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Capítulo 23 |
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Astorga. - La posada. - Los maragatos. - Costumbres de los
maragatos. - La estatua. |
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Fuimos a una posada de los arrabales, la única, por
cierto, que había en Tres
días estuvimos en aquel arrabal, y la mayor parte del tiempo permanecí
tendido en Antes de contar lo que nos
ocurrió en el viaje a Lugo y Galicia, acaso no esté de más decir unas
palabras respecto de Astorga y sus contornos. Astorga es una ciudad
amurallada, de cinco a seis mil habitantes, con Catedral y seminario, vacío
actualmente. Está situada en los confines y puede ser llamada capital de una
comarca denominada país de los maragatos,
como de tres leguas cuadradas de extensión, que limita al
Noroeste la montaña llamada Teleno, la más elevada de una cadena nacida cerca
de la desembocadura del Miño y que enlaza con el inmenso macizo divisorio de
las Asturias y Guipúzcoa. La región, rocosa en su mayor parte, con ligeras
salpicaduras de tierra de un color rojo ladrillo, es ingrata y árida, y paga
mezquinamente los afanes del labrador. Los maragatos son quizá la casta más
singular de cuantas pueden encontrarse en la mezclada población de España.
Tienen costumbres y vestidos peculiares, y nunca se casan con españoles. Su
nombre indica su origen, pues significa «moros godos»; y hoy en día su
pergenio, consistente en un chaquetón muy ajustado, ceñido al talle por una
faja ancha, calzones anchos hasta la rodilla, botas y polainas, difiere muy
poco del de los moros de Berbería. Llevan afeitado el cráneo, y sólo se dejan
un ligero cerquillo de pelo en la parte inferior. Si llevaran turbante o barrete apenas se los distinguiría de
los moros por el vestido; pero usan en lugar de aquél el sombrero ancho. Es casi indudable que
los maragatos son reliquias de aquellos godos que tomaron partido por los
moros invasores de España y adoptaron su religión, costumbres y traje, que,
con excepción de la primera, conservan aún en buena parte. Pero es también
evidente que su sangre no se ha mezclado con la de los salvajes hijos del
desierto, porque con dificultad se encontrarían en las montañas de Noruega
tipos y rostros más esencialmente godos que los maragatos. Son hombres de
fuerza atlética; pero toscos, pesados, de facciones generalmente correctas,
pero vacíos de expresión. Hablan con lentitud y lisura; rara vez o nunca, se
observan en ellos los arranques de elocuencia y de imaginación tan comunes en
los demás españoles; tienen además una pronunciación áspera y fuerte, y al
oírles hablar creeríase escuchar a un campesino alemán o inglés que intentara
expresarse en el idioma de Los hombres apenas se ocupan
en las labores del campo, abandonándoselas a las mujeres, que aran las
pedregosas tierras y recogen sus menguadas cosechas. Muy diferente es la
ocupación de sus maridos e hijos: constituyen un pueblo de arrieros, y considerarían casi como
una desgracia emplearse en otros quehaceres. Por todos los caminos de España,
y particularmente al norte de la cordillera divisoria de ambas Castillas,
pasan los maragatos, en cuadrillas de cinco o seis, dormitando, o simplemente
echados en el lomo de sus gigantescas y cargadísimas mulas, bajo los rayos
del sol achicharrante. En suma: casi todo el comercio de una mitad de España
está en manos de los maragatos, cuya fidelidad es tal, que cuantos han
utilizado sus servicios no vacilarían en confiarles el transporte de un
tesoro desde el Cantábrico a Madrid, en la seguridad completa de que no sería
culpa suya si no llegaba salvo e intacto a su destino; arrojados han de ser
los ladrones que intenten arrebatar sus mercancías a los arrieros maragatos,
dondequiera temidos; aferrados a ellas mientras pueden tenerse en pie, las
defienden a tiros o con su propio cuerpo si caen en la pelea. Pero aunque son los arrieros más fieles de España, distan
mucho de ser desinteresados; en general, cobran por el transporte de
mercancías el doble, cuando menos, de lo que a otros del mismo oficio les
parecería suficiente recompensa. De esta manera acumulan grandes sumas de
dinero, a pesar de que se tratan mucho mejor de lo que en general es uso
entre los frugales españoles, otro argumento en favor de su pura descendencia
gótica, porque los maragatos, como verdaderos hombres del Norte, son
aficionados a la bebida y se regodean en las comidas copiosas y empalagosas;
así tienen esos corpachones tan rozagantes. Muchos han dejado al morir
fortunas considerables, y no es raro que leguen una parte de su caudal para
erigir o embellecer casas religiosas. En el extremo oriental de la
Catedral de Astorga, dominando el altivo muro, hay sobre el tejado una
estatua de plomo colosal: es la estatua de un arriero maragato que legó a la catedral una cantidad
importante. La figura aparece vestida con el traje nacional; pero desvía el
rostro de la tierra de sus padres, y como ondea en la mano una especie de
bandera, parece que está animando a todos los de su raza para que abandonen
aquella región estéril y busquen en otros climas un campo más rico y vasto
para su actividad y su energía. Hablé de religión con varios
maragatos, que es asunto primordial; pero «su corazón estaba endurecido; sus
oídos, sordos, y sus ojos, cerrados». Con uno, sobre todo, hablé mucho rato,
después de mostrarle el Nuevo Testamento. Me escuchó, o pareció escucharme,
con paciencia, bebiendo de vez en cuando copiosos tragos de un inmenso jarro
de vino blanco que sostenía entre las rodillas. Cuando acabé de hablar me
dijo: «Mañana me voy a Lugo, para donde va usted también, según tengo
entendido. Si quiere usted enviar allá sus baúles, no tengo inconveniente en
encargarme de ello, a tanto (y me dio un precio exorbitante). De todo lo
demás que me ha dicho usted, entiendo muy poco y no creo ni una palabra:
respecto de los libros que me ha enseñado usted, compraré tres o cuatro. No
pienso leerlos, la verdad; pero, sin duda, los venderé a precio más alto del
que usted pide por ellos». Y basta ya de maragatos. |
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