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Capítulo 30 |
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Mañana de otoño. - El fin del mundo. -
Corcubión. - Duyo. - El cabo. - Una ballena. - La bahía exterior. - La
detención. - El pescador alcalde. - Carlos rey. - Un incrédulo. - ¿Dónde está
el pasaporte? - La playa. - Un liberal influyente. - La criada. - El gran
«Baintham». - Un libro sin par. - Hospitalidad. |
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Hacía una hermosa mañana de otoño cuando salimos de
la choza y proseguimos el
viaje a Corcubión. Gratifiqué al huésped con un par de pesetas, y me pidió por favor que si
regresábamos por el mismo camino, y la noche nos sorprendía, no dejáramos de
buscar albergue bajo su techo. Así se lo prometí, al mismo tiempo que formaba
propósito de hacer todo lo posible para evitar tal contingencia, porque
dormir en el desván de una choza gallega
no es muy apetecible, aunque no tan malo como pasar la noche en un descampado
o en un monte. Emprendimos, pues, la marcha
a paso vivo por ásperos caminos de herradura y veredas, rodeados de brezos y
jaras. Al cabo de una hora llegamos a la vista del mar, y dirigidos por un
muchacho que encontramos en el despoblado guardando unas pocas y míseras
ovejas, torcimos hacia el Noroeste y alcanzamos, por último, la cima de una
montaña, donde nos detuvimos un poco a contemplar el panorama que se ofrecía
ante nosotros. No sin razón los latinos
dieron a aquellos parajes el nombre de Finis
terrae. Nos encontrábamos en un sitio exactamente igual a como en
mi infancia había yo imaginado la conclusión del mundo, más allá de la que
sólo había un mar borrascoso, o el abismo, o el caos. Tenía ante mis ojos un
océano inmenso, ya mis pies la dilatada e irregular línea de la costa, alta y
escarpada. Con seguridad no hay en todo el mundo costa más abrupta que la
costa gallega, desde la desembocadura del Miño hasta el cabo Finisterre. Es
una barrera de montañas de granito muy agrestes, dentelladas casi todas en la
cima, y cortadas a veces por radas y bahías, como las de Vigo y Pontevedra,
que penetran profundamente en tierra. Esas ensenadas y rías son todas de
inmensa hondura, y de capacidad sobrada para abrigar las escuadras de las más
soberbias naciones marítimas del mundo. La grandeza severa y agreste
de aquellos parajes subyuga En cuanto a mí, al contemplar
el ancho mar y la costa tan salvaje, exclamé: «¡Oh imagen de nuestra
sepultura y de los temerosos caminos que a ella llevan! Esos desiertos y
páramos por donde he pasado son como las ásperas y tristes jornadas de
nuestra vida. Alentados por la esperanza, luchamos con todos los obstáculos,
con la montaña, la ciénaga y el yermo, para llegar, ¿a qué?, a la tumba y a
sus bordes pavorosos. ¡Oh! ¡Que no me abandone en la hora postrera la esperanza
en el Redentor y en Dios!». Descendimos del cerro, y de
nuevo perdimos de vista el mar, metiéndonos por barrancos y cañadas, donde
había, de vez en cuando, manchas de pinos. Continuando el descenso, acabamos
por llegar a la terminación de una larga y angosta ría, donde se alzaba una
aldea; a corta distancia, en la margen occidental de la ría, veíase una
población bastante mayor, que casi tenía derecho al nombre de ciudad. Esta
última era Corcubión; la primera, si no recuerdo mal, se llamaba Ría de Silla.
Nos apresuramos a llegar a Corcubión, y mandé al guía que preguntase por el
camino de Finisterre. Entró en una taberna, de donde salía mucho bullicio, y
a poco volvió diciéndome que el pueblo de Finisterre distaba una legua y
media de allí. Un hombre, en manifiesto estado de embriaguez, apareció en la
puerta, detrás de mi guía. - ¿Van ustedes a Finisterre, cavalheiros? -exclamó. - Sí, amigo mío -respondí-.
