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Capítulo 29 |
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Llegada a Padrón. - Un proyecto
aventurado. - El alquilador. - Falta de palabra. - Un compañero singular. - Historia
sencilla. - Un camino áspero. - La deserción. - La jaca. - Un diálogo. -
Situación difícil. - La Estadea. - Nos anochece. - La choza. - La almohada
del viajero. |
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Llegué a Padrón al caer la tarde, de vuelta de
Pontevedra y de Vigo. Tenía el propósito de enviar a mi criado con los
caballos a Santiago y alquilar un guía que me llevase a Finisterre. Difícil
me sería justificar con alguna razón plausible el ardiente deseo que tenía de
visitar ese lugar; pero recordaba que el año anterior me había librado casi
por milagro de naufragar y perecer en los peñascales que bordean aquel punto
extremo del Viejo Mundo, y pensé que llevar el Evangelio a un lugar tan
apartado y agreste sería acaso una peregrinación acepta a los ojos de mi
Hacedor. Verdad es que sólo me restaba un ejemplar de los que había llevado
conmigo en esta última etapa; pero tal reflexión, lejos de desanimarme en mi
proyecto, produjo el efecto contrario: consideré que el Señor, desde que se
reveló al hombre, se había servido siempre para cumplir las más grandes obras
de medios insuficientes en apariencia, y pensé que el único ejemplar restante
podría por sí solo causar tanto bien como los otros cuatro mil novecientos
noventa y nueve de la edición de Madrid. Sabía yo que mis caballos no
servían en modo alguno para ir a Finisterre, porque los caminos y sendas
corrían por barrancos pedregosos, por ásperas y empinadas montañas; resolví,
pues, dejarlos atrás con Antonio, a quien tampoco quería yo exponer a las
penalidades de un viaje como aquél. Sin pérdida de tiempo mandé buscar un alquilador y le expliqué mis
intenciones. Díjome que tenía a mi disposición una excelente jaca de montaña
y que él en persona me acompañaría; pero al propio tiempo añadió que el viaje
era terrible para hombres y bestias, y esperaba que se lo pagase con
largueza. Consentí en darle cuanto me pidió; pero con la expresa condición de
acompañarme él en persona, como me había ofrecido, pues no tenía yo gana de
internarme en las montañas con el último bigardo del pueblo que se le
antojase buscar, y que sería muy capaz de jugarme una mala pasada. Replicó
con la frase que los españoles usan invariablemente para desvanecer la
desconfianza o la duda: «No tenga
usted, cuidado, yo mismo iré». Arregladas así las cosas
satisfactoriamente, a mi parecer, tomé una cena ligera y me retiré a dormir. Había yo encargado al alquilador que me llamase a las tres
de la mañana siguiente; pero no apareció hasta las cinco; supongo que se
dormiría, pues eso fue lo que me ocurrió también a mí. Me levanté de un
brinco; me vestí; puse unas cuantas cosas en la maleta, sin olvidar el
Testamento que pensaba regalar a los habitantes de Finisterre, y luego salí,
encontrando a mi amigo el alquilador, que
tenía por las riendas la jaca en
que había yo de hacer Detrás permanecía en pie un
bípedo de singularísima catadura, en quien por el momento no puse atención;
pero del que he de contar mucho en lo sucesivo. Pregunté al alquilador si estaba todo listo, y
obtenida respuesta afirmativa, me despedí de Antonio, puse en marcha la jaca y con paso vivo salimos del
pueblo, tomando al principio el camino de Santiago. El tipo aquel de quien he
hablado antes venía pegado a nosotros; pregunté al alquilador quién era y por qué motivo
nos seguía, a lo cual respondió que era un criado suyo y que nos acompañaría
un rato para volverse luego. Continuamos a buen paso, hasta llegar a menos de
un cuarto de milla del convento de la Esclavitud,
un poco más allá del cual, según me habían dicho, tendríamos que
dejar el camino real; en tal punto, el alquilador
se detuvo bruscamente, y al instante todos hicimos alto. Pregunté
la razón de la parada, y no obtuve respuesta. El alquilador tenía los ojos clavados en el suelo y
contaba, al parecer, con intenso cuidado las huellas de las vacas, mulas y
caballos estampadas en el polvo de - Pero -continuó- como me
gusta quedar siempre como un caballero con
todo el mundo, he tomado mis medidas para no dejarle a usted plantado. He
