Capítulo 24  
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Salida de Astorga. - La venta. - El atajo. - Salvación difícil. - El vaso de agua. - Sol y sombra. - Bembibre. - El convento de las Rocas. - Puesta de sol. - Cacabelos. - Aventura a medianoche. - Villafranca.

A las cuatro de una hermosa mañana salimos de Astorga, o más bien de sus arrabales, donde habíamos vivido; nos encaminamos hacia el Norte en dirección de Galicia; dejamos a nuestra izquierda la montaña de Teleno, y fuimos bordeando por el Este el país de los maragatos, por terreno fragoso, alegrado por algunos vallecitos verdes y arroyuelos. Varias maragatas, montadas en jumentos, se cruzaron con nosotros; iban a Astorga a vender verduras. Vi a otras en los campos gobernando el tosco arado, tirado por bueyes flacos. Pasamos también por un pueblecito donde no vi alma viviente. Cerca de aquel pueblo entramos en la carretera directa de Madrid a La Coruña, y después de andar unas cuatro leguas llegamos a una especie de desfiladero, formado, a nuestra izquierda, por una enorme y maciza montaña (una de las que arrancan del macizo de Teleno), ya nuestra derecha por otra de mucha menos altura. En el comedio de esa hoz, bastante ancha, se descubría una vista muy hermosa. Delante, como a legua y media de distancia, alzábase la poderosa cordillera divisoria ya mentada; en sus vertientes azules y en sus quebradas y pintorescas cumbres se enredaban todavía algunos tenues jirones de la niebla matutina, que los fuertes rayos del sol deshacían con rapidez. Parecía una enorme barrera que fuese a interceptarnos el camino, y me recordó las fábulas relativas a los hijos de Magog, de quienes se dice que residen en lo más remoto de Tartaria, detrás de una gigantesca muralla de granito, que sólo puede pasarse por una puerta de acero de mil codos de altura.

Poco después llegamos a Manzanal, aldea compuesta de tristes casuchas, con todas las muestras de la pobreza y de la miseria. Era la hora indicada para comer nosotros y dar pienso a los caballos, y nos dirigimos a una venta al final del pueblo; si bien encontramos cebada para los animales, trabajo nos costó hallar algo para nosotros. Por fortuna, pude adquirir un jarro grande de leche, porque las vacas abundaban; muchas de ellas pastaban en un pintoresco valle que acabábamos de atravesar, bien poblado de hierba y de árboles, con un arroyuelo cortado por pequeñas cascadas. Tendría el jarro hasta una azumbre de leche, y en pocos minutos lo apuré, pues aunque tenía perdido el apetito, la fiebre me abrasaba de sed. La venta consistía en un inmenso establo, con una partición para cocina y un sitio donde dormía la familia del ventero. El amo, joven y recio, estaba recostado en un ancho banco de piedra junto a la puerta. Era muy preguntón; pero como yo no podía saciar su afán de noticias, comenzó a hablar él, y,

cada vez más comunicativo, acabó por referirme la historia de su vida; en resumen, me contó que había sido correo en las Provincias Vascongadas, y que un año antes fue trasladado a aquella aldea, donde tenía a su cargo la estafeta.

Era liberal entusiasta, y hablaba pestes de la gente del país, toda carlista, según decía, y amiga de los frailes. No puse gran atención en sus palabras, porque me entretuve en observar a un muchacho maragato, de unos catorce años, que servía en la casa de mozo de cuadra. Pregunté al amo si aún estábamos en tierra de maragatos, y me respondió que ya la habíamos dejado más de una legua atrás; el muchacho aquel era huérfano, y se había puesto a servir para ahorrar unos cuartos y dedicarse a arriero. Hice unas preguntas al muchacho; pero me miró a la cara, malhumorado, y guardó tenaz silencio o respondió sólo con monosílabos. Al preguntarle si sabía leer: «Sí -dijo-; como ese caballo de usted que está ahí queriendo arrancar el pesebre».

Dejado Manzanal, continuamos el viaje. No tardamos en llegar al borde de un profundo valle abierto entre montañas, no las que habíamos visto frente a nosotros y que ahora dejábamos a la derecha, sino las del macizo de Teleno antes de unirse a aquéllas. El valle se asemejaba un poco a una herradura; el camino seguía las laderas dando un gran rodeo; pero cabalmente delante de nosotros arrancaba un sendero que en suave descenso, al parecer, cruzaba el valle para unirse de nuevo al camino al otro lado, a un cuarto de milla de distancia; nos metimos por el atajo para evitar el rodeo.