¡Allá vamos! - Entonces van ustedes a un fato de borrachos -replicó-. Tengan
cuidado no les hagan alguna mala partida. Seguimos adelante, y, luego
de atravesar una península arenosa, a la espalda de la ciudad, llegamos a la
costa de una inmensa bahía, cuya extremidad Noroeste la formaba el renombrado
cabo de Finisterre, que se extendía ante nuestra vista mar adentro. Por una playa de arena de
blancura deslumbradora avanzamos hacia el cabo, meta de nuestro viaje. El sol
brillaba resplandeciente, y sus rayos iluminaban todas las cosas. Delante de
nosotros, el mar parecía un espejo, y las olas que rompían en la costa eran
tan débiles que apenas levantaban un murmullo. Avivamos el paso, siguiendo el
profundo contorno de la bahía, dominada por montañas gigantescas. Singulares
recuerdos comenzaron a invadir mi espíritu: en aquella playa, según la tradición
de toda la antigua cristiandad, Santiago, el Santo patrono de España, predicó
el Evangelio a los idólatras españoles. En aquella playa se alzaba en otro
tiempo una ciudad comercial inmensa, la más orgullosa de España. En la bahía,
hoy desierta, resonaban entonces millares y millares de voces, cuando las
naves y el comercio de todo lo descubierto de la tierra se concentraban en
Duyo. - ¿Cómo se llama este pueblo?
-pregunté a una mujer, al pasar por cinco o seis casas ruinosas en el recodo
de la bahía, antes de entrar en la península de Finisterre. - Esto no es un pueblo -dijo ¡Tales son las glorias del
mundo! ¡Aquellas chozas eran
todo lo que el rugiente mar y la garra del tiempo habían dejado de Duyo, la
gran ciudad! Y ahora, derechos a Finisterre. Al mediodía llegamos al
pueblo de ese nombre, compuesto de un centenar de casas y construido en el
lado sur de la península, precisamente en el paraje donde el terreno se
levanta para formar la enorme y escarpada cabeza del Cabo. En vano buscamos
una posada o venta donde
encerrar el caballo; por un momento creímos haber encontrado lo que
buscábamos, y hasta llegamos a atar el caballo al pesebre. Pero en cuanto
salimos lo desataron, echándolo a Nos detuvimos a examinar un
reducto o batería abandonada que mira a la bahía, y, mientras estábamos en
esto, reparé más de una vez que también nosotros éramos objeto de curiosidad
y acecho; en efecto, a nuestro paso vislumbré más de una cara que nos
atisbaba por los huecos y hendiduras de las tapias. Comenzamos luego a subir
al Finisterre, trazando en sus vertientes graníticas numerosos y largos detours. El sol estaba en lo más alto
de su carrera, y sus ardentísimos y furiosos rayos caían a plomo y nos
asaeteaban. En la subida se me destrozó el calzado y me corté los pies; el
calor me hacía sudar a chorros. Para mi guía, en cambio, la subida no era, al
parecer, ni fatigosa ni difícil. No le asustaba el calor del día, ni una gota
de sudor surcaba su curtido semblante, ni le faltaba el resuello; brincaba de
roca en roca con la irritante agilidad de una cabra montés. Antes de llegar a
la mitad de la subida me encontré rendido por completo. Comencé a rilar y a
tambalearme. - ¡No tenga miedo! -dijo el
guía-. Ahí se ve una cerca; échese un poco a la sombra. Me pasó uno de sus largos y
robustos brazos por la cintura, y, aunque comparado conmigo parecía un enano,
me sostuvo como a un chico hasta llegar a una tosca valla que atravesaba la