hecho un ajuste con este individuo -añadió señalando al tipo raro- para que
le acompañe. Es de toda confianza, y conoce muy bien el camino de Finisterre,
pues ha ido allá muchas veces con esta misma jaca que usted monta. Además será un buen compañero de
viaje, porque habla francés e inglés muy bien, y ha recorrido todo el mundo. El hombre cesó al cabo de
hablar; su engaño, desvergüenza y villanía me produjeron tal efecto, que pasó
algún tiempo antes de poder hallar una respuesta. Le reproché en términos muy
duros su falta de palabra y le dije que se me pasaban muy buenas ganas de
volver al instante al pueblo y denunciarle al alcalde para que le castigase a toda costa. A esto
replicó: - Señor caballero, con hacer
eso no se encontrará usted más cerca de Finisterre, adonde tiene tantas ganas
de ir. Siga mi consejo: meta espuela a la jaca;
porque, como usted ve, se hace tarde, y hay doce leguas largas a
Corcubión, donde pasará usted la noche; y desde allí a Finisterre, tampoco es
grano de anís. Con este hombre no tenga
usted cuidado: es el mejor guía de Galicia, habla inglés y
francés, y le servirá de agradable compañía. Ya entonces había yo
reflexionado que con volver a Padrón sólo conseguiría gastar tiempo, que el
intento de hacer castigar al individuo aquel no me reportaría ventaja alguna;
además, como me parecía un tunante en toda la extensión de la palabra, tan
buena era la compañía de cualquiera otra persona como - Mi amo, hable en español,
por amor de Dios, y le entenderé a usted, y mejor aún si habla en gallego;
pero no puedo prometerle otra cosa. Oí lo que le decía el alquilador; pero es el mayor embustero de la tierra, y le engañó a
usted en eso, como al prometerle que le acompañaría. A su servicio estoy por
mis pecados; pero en mal hora dejé el profundo mar y me dediqué a guía. Me contó que era de Padrón,
marinero de oficio, y que había pasado la mayor parte de su vida en la
escuadra española; sirviendo en ella, visitó Cuba y otras muchas partes de la
América española. - Cuando mi amo -continuó- le
dijo a usted que yo sería un buen compañero de viaje, le dijo la verdad, la
única verdad que ha salido de su boca en un mes; mucho antes de llegar a
Finisterre se habrá usted alegrado de que el criado, y no el amo, haya venido
con usted; mi amo es muy torpe y muy pesado, y yo soy como usted ve. Dio dos o tres saltos
mortales, volvió a reírse a carcajadas y a palmotear. - Seguramente no se figura
usted -continuó- que ayer vine de La Coruña con esa jaca y muy buena carga; llegamos a
Padrón a las dos de la madrugada, y a pesar de eso la jaca y yo estamos dispuestos a hacer
este nuevo viaje. Como dice mi amo, no
tenga usted cuidado; nadie ha tenido queja de la jaca ni de mí. Hablando de esa suerte
recorrimos un buen trecho del camino, por terreno pintoresco, hasta llegar a
una aldea muy linda en la falda de una montaña. - Este pueblo -dijo el guía-
se llama Los Ángeles, porque su iglesia la hicieron los ángeles hace ya mucho
tiempo; debajo de ella pusieron una barra de oro traída del cielo y que había
servido de viga en la propia casa de Dios. Va por debajo de tierra desde aquí
hasta la Catedral de Compostela. Atravesamos el pueblo, que,
según me dijo también el guía, tenía unos baños muy visitados por los
santiagueses. Torcimos hacia el Noroeste, dando la vuelta a una montaña que
alzaba majestuosamente sobre nuestras cabezas su cumbre coronada de peñascos
desnudos; a nuestra derecha, en la otra orilla de un valle espacioso, corría
una elevada cadena de montañas, que iba a enlazarse con las del Norte de
Santiago. En la cima de esa cadena alzábanse unas torres almenadas, llamadas
de Altamira, al decir de mi guía, restos de un antiguo castillo, ya en
ruinas, que fue en otro tiempo la residencia principal que los condes de ese
título tenían en Allí entramos en una choza gallega para reponer nuestras
fuerzas y las del caballo. El cuadrúpedo comió un poco de maíz, y los dos
bípedos nos regalamos con broa y
aguardiente, servidos por
una mujer que encontramos en - Sí, sí, ya me acuerdo;
sígame, capitán, y le llevaré a Finisterre en un vuelo. Le seguí con la vista y tomó
a todo correr la misma dirección que antes traíamos. «Espera -le grité-;
espera. ¿Me vas a dejar aquí con la jaca?