Poco trecho llevaríamos andado, cuando encontramos a dos gallegos que iban a segar a Castilla. Uno de ellos exclamó:

«Caballero, vuélvase atrás; dentro de nada llegará usted a unos precipicios donde se romperán la cabeza los caballos; apenas hemos podido subirlos nosotros a pie». El otro gritó: «Caballero, siga adelante; pero lleve mucho cuidado; si los caballos no tropiezan no correrá usted gran peligro; mi compañero es tonto». Los dos montañeses se pusieron a disputar, sosteniendo cada cual su opinión con juramentos y maldiciones; pero, sin esperar el resultado, proseguí adelante. Gruesas piedras, pedazos de pizarra, en los que mi caballo tropezaba sin cesar, empezaron a obstruir el camino. Oí también ruido de agua en una garganta profunda que no había visto hasta entonces, y me pareció más que insensato continuar por el atajo. Volví el caballo, y me dirigía con rapidez al camino, cuando Antonio, mi fiel criado griego, me indicó una pradera por la cual, a su parecer, podríamos cortar mucho y salir a la carretera en un punto bastante más bajo que si desandábamos todo el atajo. Radiante hierba verde, muy corta, cubría la pradera, cruzada por un arroyuelo. Metí espuelas al caballo creyendo salir a la carretera en un momento; pero el animal empezó a resoplar con violencia, a espantarse y a dar otras evidentes señales de no querer cruzar por aquel sitio, en apariencia tentador. Creí que el olor de algún lobo, o de otra alimaña cualquiera, era la causa de su espanto; pero salí pronto de mi error viéndole hundirse hasta los corvejones en una ciénaga; lanzó un agudo relincho, y mostrando grandísimo terror, manoteó y se esforzó por zafarse; pero a cada momento se hundía más. Al cabo pudo alcanzar una veta de roca que emergía del fango; en ella puso los cuatro remos, y con un esfuerzo tremendo saltó el arroyo y se libró del suelo traicionero cayendo en otro de relativa firmeza, donde permaneció jadeante, cubiertos los ijares de espuma y sudor. Antonio, que había contemplado la escena, no se atrevió a seguirme, y desandando todo el atajo se reunió poco después conmigo en la carretera. El suceso trajo a mi memoria la pradera y el sendero que tentaron a Cristián cuando seguía el angosto camino del cielo, y que acabaron por llevarle a los dominios del gigante Desesperado.

Comenzamos luego a descender al valle por una ancha y excelente carretera abierta en la escarpada falda de la montaña que teníamos a la derecha. A la izquierda quedaba la garganta por donde caía el torrente de que antes hablé. Era la carretera tortuosa, y el paisaje más pintoresco a cada revuelta. Ensanchábase poco a poco la garganta; el arroyo que por ella corría, con el alimento de numerosos manantiales, engrosaba su vena y su fragor; pronto quedó muy debajo de nosotros, prosiguiendo su arrebatado curso hacia el terreno llano, por donde fluía a través de una linda y angosta pradera. Selvático era el aspecto de las montañas del fondo, cubiertas, desde los pies a la cima, de árboles tan espesos que no se percibía ni un palmo del suelo, en cuyos senos se albergaban lobos, jabalíes y corzos. Éstos, según me contó un campesino que pasó guiando un carro de bueyes, bajan con frecuencia a la pradera, donde los cazan a tiros para aprovechar la piel, porque la carne, muy dura y desagradable, nadie la quiere. No obstante lo agreste de la región, la mano del hombre era visible por doquiera. En las escarpadas vertientes de la garganta, por donde el arroyo caía, amarilleaban pequeños sembrados de cebada; abajo, en la pradera, veíase una aldea y una iglesia; hasta nosotros subían los alegres cantares de los segadores que guadañaban la lozana y abundosa hierba. Apenas podía creer que estábamos en España, tan parda, árida y triste en general, y casi me imaginé hallarme en la antigua y gloriosa tierra de Grecia, cuyos montes y selvas han sido tan bien descritos por Teócrito.