mayor parte de la montaña y servía, probablemente, de lindero. Difícil fue
encontrar una sombra: descubrimos, por último, una pequeña hendidura, abierta
quizá por algún pastor para dormir en ella Nos encontramos a gran altura
entre dos bahías, con la vasta soledad del mar delante de nosotros. De los
diez mil barcos que anualmente surcan aquellas aguas a la vista del cabo, no
se descubría entonces ni uno solo. Era el mar un desierto azul brillante, del
que, a intervalos, emergía la negra cabeza de un cachalote arrojando dos
delgados chorros de agua. La bahía de Finisterre, la más grande de las dos,
resplandecía hasta su entrada con los bellos tornasoles de un inmenso banco
de sardinhas, en cuyos
bordes estaba probablemente el cachalote dándose un festín. Al otro lado del
cabo veíamos a nuestros pies una bahía más pequeña, bordeada de rocas de
formas extrañas, que dominaban la costa; esta bahía se llama en el lenguaje
del país Praia do mar de Jora, y
es lugar temible en días de borrasca, cuando el oleaje del Atlántico penetra
en ella y rompe contra las rocas sumergidas que allí abundan. Aun en días de
calma resuena en aquella bahía un fragor cavernoso que llena el corazón de
inquietud. Descubríase por doquiera un
panorama grandioso, sublime. Después de contemplarlo desde la cima cerca de
una hora, descendimos. Al llegar a la casa donde teníamos
nuestro pasajero albergue, hallamos ocupado el portal por unos cuantos
hombres, echados algunos en el sudo y bebiendo vino en unas pequeñas vasijas
de barro muy usadas en aquella parte de Galicia. Les saludé cortésmente al
pasar y subí al aposento donde comimos. En un tosco y sucio lecho que allí
había me arrojé rendido de cansancio. Resolví reposar un poco, y por la noche
reunir a la gente del pueblo y leerles unos capítulos de la Escritura y
dirigirles una ligera exhortación cristiana. Me dormí pronto; pero mi sueño
fue muy intranquilo. Veíame rodeado de dificultades múltiples, entre peñascos
y barrancos, luchando en vano por libertarme. Rostros muy extraños se
asomaban entre los árboles o salían de las cavernas y sacaban una lengua
bífida y arrojaban gritos de cólera. Miré en torno buscando a mi guía, pero
no le hallé; me pareció, sin embargo, oír en lo hondo de un barranco una voz
que hablaba de mí. No sé cuánto hubieran durado estas pesadillas; pero, de
súbito, sentí que me agarraban con violencia por un hombro, y de un tirón
casi me arrastraron fuera de YO: ¿Quién es usted, qué desea? EL
HOMBRE: Poco importa quién soy yo.
Levántese y venga conmigo; le necesito. YO: ¿Con qué autoridad se atreve usted a venir a
molestarme? EL
HOMBRE: Con la autoridad de la justicia de Finisterre. Sígame sin
resistencia, Calros, o será peor. - ¿Calros? -dije yo-. ¿Qué
significa esto? Me pareció, sin embargo, lo
más prudente obedecer, y bajé la escalera detrás de mi hombre. La tienda y el
portal hallábanse atestados de vecinos de Finisterre: hombres, mujeres y
chicos; estos últimos desnudos casi todos, chorreando agua, como si los
hubieran llamado a toda prisa de sus juegos en la orilla del mar. A través de
aquella multitud, el hombre que he tratado de describir se abrió paso con
ademán autoritario. Al llegar a la calle, posó
sin violencia una de sus pesadas manos en mi brazo. - ¡Es Calros, es Calros!
