Viaje a través de España en los años

1786-87

Joseph Townsend

 

de la frontera a Barcelona: Figueras, Calella, Mataró. Paisaje desolado, las posadas
de la frontera a Barcelona

Hasta entonces nada me había sorprendido; pero al entrar en España, después de cruzar las cumbres de las montañas, comencé a descender hacia el Sur esperando encontrarme de nuevo con escenas encantadoras, ricos cultivos y señales de prosperidad, y vi que ante mí se extendía un territorio de aspecto desolado y árido, sin un solo paraje agradable en que descansar la mente.

Debo reconocer que al principio me sentí inclinado a atribuir la tristeza de esta región a la falta de laboriosidad de sus habitantes, a algún defecto de su gobierno o a algún error de su política económica; sin embargo, después de reflexionar, pronto encontré la verdadera causa de esta aridez en la esterilidad del suelo y en la carencia de piedra caliza y de esquisto, dos inestimables nutrientes de la vegetación que las cumbres sólo contienen en su vertiente septentrional. Desde el momento en que empiezas a descender hacia el Sur la roca cambia, y aparece el granito.

Es imposible cruzar los Pirineos sin admirar la sabiduría del tratado de 1660 al que han dado el nombre. En él se establecen los límites más naturales de todos los posibles, a excepción del océano, entre dos grandes naciones comerciales. Aunque hubo una época en que los ríos constituían las fronteras más obvias para un imperio, en una edad civilizada la naturaleza de éstas cambia y son consideradas por todas las naciones como las partes más valiosas de sus territorios.

Por su parte, las cumbres de las montañas, donde abundan los pasos fácilmente defendibles, forman una fuerte muralla contra un vecino poderoso, una barrera que ha sido establecida de forma natural por la división de las aguas. Además, estas cumbres, al ser poco propicias para el cultivo, dejan un oportuno espacio libre entre las superficies productivas de las dos naciones vecinas.

Los únicos vegetales útiles de estas altas montañas son la encina y el alcornoque, este último muy aprovechable por su corteza. Cuando llega a los quince años comienza a ser productivo, aunque no para el mercado, pues su corteza intacta sólo sirve como combustible. Ocho años más tarde ésta mejora, pero no llega a la perfección hasta el tercer período, a partir del cual, y durante ciento cincuenta años, es económicamente aprovechable cada diez. Durante julio o agosto se descorteza, cuidando siempre de no lastimar la corteza interna.

Desde Perpiñán hasta La Junquera, que tiene 627 habitantes y es el primer pueblo que encontramos al entrar en España, hay siete leguas, o cuatro postas francesas.

Aquí las posadas comienzan a exhibir su miseria. Las camas carecen de armadura y de cortinas y se componen tan sólo de tres tablones colocados sobre un caballete que aguantan el colchón. Tampoco hay cristales en las ventanas.

Es curioso ver a los campesinos ejercitar su habilidad de beber sin tocar con los labios la boca de la botella; y sorprende la altura desde la que dejan caer el líquido en un chorro continuo, sin errar el tino ni derramar una sola gota. Facilita esto lo reducido del orificio del pico y que desde niños aprenden a beber con la boca bien abierta.

Salimos de La Junquera el 10 de abril por la mañana temprano, acompañando durante un largo rato a un riachuelo que en invierno se hace torrente incontenible. El suelo, como cabe esperar, lo forma una arena árida. La tierra cultivada está cubierta de viñas, olivos y centeno; en la restante abundan los alcornoques. Al pie de los Pirineos encontramos un extenso valle cercado completamente por montañas, excepto por una pequeña abertura que mira al mar; se encuentra cerca de Castellón de Ampurias, en la bahía de Rosas. En esta amplia llanura, o mejor dicho, depresión, que al mirarla parecía lisa y plana, hay muchas colinas, algunas escarpadas y otras de suaves pendientes, cubiertas con varios tipos de suelos, pero fundamentalmente con granito desintegra do que, debido a circunstancias particulares, ha tomado más proporción de arcilla que la que le correspondía; y de esta manera ha hecho que el cuarzo árido se vuelva enormemente productivo.