Entramos en un pueblecito situado en el fondo del valle y regado por las aguas del torrente, ya casi convertido en río. No he visto situación tan romántica como la de aquel pueblo. Rodeado de montañas, que casi le dominaban a pico, cobijado por muy densas y variadas arboledas, alegrábanlo el rumor de las aguas, el canto de los ruiseñores y las sonoras notas del cuco, encaramado en las altas ramas; pero la aldea era miserable. Las casas eran de pizarra, abundantísima en las montañas vecinas, y las techumbres del mismo material; pero no a la manera limpia y ordenada que se usa en las casas inglesas, porque las pizarras eran de todos tamaños y parecían colocadas en revuelta confusión. Muertos de sed y de calor nos sentamos en un banco de piedra, y rogué a una mujer que me diese un poco de agua. Respondió que me la traería, a condición de pagarla. Antonio, al oírla, se incomodó mucho, y mezclando el griego, el turco y el español, invocó la venganza de la Panhagia sobre aquella mujer sin corazón. «Si ofreciese dinero a un mahometano por un trago de agua -decía Antonio- me lo arrojaría a la cara, y usted es católica y por la puerta de su casa pasa un río.» Le mandé callar, y repetí mi ruego, después de dar a la mujer dos cuartos; tomó entonces un cántaro y lo llenó en el arroyo. El agua era cenagosa y desagradable; pero calmó la sed febril que me devoraba.

Montamos de nuevo y proseguimos la marcha. Durante un trecho considerable el camino seguía la margen del río; las aguas se precipitaban a veces en pequeñas cascadas, o alborotaban entre las piedras, o fluían en sombrío silencio sobre las pozas profundas, bajo el dosel de los sauces. Las pozas debían de ser abundantes en pesca; con mucha frecuencia saltaban del agua gruesas truchas y cazaban las brillantes moscas que pasaban rozando la engañosa superficie. Eran deliciosos el momento y el lugar. Rodaba el sol por lo alto del firmamento, despidiendo de su orbe de fuego rayos gloriosísimos, y la atmósfera vibraba con su resplandor; pero la sombra de los árboles templaba su fuerza, o la hacían inofensiva la vivificante frescura que subía del agua o las suaves brisas que a intervalos murmuraban en las praderas, «aireando la mejilla y levantando el cabello» del viajero. Las montañas fueron poco a poco aclarándose. Entramos en una planicie. Sobre las altas hierbas ondulantes extendían los robustísimos castaños, en plena floración, sus gigantescas y sombrosas ramas. Echadas en el suelo descansaban unas cuantas parejas de bueyes, soportando en sus cabezas el grave peso de la pértiga de las carretas, mientras los boyeros se ocupaban en aderezar la comida o dormían a la sombra y sobre la hierba una siesta deliciosa. Me acerqué al grupo más numeroso y pregunté a un individuo si necesitaban el Testamento de Jesucristo. Miráronse con asombro unos a otros y me miraron a mí, hasta que un joven, que conservaba entre las manos una escopeta mientras descansaba, me preguntó qué era eso y si yo era catalán, «porque tiene usted un hablar muy áspero, y es alto y rubio como aquella gente». Me senté con ellos, y les dije que no era catalán, sino que venía por el mar de Occidente, de un sitio distante muchas leguas de allí, a vender aquel libro a mitad de su precio de coste, y que la salvación de su alma dependía de conocerlo bien. Expliqué la naturaleza del Nuevo Testamento y leí la parábola del sembrador. Mis oyentes miráronse de nuevo con asombro; pero me dijeron que no podían, siendo pobres, comprar libros. Me levanté, monté a caballo, y al marcharme les dije: «La paz sea con vosotros». Oído esto por el joven de la escopeta, se puso en pie, y exclamando: «Cáspita, ¡qué cosa tan rara!», me arrebató el libro de la mano y me pagó el precio que le había pedido.