Espera; aún no hemos pagado el gasto. Espera.» Pero no volvió la
cabeza ni un instante, y en menos de un minuto se perdió de vista. La jaca, atada al pesebre en un rincón
de la choza, comenzó a dar
relinchos terroríficos, a manotear y a erizar la cola y la crin de un modo
extraño. Tanto tiraba del ramal, que temí que se estrangulara. - ¡Mujer! -exclamé-, ¿dónde
anda usted y qué significa todo esto? Pero la huéspeda había
desaparecido también, y aunque recorrí la choza,
dando fuertes voces, no obtuve respuesta. Continuaban los relinchos de
la jaca, y los tirones que
daba del ramal eran cada vez más fuertes. - ¿Estoy rodeado de locos?
-grité, y arrojando sobre la mesa una peseta
desaté el caballo e intenté ponerle el bocado, pero no lo
conseguí. Apenas solté el ramal comenzó
la jaca a tirar hacia la
puerta, a despecho de cuantos esfuerzos hice para impedido. - Si te escapas -dije- mi
situación va a ser divertida. Pero todo tiene remedio: de
un brinco monté en la silla, y un instante después el animalito me llevaba,
en rápido galope, por un camino que supuse sería el de Finisterre. La situación, divertida para
el lector, era para mí bastante apurada. Hallábame a lomos de un caballo
fogoso, sin medio alguno de gobernarlo, a todo correr por un camino peligroso
y desconocido. No parecía ni rastro del guía, ni encontré a nadie a quien
pedir noticias. La verdad es que, dado caso de alcanzar a un pasajero o de
cruzarme con él, apenas habría tenido tiempo de dirigirle la palabra: tan
veloz era la carrera del caballo. «¿Estará este animal enseñado a estas
cosas? -pensaba yo-. ¿Me llevará a una cueva de ladrones, que me corten el
cuello? ¿No hace más que seguir, por instinto, a su amo?» No tardé en
desechar ambas suposiciones. La velocidad de la jaca amenguó; al parecer, había perdido el camino. Miró
en torno con inquietud; al cabo llegó a un arenal, pegó el hocico al suelo, y
de pronto se tumbó, revolcándose de una manera verdaderamente caballuna. No
me hice daño, y al instante aproveché la ocasión para ponerle el bocado, que
antes llevaba colgado del pescuezo. Volví a montar y me puse a buscar el
camino. No tardé en encontrarlo, y
seguí adelante. El camino iba por un yermo poblado de brezos y tojos y
sembrado de pedruscos. El sol, ya muy alto, calentaba de firme. Encontré
alguna gente, hombres y mujeres, que me miraba sorprendida, maravillándose
probablemente de que una persona como yo anduviese sin guía por tales sitios.
Pregunté a dos mujeres si habían visto a mi guía; pero no me entendieron o no
quisieron entenderme, y, luego de cambiar entre sí unas pocas palabras en uno
de los cien dialectos de Galicia, siguieron su camino. Después de atravesar
el descampado, llegué de improviso a un convento al borde de un profundo
barranco, por cuyo fondo corría un rumoroso arroyo. El lugar era bello y
pintoresco; espesas arboledas poblaban las vertientes del barranco; del otro
lado surgía una montaña alta y oscura. El convento, muy capaz, parecía
abandonado. Pasé junto a él, y al instante llegué a una aldea, tan desierta,
por las muestras, como el convento, pues no hallé ser viviente, ni siquiera
un perro que me saludara con sus ladridos. Me detuve en una fuente de piedra,
que vertía sus aguas en una pila. Sentada en la pila, con los brazos caídos y
los ojos clavados en la montaña vecina, estaba una figura humana, que aún se
presenta frecuentemente a mi fantasía, sobre todo cuando duermo y me oprime
una pesadilla: era mi fugitivo guía. YO: Buenos días tenga usted caballero. El tiempo está
caluroso, y esa agua exquisita convida a beberla. Tentado estoy de apearme y
regalarme con un trago. EL
GUÍA: Su merced no puede hacer
mejor cosa. Hace mucho calor, en efecto; lo mejor es que beba un poco de
agua. También yo acabo de beber. Pero le aconsejo que no dé agua al caballo:
está jadeante y muy sudado. YO: Ya puede estarlo. He venido galopando lo menos dos
leguas en busca de un individuo que se comprometió a llevarme a Finisterre,
pero que me ha abandonado de la manera más extraña del mundo; tanto, que he
llegado a creer que era un bandido, no un hombre honrado. ¿No le ha visto
usted, por casualidad? EL
GUÍA: ¿Qué señas tiene? YO: Es bajo, grueso, muy parecido a usted, giboso y,
con perdón de usted, muy feo. EL
GUÍA: ¡Ja, ja! Le conozco. Hemos
venido corriendo juntos hasta la fuente, y aquí me dejó. Caballero, ese
hombre no es un ladrón; si algo es, es un nuveiro,
un hombre que anda por las nubes, y que, a veces, un soplo de