Tres leguas separan La Junquera de Figueras, ciudad de 4.640 almas, en la que los españoles están construyendo una fortaleza a la que suponen inexpugnable. No estoy calificado para juzgar sobre su solidez; en cuanto a su belleza, no puedo concebir nada superior. Posee cuarteles para ciento cincuenta compañías de infantería y quinientos soldados de caballería y apartamentos para sesenta oficiales, cada uno de ellos dotado de cocina, comedor y dos espaciosos dormitorios; hay una larga fila de depósitos para provisiones y cuatro polvorines; todo ello está realizado a gran escala y a prueba de bomba, resultando a la vez muy hermoso. Para suministrar agua a la guarnición disponen de un aljibe de gran capacidad bajo la plaza de armas, ocupando el lugar de la cantera que ha proporcionado toda la piedra de estas grandes construcciones. Los glacis en la mayor parte de la fortaleza están realizados en la roca viva, y toda ella está protegida por los oportunos bastiones. Se dice que 12.000 hombres serían suficientes para defenderla. En la actualidad hay una colina que domina el fuerte; pero la laboriosidad paciente y perseverante de los españoles sin duda la hará desaparecer o, al menos, reducirá hasta que esté a un nivel inferior al de sus construcciones.

Sería difícil determinar cuánto trabajo se ha perdido en la edificación de esta gran fortaleza; pero podríamos atrevernos a afirmar, de acuerdo con la autoridad de aquellos que están calificados para juzgar, que si las mismas sumas se hubieran invertido en el cultivo de la tierra, en la creación de granjas, en la construcción de canales y en la reparación de caminos que invitaran a los extranjeros a viajar por España, y no en construir fortalezas para prohibir les la entrada, el aspecto de todo el país sería distinto, no sólo en lo que se refiere a la belleza sino también a la pujanza. La insensatez de todas las guerras ofensivas comienza a ser reconocida en Europa, sobre todo en Francia. En cuanto a las defensivas, la resistencia de América, que acabó triunfando, y la de Córcega, que aunque no prosperó costó a Francia cinco veces más que el valor de la isla, demuestran que una nación medianamente poderosa y bien definida por sus habitantes no necesita de fortalezas para repeler a los invasores.

No sólo es muy costosa la construcción de grandes fortalezas, sino también su mantenimiento, de modo que por lo general se encuentran bastante deterioradas. Cada una de ellas requiere de un ejército para su defensa, y cuando llega el momento de ponerla a prueba todo puede depender de la debilidad o deslealtad de su comandante, yen lugar de ser una defensa del territorio servirá de residencia del enemigo. Por otro lado, si en el mando hay un hombre capaz y la región está bien poblada y gobernada, ¿no es de esperar de éste más en el campo que en la fortaleza? La resistencia más obstinada que encontraron los romanos se produjo en una ciudad que carecía de murallas. En un discurso del barón Hertzberg publicado no hace mucho podemos ver qué opinión tenía sobre este asunto el último rey de Prusia, el cual, en vez de derrochar sus riquezas levantando fortificaciones, invertía grandes cantidades de dinero en la promoción de la agricultura y de la industria en sus dominios. En pocos años construyó 539 aldeas, que habitó con 42.609 familias, sobre las márgenes del Oder, el Havel y el Elba. También estableció tres mil hogares junto al Netz yal Warthe.

Las fortalezas sólo son útiles para la conservación de un territorio usurpa do o para proteger las fronteras de un reino frente a las incursiones de las naciones bárbaras, que atacan con la intención de saquear.

El precio de las provisiones en Figueras es bastante singular: cada libra de doce onzas de carne de vacuno o de pan cuesta alrededor de un penique y me dio, mientras que la de carnero se vende a nueve peniques. La razón de esta diferencia estriba en que aran con bueyes y apenas crían ovejas.

Figueras dista siete leguas de Gerona. A medio camino entre ambas poblaciones cruzamos una alta montaña llamada la Cuesta Regia.

Sobre una pendiente que mira hacia el Suroeste, protegida por altas montañas y abastecida por un valle rico y bien irrigado, abierto al Sur y cerrado al Norte y al Oeste, se encuentra Gerona, cuya situación resulta deliciosa. Toda la ciudad parece haber sido construida con pudinga.