Acaso no se encuentre, aun buscándolo por todo el mundo, un lugar cuyas ventajas naturales rivalicen con las de esta llanura o valle de Bembibre, con su barrera de ingentes montañas, con sus copudos castaños y con los robledales y saucedas que visten las márgenes del río, tributario del Miño. Es verdad que, cuando yo pasé por allí, el luminar del cielo ardía en todo su esplendor, y las cosas, alumbradas por sus rayos, aparecían brillantes, prósperas y jocundas. No aseguro que aquellos lugares me hubieran producido igual admiración contemplados a otra luz; pero es indiscutible que siendo tantas sus cualidades no pueden por menos de producir en cualquier tiempo hondo deleite; a la belleza apacible de un paisaje inglés júntase allí un no sé qué de grande y de agreste, y tengo para mí que el hombre nacido en aquellos valles, a no ser muy insaciable y turbulento, no querrá abandonarlos jamás. En aquellas horas no hubiera ambicionado yo mejor destino que el de ser pastor o cazador en las praderas o en las montañas de Bembibre.

Tres horas más tarde, la situación había variado. En Bembibre, pueblo de barro y pizarra, poco digno de atención, hicimos alto para comer nosotros y dar pienso a los caballos. Continuamos luego cuesta arriba, porque el camino iba por una de las últimas estribaciones de aquellas montañas divisorias, ya frecuentemente mencionadas; pero el cielo se había oscurecido; las nubes rodaban veloces sobre las montañas, viniendo del mar, y un viento frío se quejaba tristemente. Dimos alcance a un aldeano, montado en una mula miserable, y nos dijo: «Tenemos la nube encima; los asturianos la van a ver muy bien, porque corre hacia su tierra». Apenas lo había dicho, un relámpago, tan vivo y deslumbrador como si todo el brillo del elemento ígneo se hubiese concentrado en él, fulguró en torno, inflamando la atmósfera y envolviendo montañas, rocas y árboles en un resplandor indescriptible. La mula del aldeano se cayó al suelo; mi caballo se encabritó, y dando media vuelta echó a correr como loco cuesta abajo, y durante un rato no pude refrenarlo. Al relámpago siguió el estampido de un trueno, no menos terrible, pero lejano, sordo y profundo; las montañas recogieron su sonido y lo repitieron llevándolo de cumbre en cumbre, hasta que se perdió en el espacio sin límites. Otros relámpagos y truenos estallaron, pero más débiles en comparación; cayeron algunas gotas de lluvia. Lo recio de la nube parecía estar en otra región. «Donde haya caído esa exhalación -dijo el aldeano al juntarse de nuevo a nosotros- más de cien familias estarán llorando a estas horas; aun a seis leguas de distancia mi mula se ha cegado con el resplandor.» Llevaba por la brida al animal, que, en efecto, parecía dañado en la vista. «Si los frailes estuviesen aún en su nido, allá en lo alto -continuó-, diría que esto es obra suya, porque ellos son los causantes de todas las desgracias de esta tierra.»

Alcé los ojos en la dirección indicada por el aldeano, y a media ladera de la montaña por cuya base íbamos vi un inmenso peñasco, pavoroso y negruzco, que sobresalía a gran altura sobre el camino, como si amenazase destruirlo. Parecíase aquello a uno de los arrecifes de rocas representados en el cuadro del Diluvio, a los que trepan los aterrorizados fugitivos para escapar a la tenaz persecución de las embravecidas e incontrastables olas, y desde los que miran con horror a sus pies, mientras sobre ellos se levantan nuevas y vertiginosas alturas a las que en vano pugnan por encaramarse. En el mismo borde de aquel peñasco se alzaba un edificio consagrado, al parecer, a fines religiosos, porque sobre sus muros y techumbre se erguía el campanario de una iglesia. «Ésa es la casa de la Virgen de las Rocas -dijo el aldeano-, y hasta hace poco estaba llena de frailes; pero los han echado, y ahora no viven ahí más que lechuzas y cuervos.» Repliqué que no debía de ser envidiable la vida en una mansión tan triste y desamparada, porque en invierno se correría grave peligro de morir allí de frío. «De ningún modo -me respondió-. Tenían toda la leña que querían para sus braseros y chimeneas, y mucho buen vino para calentarse en las comidas, nada frugales. Además, tenían otro convento ahí en el valle, al que se retiraban cuando les parecía bien.» Al preguntarle el motivo de su aversión a los frailes, me contestó que había sido vasallo suyo, y que año tras año le privaban de la flor de cuanto poseía. Hablando de ese modo llegamos a una aldea, debajo precisamente del convento, y allí me dejó el aldeano, después de señalarme una casa de piedra, con una imagen sobre la puerta, que perteneció en otro tiempo, según dijo, a la canalla de allá arriba.