viento se lo lleva. Si alguna vez vuelve usted a viajar con ese hombre, no le
permita usted beber más de una copa de anís cada vez; de lo contrario, se
subirá a las nubes, le dejará a usted y andará por ahí corriendo hasta que dé
con un arroyo, o pegue con la cabeza en una fuente; entonces, con un trago,
vuelve a ser lo que era. ¿De manera, señor caballero, que va usted a
Finisterre? Pues vea usted qué rareza: un caballero muy parecido a usted me
ajustó esta mañana para que le llevara también; pero se me ha perdido en el
camino. Me parece lo mejor que continuemos juntos hasta que encuentre usted a
su guía y yo a mi amo. Podían ser las dos de la
tarde cuando llegamos a un puente, largo y ruinoso, muy antiguo al parecer,
llamado, según el guía, puente de Don Alonso. Atravesaba una ensenada, o más
bien ría, porque el mar no estaba lejos; a nuestra derecha quedaba la pequeña
ciudad de Noya. - Cuando atravesemos el
puente, capitán -dijo el guía-, llegaremos a país desconocido, porque yo no
he pasado nunca de Noya, y de Finisterre, no sólo no he estado allí nunca,
pero ni siquiera he oído hablar. He preguntado a dos o tres personas, desde
que nos pusimos en camino, y saben tanto como yo. Sin embargo, bien mirado
todo, creo que lo mejor es seguir hasta Corcubión, a unas cinco leguas de
aquí, adonde quizá lleguemos antes de cerrar la noche si damos con el camino o
encontramos quien nos guíe; porque, como ya le he dicho, yo lo desconozco en
absoluto. - En buenas manos he caído
-respondí-. Creo, en efecto, que lo mejor es ir a Corcubión, y allí quizá
sepamos algo de Finisterre y se encuentre un guía que nos lleve. Entonces, con nuevos brincos
y cabriolas, echó a andar con paso rápido, deteniéndose a veces en una choza con el propósito de adquirir
informes, supongo yo, aunque apenas entendí una palabra de la jerga en que él
y sus interlocutores hablaban. A poco llegamos a un terreno
por demás agreste y montuoso. Subimos y bajamos barrancos; vadeamos arroyos,
y nos arañamos la cara y las manos en las zarzas, deteniéndose a veces a
coger moras silvestres, de que había cosecha abundante. Por camino tan duro
avanzábamos muy despacio. La jaca iba
detrás del guía, tan pegada a él, que casi le tocaba en el hombro con el
hocico. El país era cada vez más agreste, y una vez que dejamos atrás un
molino, ya no vimos rastro de vivienda humana. El molino estaba en el fondo
de una hondonada, sombreada por grandes árboles, y sus ruedas, al girar,
hacían un ruido triste y monótono. - ¿Llegaremos a Corcubión
esta noche? -pregunté al guía cuando, al salir del valle, nos encontramos en
un descampado sin límites, al parecer. EL
GUíA: No; no podemos, y este
descampado no me gusta nada. El sol va a ponerse en seguida, y entonces, como
haya niebla, nos encontraremos a la Estadea.
YO: ¿Qué es eso de la Estadea? EL
GUíA: ¡Qué es eso de la Estadea! ¿Me pregunta mi amo qué es
la Estadinha? No me he
encontrado a la Estadinha más
que una vez, y fue en un sitio como éste. Iba yo con unas mujeres, y se
levantó una niebla muy espesa. De pronto empezaron a brillar encima de
nosotros, entre la niebla, muchas luces; había lo menos mil. Se oyó un chillido
tremendo, y las mujeres se cayeron al suelo gritando: ¡Estadea, Estadea! Yo también me caía
y gritaba: ¡Estadinha! ¡Estadinha! La
Estadea son las almas de
los muertos que andan encima de la niebla con luces en las manos. Con
franqueza, mi amo, si encontramos a las almas, me escapo y no paro de correr
hasta tirar me de cabeza al mar. Esta noche ya no llegamos a Corcubión; mi
única esperanza es que encontremos por aquí una choza donde podamos defendernos de la Estadinha. La noche se nos echó encima
antes de atravesar el despoblado; pero no hubo niebla, con gran contento de
mi guía, y un poco de luna alumbraba parcialmente nuestros pasos. Estábamos,
sin embargo, en una situación muy triste: aquel era el páramo más desolado de
la provincia más agreste de España, ignorábamos el camino y apenas si
sabíamos adónde íbamos, porque el guía me dijo repetidas veces que no creía
en la existencia de un lugar llamado Finisterre, y de existir, sería alguna
montaña solitaria señalada en el mapa. Si me ponía a reflexionar sobre el
carácter de mi guía, no encontraba grandes motivos de tranquilidad ni de
aliento; en el caso más favorable, era evidentemente un hombre medio tonto,
sujeto, por confesión propia, a ciertos paroxismos que no se diferenciaban
esencialmente de Al cabo llegamos al pie de
una cuesta muy escarpada, a la cual subía un agrio sendero. - ¿Será éste nuestro camino?
