento, volvió corriendo hacia la que debía de ser su hermana, blandiendo el libro sobre su cabeza con gran júbilo. En llegando al pueblo, dirigí mis pasos a una casa en torno de cuya puerta vi reunida alguna gente, mujeres en su mayoría. Desempaqueté los libros, y, picada al instante su curiosidad, no tardaron en tener cada una un ejemplar en la mano, y muchas leían en voz alta; pero aunque esperé casi una hora, sólo pude vender un ejemplar, quejándose todos amargamente de lo malos que estaban los tiempos y de la casi total carencia de dinero, aunque, a la vez, reconocían que los libros eran de maravillosa baratura y, al parecer, muy buenos y cristianos. Ya iba a recoger la mercancía y a marcharme, cuando de pronto se presentó el cura del pueblo. Examinó los libros un buen rato con gran atención, me preguntó el precio de cada ejemplar, y, al saber que era sólo tres reales, replicó que la encuadernación valía más, y mucho temía que no los hubiese robado, por lo que quizá su deber era enviarme a la cárcel por sospechoso; pero añadió que los libros eran buenos libros, como quiera que los hubiese adquirido, y acabó comprando dos ejemplares. La pobre gente, en cuanto oyó al cura alabar los libros, entró en vivos deseos de adquirirlos, y corrió de aquí para allá en busca de dinero, de modo que se vendieron de veinte a treinta ejemplares casi en un instante. Esta aventura no sólo es un ejemplo del influjo que en España aún conserva el clero en el ánimo del pueblo; pero demuestra que ese influjo no siempre se ejerce en pro del mantenimiento de la ignorancia y de la superstición. En otro pueblo, al mostrar el Testamento a una mujer, dijo que compraría con gusto un ejemplar para un hijo que tenía en la escuela; pero que antes necesitaba saber si el libro le serviría. Se fue, y a poco volvió con el maestro, seguido de todos sus alumnos; entonces, enseñándole al maestro el libro, la mujer le preguntó si era a propósito para su hijo. El maestro la llamó necia por hacerle tal pregunta, y dijo que conocía el libro muy bien, y que no lo había igual en el mundo. Al instante compró cinco ejemplares para sus alumnos, deplorando no tener más dinero, «que a tenerlo -dijo- compraría toda la partida». Oído esto, la mujer compró cuatro ejemplares: uno para su hijo, otro para su «difunto marido», un tercero para sí, y el cuarto para su hermano, a quien, según dijo, esperaba de Madrid aquella noche. En esta forma proseguimos, aunque no siempre con el mismo éxito. En algunas aldeas, la gente estaba tan pobre y necesitada, que carecía literalmente de dinero; pero aun en tales casos nos las arreglábamos para vender algunos ejemplares, a cambio de cebada y otras especies. Al entrar en una aldehuela, Victoriano se vio detenido por el cura, quien, enterado de lo que vendía, le intimó a marcharse en el acto, o de lo contrario le haría prender y escribiría a Madrid denunciando sus idas y venidas. La excursión duró ocho días. En cuanto volví, envié a Victoriano a Carabanchel, pueblo inmediato a Madrid, el único que por la parte oeste dejé; vendió veinte ejemplares, y se volvió a Madrid luego, porque era de muy pocos ánimos y tuvo miedo de tropezar con los ladrones que por las noches infestaban el camino. Poco después de estos sucesos, ocurrió un incidente que quizá haga sonreír al lector inglés; mas no deja de tener interés como muestra de los sentimientos dominantes en algunos de los apartados pueblos de España respecto de cuanto sea novedad o lo parezca, y de las acciones singulares que a veces cometen las autoridades rurales y los curas, sin el más leve temor de que les llamen a cuentas; pues como viven completamente aparte del resto del mundo, se tienen por personas de insuperable importancia, y apenas sueñan que exista un poder superior al suyo propio. Estaba yo a punto de emprender una excursión a Guadalajara y los pueblos de la Alcarria, distantes de Madrid unas siete leguas; en realidad, sólo aguardaba para salir el regreso de Victoriano, a quien había enviado con unos pocos Testamentos en aquella dirección a manera de explorador, a fin de conocer por sus noticias la disposición de ánimo de la gente respecto de la compra de libros, y poder formar una opinión aproximada acerca del número de ejemplares que necesitaría llevar conmigo. Pero estuve quince días sin recibir noticias suyas, y al cabo, un campesino me trajo una carta, fechada en la cárcel de Fuente la Higuera, pueblo a ocho leguas de Madrid, en la campiña de Alcalá; en esta carta me decía Victoriano que ya llevaba ocho días preso, y que si yo no tenía medio de libertarle, permanecería en la cárcel hasta que se muriese de hambre, lo cual ocurriría, sin duda alguna, tan pronto como se le acabase el dinero. De mis averiguaciones posteriores resultó que, pasada la ciudad de Alcalá, empezó a vender libros con muy buen éxito. Todo su repuesto