El sol se acercaba al ocaso; deseoso de llegar a Villafranca, donde pensaba descansar, y de la que aún me separaban tres leguas y media, no me detuve en la aldea. El camino empezó a descender en rápida y tortuosa cuesta, que terminaba en un valle, en cuyo fondo había un puente angosto y largo; por debajo pasaba un río, que por una ancha garganta se abría paso entre dos montañas. La cordillera estaba allí tajada, probablemente por una convulsión de la naturaleza. Contemplé la hoz y las montañas de ambos lados. A gran altura, por mi derecha, pero destacándose con mucha claridad, iluminado por los últimos rayos del sol, aparecía el convento del Despeñadero, y frente por frente, al otro extremo del valle, alzábase a pico la montaña rival, que, por interceptar en parte considerable la luz, echaba masas de sombras sobre la parte alta del paso, envolviéndolo en misteriosa oscuridad. Del seno de ella se arrojaba con ruido atronador un río, blanco de espumas, arrastrando en pos de sí piedras y ramas: era el bravío Sil, engrosado tal vez por las recientes lluvias, que desde su cuna en las montañas de Asturias se precipitaba hacia el océano.

Pasaron algunas horas más. Era ya noche cerrada y nos hallábamos rodeados de bosques, buscando a tientas el camino, porque la oscuridad era tal que apenas veía a una vara más allá de la cabeza del caballo. El animal parecía intranquilo, se paraba muchas veces, apuntaba las orejas y daba relinchos lastimeros. Frecuentes relámpagos iluminaban con sus llamaradas el cielo negro y echaban una momentánea claridad sobre nuestro camino. Ningún ruido interrumpía el silencio de la noche, salvo el tardo paso de los caballos, y a veces el croar de las ranas en algún charco. Me acordé de que estaba en España, tierra predilecta de estas dos furias: asesinato y robo, y de la facilidad con que dos viajeros fatigados e inermes podían ser víctimas suyas.

Al fin salimos de los bosques, y después de andar otro poco el caballo relinchó alegremente y salió al trote corto. Pronto llegaron a mis oídos ladridos de perros, y creíamos estar cerca de poblado. En efecto, estábamos en Cacabelos, ciudad a unas cinco millas de Villafranca.

Eran cerca de las once, y me pareció mejor esperar al siguiente día en aquel lugar que seguir sin dilación a Villafranca, exponiéndonos a los horrores de la oscuridad en un camino solitario y desconocido. Tomé el partido de quedarme, pero no había contado con la huéspeda: en la primera posada a que llamé respondieron que no podían admitirnos, y menos aún a los caballos, porque la cuadra estaba llena de agua. En la segunda -y en el pueblo no había más que dos- una tosca voz me respondió desde la ventana casi con las palabras de la Escritura : «No importunes; la puerta está ya cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados; no puedo levantarme para abrirte». En realidad, no tenía yo muchas ganas de entrar, porque la posada tenía pobrísimo aspecto; pero daba lástima ver a los pobres caballos manotear contra la puerta, como si implorasen la entrada.

Ya no teníamos dónde escoger: sólo nos quedaba continuar nuestro triste viaje a Villafranca, hasta donde había, según nos dijeron, una legua corta, que resultó ser legua y media. No fue cosa fácil salir del pueblo, porque nos perdíamos en el laberinto de sus callejuelas. Un muchacho de unos dieciocho años consintió, mediante la oferta de una peseta, en guiarnos, y después de muchas vueltas nos puso en un puente, diciéndonos que lo cruzáramos y siguiéramos el camino, que era el de Villafranca; recibió luego lo ofrecido y se marchó muy de prisa.

Seguimos sus indicaciones, no sin alguna sospecha de que pudiera habernos engañado. La noche era aún más oscura, de suerte que no se podía distinguir cosa alguna, por muy próxima que estuviese. Los relámpagos eran más débiles y raros. Oíamos el rumor de los árboles y a veces ladridos de perros; pero este ruido cesó pronto y quedamos envueltos en silenciosas tinieblas. Mi caballo, o por cansancio o por el mal estado del camino, tropezaba mucho; en vista de lo cual me apeé, y llevándolo por las riendas no tardé en dejar a Antonio muy atrás.