-gritó un centenar de voces-. Acaba de llegar a Finisterre y la justicia le ha prendido. Sin saber lo que todo aquello
podía significar, seguí calle abajo en compañía de mi singular conductor. La
multitud que nos seguía vociferando era cada vez más numerosa. Hasta sacaron
los enfermos a las puertas para que viesen lo que ocurría y echaran un vistazo
al temible Calros. Me admiró, sobre todo, el ardimiento de que dio muestras
un tullido, quien, a despecho de los ruegos de su mujer, se mezcló con las
turbas, y, aunque perdió la muleta, siguió adelante, brincando con una sola
pierna, mientras decía: -
¡Carracho! ¡También voy yo! Por fin llegamos a una casa
un poco mayor que las demás; el guía me introdujo en una sala baja, me colocó
en el centro y volvió corriendo a la puerta con ánimo de impedir el paso a la
gente que pugnaba por entrar con nosotros. No sin trabajo consiguió su
propósito; una o dos veces se vio en el caso de rechazar a culatazos a los
intrusos. Me puse entonces a examinar el aposento. Todo el mobiliario
consistía en unos cuantos toneles; había además en el suelo el mástil de una lancha
y una o dos velas. Sentados en los toneles estaban tres o cuatro hombres, con
toscos trajes de pescadores o de carpinteros de ribera. El personaje
principal era un individuo de unos treinta y cinco años, de gesto avinagrado,
alcalde de Finisterre, según
averigüé después, y dueño de la casa en que nos encontrábamos. En un rincón
descubrí a mi guía; evidentemente estaba preso: dos robustos pescadores,
armado el uno con un fusil y el otro con un bichero, le guardaban. Un minuto
duró mi examen; el alcalde, atusándose
las patillas, me interrogó así: - ¿Quién es usted, dónde está
su pasaporte y a qué ha venido a Finisterre? YO: Soy un inglés, mi pasaporte es éste y he venido a
ver Finisterre. Mi respuesta los desconcertó,
al parecer, por breves momentos. Miráronse unos a otros, y miraron mi
pasaporte. Al cabo, el alcalde, golpeándolo
con un dedo, vociferó: - Este pasaporte no es
español; parece que está escrito en francés. YO: Ya le he dicho a usted que soy extranjero. Por eso
traigo, como es natural, pasaporte extranjero. EL
ALCALDE: Entonces quiere usted
hacernos creer que no es Calros rey. YO: Nunca he oído hablar de ese rey ni he oído tal
nombre. EL
ALCALDE: ¡Miren qué sujeto! Se
atreve a decir que no ha oído hablar nunca de Calros el Pretendiente, que se
titula rey. YO: Si ese Calros es el Pretendiente don Carlos, todo
lo que puedo contestar es que no creo que hable usted en serio. Lo mismo
podía usted decir que ese pobre hombre, mi guía, a quien por lo visto han
hecho ustedes prisionero, es su sobrino, el infante don Sebastián. EL
ALCALDE: ¡Ah! Usted mismo se ha
vendido; en efecto, por tal le tenemos. YO: Es verdad que los dos son jorobados; pero ¿en qué
me parezco yo a don Carlos? No tengo tipo español, y al Pretendiente le llevo
lo menos la cabeza. EL
ALCALDE: Eso no le hace. Ya se
sabe que usted lleva varios chalecos consigo, y con ellos se disfraza,
pareciendo más alto o más bajo, según le acomoda. Esta razón era tan
concluyente, que no supe contestar. El alcalde
echó una mirada de triunfo en torno suyo, como si hubiese hecho
un gran descubrimiento. - Sí; ¡es Calros, es Calros!