consistía en sesenta y un Testamentos, y en el solo pueblo de Arganza, vendió, sin la menor dificultad y sin interrupción, veinticinco; los pobres labriegos le cubrían de bendiciones por proveerles de libros tan buenos a tan bajo precio. Ya sólo le quedaban dieciocho libros cuando tomó el camino de Fuente la Higuera. Este pueblo le era bastante conocido por haberlo visitado en otro tiempo cuando recorría aquellos términos vendiendo cacharras. Sintió, pues, ciertas inquietudes en el camino, porque el pueblo tuvo siempre mala fama. A la llegada, en cuanto dejó su caballejo en la posada, fue a ver al alcalde y le pidió permiso para vender los libros, permiso que aquel dignatario otorgó en el acto. Entró luego en una casa y vendió un ejemplar, y lo mismo en otra. Animado por el éxito entró en una tercera, al parecer la del barbero del pueblo. Este personaje acababa de comer y estaba en el zaguán sentado en un sillón de brazos cuando se presentó Victoriano. Era hombre de unos treinta y cinco años, de aspecto truculento y bárbaro. Tomó un Testamento que le ofrecía Victoriano y se puso a examinado; pero en cuanto paró los ojos en la portada rompió a reír, exclamando: - ¡Ja, ja, don Jorge Borrow! ¡El hereje inglés! ¡Al fin damos con él! ¡Loados sean la Virgen y los Santos! Hace tiempo que aquí estamos esperándoles, y al fin han llegado. Preguntó el precio del libro, y al saber que era tres reales, le arrojó dos y salió corriendo de la casa con el Testamento en la mano. Alarmado Victoriano, decidió marcharse del pueblo lo antes posible. Volvió, pues, precipitadamente a la posada, pagó el pienso de su caballo, entró en la cuadra, y echándole el aparejo a las costillas se disponía a salir, cuando de pronto se presentaron el alcalde del pueblo, el barbero y hasta doce hombres más, algunos armados con escopetas. En el acto prendieron a Victoriano, embargáronle libros y caballo, y con muchos denuestos llevaron al preso a la que llamaban cárcel, cuarto reducido y húmedo, con una pequeña ventana enrejada, donde le dejaron encerrado. A los tres cuartos de hora volvieron y se lo llevaron a casa del cura, donde estaban reunidos en cónclave; el cura, completamente ciego, presidía, y el sacristán oficiaba de secretario. El barbero formuló su acusación contra el preso, a saber: que le había sorprendido en el acto de vender una versión de las Escrituras en lengua vulgar, y el cura interrogó a Victoriano, preguntándole su nombre y lugar de residencia. Respondió que se llamaba Victoriano López y que era natural de Villaseca, en La Sagra de Toledo. El cura le preguntó entonces qué religión profesaba, y si era mahometano o francmasón; el preso contestó que católico romano. Debe advertirse que Victoriano, aunque bastante listo, era un pobre labrador de sesenta y cuatro años, y hasta aquel momento no había oído hablar de mahometanos ni francmasones. El cura se enojó, le llamó tunante, y dijo: «Ha vendido usted su alma a un hereje; hace mucho tiempo que conocemos su conducta de usted y la de su amo. Usted es el mismo López a quien rescató el año pasado de la cárcel de Villalos, en la provincia de Ávila. Deseo de todas veras que intente hacer aquí la misma cosa». «¡Sí, sí! -exclamaron los demás del conclave-: que se atreva a venir y regará con su sangre esas piedras.» Así estuvieron hablando cerca de media hora. Al cabo, levantaron la sesión, llevando de nuevo a Victoriano a su encierro. Mientras estuvo preso vivió con regular comodidad, porque llevaba algún dinero. Dos veces al día le enviaban la comida de la posada, donde su caballo permanecía en secuestro. Una o dos veces pidió permiso al alcalde, que le visitaba a diario mañana y noche con su escolta armada, para comprar papel y pluma con el fin de escribir a Madrid; pero le negaron en absoluto ese favor, y a todos los habitantes del pueblo se les prohibió, bajo terribles penas, proveerle de los medios de escribir ni llevar recado suyo mas allá de las cercas del lugar; debajo de la ventana de su encierro pusieron dos chicos de plantón para estar a la mira de cuanto le llevasen. Ocurrió un día que, teniendo Victoriano necesidad de una almohada, envió a decir a la gente de la posada que le mandasen las alforjas. En ellas había por casualidad una cuerda que en España llaman soga, con la que acostumbraba sujetarlas al lomo de la jaca. Los chicos, al ver colgar de las alforjas la punta de la cuerda, corrieron a decírselo al alcalde. Ya entrada la noche, el alcalde visitó al prisionero, a la cabeza de sus doce hombres, como de costumbre. -Buenas noches -dijo el alcalde. - Buenos noches tenga usted -contestó Victoriano. - ¿Para qué ha mandado usted buscar una soga esta tarde? -preguntó el funcionario. - Yo no he mandado por la soga -respondió el preso-. Mandé por las alforjas para que me sirvan de almohada, y la cuerda estaba dentro por