-pregunté al guía. - No nos queda otro, capitán
-respondió el hombre-. Subiremos, y cuando estemos arriba veremos el mar, si
es que está cerca. Eché pie a tierra, porque
subir a caballo por tal sendero en plena oscuridad hubiese sido locura.
Trepamos en hilera: primero, el guía; detrás, la jaca, con el hocico pegado, como de costumbre, al hombro
de su amo, a quien quería apasionadamente, y yo a retaguardia, agarrado con
la mano izquierda a la cola del caballo. Dimos muchos traspiés y más de una
caída; cierta vez rodamos todos por la falda del cerro. A los veinte minutos
llegamos a la cima; miramos en torno, pero no vimos el mar; un páramo oscuro,
apenas entrevisto, se extendía al parecer por todos lados. - Vamos a tener que acampar
aquí hasta mañana -dije yo. De pronto mi guía me tomó una mano. - Allí hay lurne, senhor -decía-; allí hay lume. Miré en la dirección que me
indicaba, y después de esforzarme un rato, me pareció ver a cierta distancia,
muy por bajo de nosotros, un débil resplandor. - Eso es lurne -exclamó el guía, y procede de
la chimenea de una choza. A la bajada del cerro vagamos
sin rumbo no poco tiempo, hasta que nos encontramos en medio de seis o siete chozas negras. - Llama a la puerta de una
cualquiera -dije al guía- y pregunta si pueden darnos asilo por esta noche. Así lo hizo, y al instante
apareció un hombre con una tea encendida en la mano. - ¿Puede usted guarecer a un cabalheiro contra la noche y la Estadea? -preguntó el guía. - Sí puedo, gracias a Dios
-dijo el hombre. Era de figura atlética; no
llevaba zapatos ni medias, y, en conjunto, le encontré muy parecido a los
campesinos de los pantanos de Munster. - Hagan el favor de entrar,
caballeros; podemos acomodarlos a ustedes y también a la cabalgadura. La choza donde entramos estaba dividida
en tres compartimientos: en el primero había hierba, en el segundo estaban las
vacas y en el tercero la familia, compuesta del padre y la madre del hombre
que nos había abierto y de su mujer e hijos. - Usted es catalán, señor
caballero, y va a buscar a sus paisanos de Corcubión -dijo el hombre en
regular español-. ¡Ah! Ustedes los catalanes son buena gente y tienen muy
buenos establecimientos en las costas gallegas; la lástima es que se llevan
todo el dinero fuera del país. No tengo, en cualquier
circunstancia, el menor inconveniente en pasar por catalán; en aquel caso más
bien me alegré de que una gente tan salvaje creyera que yo tenía en las
vecindades amigos poderosos y compatriotas que estaban, acaso, aguardándome.
Favorecí, pues, su error y empecé a hablar, con fuerte acento catalán, de la
pesca en Galicia y del impuesto sobre Nuestro huésped nos preguntó
si teníamos hambre; le respondimos que sí, y trajo una docena de huevos y un
poco de tocino. Mientras se aderezaba la cena, mi guía sostuvo con la familia
una larga conversación; pero como hablaban en gallego no pude entenderlos.
Creo que principalmente se referían a brujas y hechiceras, porque nombraban
mucho - No -replicó el hombre-; ni
las hay hasta Corcubión. Yo nunca me he acostado en cama, ni nadie de mi
familia; dormimos en el suelo o en la paja con el ganado. Como viajero experto me
abstuve de lamentarlo; subí por una escalera al desván, bastante ancho y casi
vacío; puse la capa por almohada y me tendí en las tablas, prefiriéndolas por
más de un motivo a |
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