Un gran trecho anduve de ese modo, cuando sobrevino un incidente muy apropiado a la hora y al lugar. Iba yo por entre árboles y matorrales; de pronto el caballo se detiene, y a poco me tira de espaldas. No sé cómo fue; pero el miedo, nunca sentido hasta entonces en la soledad ni en las tinieblas, me invadió súbitamente. Me disponía a hacer andar al caballo cuando sentí ruido a mi derecha, y escuché con atención. El ruido parecía el de una o varias personas, abriéndose camino a través de ramas y maleza. Cesó pronto y oí pasos en el camino. Era el andar lento y vacilante de gentes que transportan un objeto pesadísimo, casi superior a sus fuerzas, y me pareció oír la respiración anhelosa de hombres muy fatigados. Hubo una breve pausa, durante la que me pareció que descansaban en medio del camino. Luego se reanudaron los pasos, hasta llegar al otro lado, y de nuevo oí los crujidos de las ramas; continuó un poco de tiempo y gradualmente se desvaneció.

Seguí mi camino, pensando en lo que acababa de suceder y haciendo conjeturas sobre la causa. Los relámpagos fulguraban de nuevo, y a su luz pude ver que me acercaba a unas elevadas y oscuras montañas. La caminata nocturna duraba tanto que perdí la esperanza de llegar a la ciudad, y entorné los ojos adormilado, aunque continuaba marchando mecánicamente, sin soltar la rienda del caballo. De pronto una voz me gritó a corta distancia: «¿Quién vive?»; al fin había dado con el camino de Villafranca. La voz procedía de un centinela del arrabal, uno de esos singulares migueletes, medio soldados, medio guerrillas, que en general emplea el Gobierno de España en limpiar de ladrones los caminos. Di la respuesta usual: «España», y me acerqué al lugar donde estaba de plantón. Cambiamos unas palabras y me senté en una piedra a esperar a Antonio, que tardó bastante en llegar. Le pregunté si se había cruzado con alguien en el camino; pero no había visto nada. La noche, o más bien la mañana, era aún muy oscura, a pesar de un débil cuarto de luna que a ratos se dejaba ver entre las nubes. Bajamos una calle a nuestra izquierda, que el miguelete nos indicó, para llegar a la puerta de la ciudad. La calle era empinada, no veíamos puerta ninguna, y no tardamos en ver detenidos nuestros pasos por una fila de casas y un muro. Llamamos a la puerta de dos o tres de aquellas casas (en cuyos pisos superiores había luces encendidas), con el fin de orientarnos, pero no nos oyeron o no nos hicieron caso. Hórrido maullar de gatos saludaba nuestros oídos desde los tejados y desde los rincones oscuros, y me acordé de la llegada nocturna de don Quijote y su escudero al Toboso y sus inútiles pesquisas por las desiertas calles en busca del palacio de Dulcinea. Al fin vimos luz y oímos voces en una casita aislada, al otro lado de una especie de foso; tirando de los caballos llegamos a la puerta y llamamos; nos abrió un viejo, que por su traje me pareció un hornero, y no me equivoqué; en razón de su oficio estaba levantado a tales horas. Le rogamos que nos indicase el camino para entrar en la ciudad, y echó delante de nosotros por una angosta callejuela que arrancaba junto a su casa, diciendo que él mismo iba a llevarnos a la posada.

La calleja conducía directamente a una plaza, al parecer la del mercado, y ya en ella detúvose nuestro guía ante una casa de esquina, y llamó. Después de un buen rato se abrió una ventana del piso alto, y una voz de mujer nos preguntó quiénes éramos. «Dos viajeros que acaban de llegar y buscan posada», respondió el viejo. «No quiero que me molesten a estas horas de la noche -respondió la mujer-; querrán cenar y no hay nada en casa; que vayan a cualquier otra parte.» Cuando ya iba la mujer a cerrar la ventana, grité que no necesitábamos cena, sino descanso para nosotros y los caballos, porque veníamos desde Astorga y estábamos muertos de cansancio. «¿Quién es el que habla? -exclamó la mujer-. Esa voz seguramente es la de Gil, el relojero alemán de Pontevedra. Bienvenido, compañero; llega usted a tiempo, porque tengo el reloj desarreglado. Siento haberle hecho a usted esperar; en seguida abro.»

Cerróse de golpe la ventana, y a poco brilló una luz entre las rendijas de la puerta; giró una llave en la cerradura, y entramos.

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