casualidad. - Es usted un bribón, embustero, mal intencionado -replicó el alcalde-. Usted pretende ahorcarse para perdemos a todos, porque nos echarían la culpa de su muerte. Deme la soga. El mayor insulto que puede hacerse a un español es acusarle de intentar suicidarse. El pobre Victoriano, presa de violenta cólera, le disparó al alcalde varios nombres poco corteses, sacó la soga de las alforjas y se la tiró a la cabeza, diciéndole que se la llevase para emplearla en su propio cuello. Al fin, los dueños de la posada se apiadaron del preso, percatándose de que le maltrataban sin motivo; resolvieron, pues, darle ocasión de informar a sus amigos de lo que le sucedía y le mandaron plumas y tintero dentro de un pan y un pedazo de papel diciendo que este último era para cigarros. Victoriano escribió la carta; pero surgió la dificultad de enviarla a su destino, porque nadie del pueblo quería llevarla a ningún precio. Aquella buena gente convenció a un soldado cumplido, de otro pueblo, que por ventura estaba en Fuente la Higuera en busca de trabajo, para que se encargase de llevar la carta, asegurándole que le pagarían bien. El hombre, aprovechando la ocasión, recibió la carta de Victoriano por la ventana, anduvo toda la noche sin parar y me la entregó sin contratiempo en Madrid. Así quedé libre de la ansiedad en que estaba y sin ningún temor acerca de la conclusión del asunto. Al instante fui a ver a un amigo, con grandes posesiones en las cercanías de Guadalajara, provincia a que pertenece Fuente la Higuera, quien me dio cartas para el gobernador civil de Guadalajara y para las principales autoridades; estas cartas se las entregué a Antonio, que solicitó encargarse del cometido de libertar al preso. Se encaminó lo primero a Fuente la Higuera, donde, encontrándose en casa del alcalde, le dijo resueltamente a lo que iba. El alcalde, creyendo que yo estaría para llegar con un ejército inglés a fin de rescatar al preso, se alarmó mucho y al instante envió a su mujer a convocar la escolta; pero al asegurarle Antonio que no había propósito de emplear la violencia se tranquilizó algo. A poco, Antonio fue citado ante el cónclave y su ciego y sacerdotal presidente. Al principio quisieron asustarle alzando mucho la voz y hablando de la necesidad de matar a todos los extranjeros, y en especial al aborrecido don Jorge y sus dependientes. Pero Antonio, que no era hombre para dejarse intimidar tan fácilmente, se burló de sus amenazas y, enseñándoles las cartas que llevaba para las autoridades de Guadalajara, dijo que pensaba ir allá a la mañana siguiente y denunciar su conducta ilegal; añadió que era súbdito turco y que, si se atrevían a cometer con él la más leve desconsideración, escribiría a la Sublime Puerta, junto a la que los más poderosos reyes del mundo son pobres gusanos, y no dejaría de vengar los agravios hechos a su hijo, dondequiera que estuviese, en forma demasiado terrible para mencionada. Luego se volvió a la posada. El cónclave quedó deliberando a solas y resolvió enviar el prisionero a Guadalajara al otro día, poniéndolo en manos del gobernador civil. No obstante, para conservar una apariencia de autoridad, pusieron dos hombres armados a la puerta de la posada donde vivía Antonio, como si también estuviese preso. Los hombres, cada vez que el reloj daba la hora, exclamaban: «¡Ave María! ¡Mueran los herejes!». Por la mañana temprano, el alcalde se presentó en la posada; pero antes de entrar dirigió desde la puerta un discurso a la gente que había en la calle, diciendo entre otras cosas: «Hermanos, estos individuos han venido a robamos nuestra religión». Entró luego en el aposento de Antonio y, tras de saludarle con gran cortesía, le invitó a ir con él a la iglesia a oír la misa mayor, que estaba para empezar. A esto, Antonio, aunque ciertamente no era un tragamisas, se levantó y fue con él y permaneció dos horas, según me contó luego, de rodillas en las frías losas, muy a disgusto; los fieles no le quitaron ojo durante todo el tiempo. Después de la misa almorzó y se fue a Guadalajara. Victoriano había salido ya con escolta. En llegando, presentó las cartas a las personas a quien iban dirigidas. Al gobernador civil le dio un ataque de risa al oír de labios de Antonio el relato de lo sucedido. Victoriano fue puesto en libertad, y los libros, retenidos bajo secuestro en Guadalajara; el gobernador declaró, no obstante, que si bien su deber era retenerlos por el momento, me los enviarían en cuanto yo quisiese reclamarlos; añadió que haría lo posible para castigar severamente a las autoridades de Fuente la Higuera, porque en todo aquel caso habían procedido en forma tiránica y cruelísima, excediéndose de sus atribuciones. Así terminó el asunto; uno de esos menudos incidentes que alternan en la vida del misionero en España. |
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