La arena y la arcilla conforman un suelo capaz de producir todo tipo de granos, tales como judías, guisantes, altramuces, trigo, cebada, pirigallos y trébol. Cavan la tierra con tridentes, u horcas de tres dientes, y aran con bueyes y con unos arados semejantes en todo a los que he descrito antes excepto en el hecho de que sólo poseen una esteva y de que sustituyen los aletones por dos alas de hierro fijadas al dental y que se extienden más allá de la parte trasera de éste, realizando de alguna forma la función de las vertederas.

Después de recorrer cuatro leguas y media desde Gerona llegamos a Granotta, donde nos detuvimos a cenar. A tres leguas y media de Caleya el aspecto del país cambia, pues el valle deja paso a la montaña. Éstas, como yo esperaba, son de granito; y a pesar de que el único cultivo que admiten es la vid, la naturaleza no sólo no las ha abandonado, sino que, con una poca común generosidad, las ha revestido de un verdor perpetuo, poblándolas pródigamente de elegantes madroños y de una rica variedad de hierbas aromáticas y arbustos floridos. Todo esto hace muy agradable el cambio.

Al descender de estas montañas siempre perfumadas llegamos a un valle al que altos desfiladeros protegen de las inclemencias del mar. Allí cruzamos un río muy expresivo de la naturaleza del terreno que atraviesa, pues aunque en aquel momento llevaba escaso caudal y podía ser vadeado sin peligro, después de fuertes lluvias ruge con una furia indómita y arrastra todo lo que cae en él. Como el valle es llano y el suelo, arenoso hasta una profundidad considerable, carece de consistencia, los torrentes no encuentran márgenes que puedan obstaculizarlos y extienden su cauce hasta una anchura de casi un cuarto de milla. Evidentemente esta arena, que la continua acción de las aguas ha desprovisto completamente de arcilla, procede del granito.

Cruzamos el río y, no muy lejos de su desembocadura, ascendimos a una colina desde cuya cima contemplamos la costa, en la que la naturaleza ofrece un aspecto risueño. Hasta entonces las viñas que habíamos visto aún no habían brotado y los pájaros habitaban silenciosos en las montañas; pero aquí los viñedos mostraban largas ramas con brotes y frutos jóvenes, mientras que los pájaros parecían competir entre sí deleitando al oído con las melodías más maravillosas. Viñedos y olivares cubrían las lomas, y los barcos pesqueros animaban el mar. Desde este lugar encantador se divisaban multitud de pueblos hasta allí donde la vista se perdía.

En uno de ellos, Caleya, que en español se pronuncia Caleya, pasamos la noche. Lo pueblan 886 habitantes, que disponen de unos cincuenta barcos de pesca.

Cuando, hacia las cinco de la mañana siguiente, reemprendimos nuestro viaje, no me sorprendió ver a niños, mujeres y ancianos provistos de cestos en los que recogían los excrementos de los caballos y mulas que pasaban por los caminos. Esta costumbre, que también se extiende por el sur de Francia, a la vez que expresiva de la pobreza del suelo, lo es también de una laboriosidad digna de todo elogio.

El comportamiento de los granjeros del oeste de Inglaterra es el opuesto a éste, pues utilizan como fertilizantes exclusivamente la arena y las algas que les ofrece el océano y desdeñan el recurso más evidente para enriquecer la tierra, cual es el abono animal. Valoran justamente lo que los catalanes desprecian, mientras que éstos se cuidan de recoger el tesoro que aquéllos desperdician. Sin embargo, lo más inteligente sería hacer uso de ambos.

Calella dista cuatro leguas de Mataró, que se recorren íntegramente a la par de una costa que al principio está compuesta por roca granítica y pasa luego a ser playa.

Mataró es un floreciente puerto marítimo de 9.679 habitantes que ha obtenido el título de ciudad gracias a su lealtad y fidelidad a la actual dinastía. Posee tres conventos masculinos y dos femeninos, además de un hospital general. Da trabajo a diecinueve telares y dieciséis máquinas para fabricar calcetines, tiene una buena producción de cordones, elabora estampados de lino, que envía a América, y se distingue por la calidad del vino que produce. Aun que apenas se ven personas ociosas, es de lamentar que gran parte de su mano de obra se pierda con las que se dedican a trenzar cintas, pues utilizan telares individuales que no permiten hacer muchas simultáneamente. Si esto se debe a una falta de información, el gobierno debería preocuparse por instruir mejor a la gente; si tiene su origen en un prejuicio, se les debería incentivar con primas y así fortalecer su economía.

Por toda Cataluña admiras a cada paso la laboriosidad de sus habitantes, los cuales con su trabajo constante han hecho fértil un suelo al que la naturaleza sólo hacía idóneo para el cultivo de la vid; pero al llegar a Mataró te encuentras completamente encantado: las granjas son auténticos jardines divididos en cuadros de unos cuatro pies de anchura que disponen de un canal para el riego. Todas disponen de noria una especie de bomba de cadena que, a juzgar por su extrema simplicidad, parece originaria de la más remota antigüedad. Mediante ellas extraen de un pozo todas las mañanas una cantidad de agua suficiente para cubrir las necesidades del día y la distribuyen por la tarde a cada cuadro de acuerdo con la naturaleza de sus cultivos. Los aljibes tienen una superficie de unos veinte, treinta o incluso cuarenta pies cuadra dos, y una altura de tres pies sobre el nivel del suelo, y se cubren con una bóveda de piedra inclinada hacia el agua con objeto de facilitar a las mujeres el lavado y escurrido de la ropa. La descomposición del granito produce un suelo tan arenoso que dos bueyes, un caballo o incluso una mula son suficientes para labrarlo. El agua lo fertiliza tanto que una misma parcela produce maíz, vino, naranjas y aceitunas. Como seto utilizan el aloe americano.

Cuando nos acercábamos a Barcelona tuvimos que cruzar un río cuyo cauce estaba siendo limpiado por unos criminales vestidos de verde; contamos hasta cincuenta, que eran vigilados por una serie de centinelas apostados a distancias prudenciales para evitar su huida.

Este color es sagrado para los mahometanos, sobre todo los africanos, por lo que el hecho de que con él vistan los españoles a sus peores criminales, e incluso a sus verdugos, constituye un curioso signo de desprecio hacia aquéllos.

La carretera que une Montpellier con Belgarde es ancha en todo su recorrido y se encuentra en perfecto estado; pero desde la entrada a España hasta unas dos leguas de Barcelona parece que no se haya hecho nada desde la creación del mundo con objeto de facilitar el paso y garantizar la seguridad del viajero que tenga que transitar por este camino. Aunque un inglés consideraría detestables estas carreteras, si, retrocediendo treinta o cuarenta años, nos situamos en la época en que nuestras rutas provinciales se encontraban en las mismas condiciones y pensamos cuánto se ha hecho en este período de tiempo, podemos esperar de la laboriosidad de los catalanes que no pasará por alto un asunto tan importante y que cuando nuestros hijos visiten estas maravillosas regiones lo harán con menos peligro y mayor comodidad que lo hicieron sus padres antes que ellos.

El sol primaveral del sur de los Pirineos resulta reconfortante para el viajero.

Por su parte, la Cuaresma lleva aparejada una circunstancia que, en un país católico, no resulta ni del todo agradable ni beneficiosa para su salud, ya que durante estos cuarenta días de abstinencia debe aprender a mantenerse a base de pescados y vegetales. Aunque en España pueden comer carne durante cuatro días a la semana merced a una indulgencia especial, casi nadie hace uso de ésta.

Fuera de los días de Cuaresma, el alojamiento es bastante aceptable y resulta más barato que en Inglaterra o en Francia. Un carruaje tirado por una buena mula y conducido por un guía se alquila en cinco chelines diarios, y no genera otros gastos. Almorzar sin limitación de vino cuesta quince peniques, y veinte la cena y una cama, mientras que por el chocolate del desayuno te piden dos. Se trata de tarifas fijas y preestablecidas, que no dejan lugar a ese regateo con el posadero del que en Francia no se libran ni los más pacientes.

En toda esta región los bueyes transitan vivazmente por los caminos transportando pesadas cargas.

 

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