-decía la turba, agolpada en la puerta. - No estaría mal fusilar a
estos dos hombres ahora mismo -continuó el alcalde-;
porque si no son los dos pretendientes, es seguro que los dos son
facciosos. - No estoy yo muy seguro de
que sean ni una cosa ni otra -dijo una voz bronca. La justicia de Finisterre volvió los
ojos hacia donde había sonado la voz, y lo mismo hice yo. Nuestras miradas se
posaron en el individuo que guardaba la puerta; había plantado el cañón de la
escopeta en el suelo y apoyaba la barba en la culata. - No estoy muy seguro de que
sean una cosa ni otra -repitió avanzando-. He examinado a este hombre -dijo
señalándome- y escuchado su modo de hablar, y me parece que es inglés; su
cara y su voz lo dicen. ¿Quién conoce a los ingleses mejor que Antonio de la
Trava ? ¿Quién tiene más motivos para conocerlos? ¿No ha tripulado sus
barcos, no ha comido su galleta, y no estaba junto a Nelson cuando le mataron
de un tiro? Al oírle, el alcalde se enfureció. - Es tan inglés como tú
-exclamó-. Si fuese inglés no habría venido a escondidas ni por tierra;
habría venido embarcado y con recomendaciones para alguno de nosotros o para
los catalanes; habría venido a comprar o a vender; pero en Finisterre no le
conoce nadie ni conoce a nadie; además, lo primero que ha hecho al llegar
aquí ha sido inspeccionar el fuerte y subir a la montaña a trazar un
campamento, estoy seguro. ¿A qué iba a venir a Finisterre si no es Calros ni
un bribón de faccioso? Comprendí que había gran
parte de justicia en alguna de estas observaciones, y por vez primera me di
cuenta de la gran imprudencia que había cometido metiéndome por parajes tan
incultos y entre gentes tan bárbaras, sin llevar pretexto alguno que pudiera
justificar a sus ojos mi viaje. Traté de convencer al alcalde de que mi expedición por
aquel país no tenía otro fin que el de conocer las muchas cosas notables que
encierra y recoger noticias acerca del carácter y condición de los
habitantes. Pero estos motivos eran incomprensibles para él. - ¿A qué ha subido usted a la
montaña? ¡Para ver el paisaje! ¡Disparate!
Hace cuarenta años que vivo en Finisterre y no he subido nunca,
ni subiría en un día como el de hoy aunque me diesen dos onzas de oro. Ha
venido usted a medir la altura y a replantear un campamento. Encontré, sin embargo, un
amigo, resuelto en Antonio, el viejo, quien insistió, fundándose en su conocimiento
de los ingleses, en que muy bien podía ser cierto cuanto yo decía. - Los ingleses -decía- no
saben qué hacer con tanto dinero como tienen, y andan de aquí para allá por
todo el mundo, y a lo mejor pagan carísimo lo que para la demás gente no vale
un cuarto. Comenzó entonces, a pesar del
enojo del alcalde, a
examinarme de inglés. Todos sus conocimientos en esta lengua se reducían a
dos palabras: knife y fork, las cuales traduje a sus
equivalentes en español; el viejo me declaró inglés al instante, y blandiendo
su escopeta exclamó. - Este hombre no es Calros;
es inglés, como tiene dicho, y el que trate de molestarle se las entenderá
con Antonio de la Trava, el valiente de
Finisterre. Nadie trató de impugnar ese
fallo, y al fin resolvieron enviarme a Corcubión para que me interrogara el alcalde mayor del distrito. - Pero ¿qué hacemos con este
otro individuo? -preguntó el alcalde de
Finisterre-. Éste, al menos, no es inglés. Tráele para acá y oigamos lo que
dice en su defensa. Vamos, hombre, ¿quién eres y quién es tu amo? EL
GUÍA: Soy Sebastianillo, un pobre
marinero licenciado de Padrón, y mi amo, a la hora presente, es este
caballero que está aquí, el inglés más valiente y de más dinero del mundo.
Tiene en Vigo dos barcos cargados de riquezas. Ya se lo dije a ustedes antes,
cuando me prendieron en la posada. EL
ALCALDE: ¿Y tu pasaporte? EL
GUÍA: Yo no tengo pasaporte.
¿Quién piensa en traer pasaporte a un sitio como éste, donde no habrá dos
personas que sepan leer? Yo no tengo pasaporte; el de mi amo sirve también
para mí. EL
ALCALDE: No tal; y puesto que no
tienes pasaporte y confiesas que te llamas Sebastián, vamos a fusilarte.
Antonio de la Trava, tú y los escopeteros os lleváis de aquí a este
Sebastianillo y le fusiláis delante de la puerta. ANTONIO
DE LA TRAVA: Con mucho gusto, señor alcalde, puesto que usted lo
manda. No tengo por qué tomarme ningún trabajo en favor de este individuo. Es
seguro que no es inglés; más trazas tiene de brujo o de nuveiro, uno de esos demonios que
levantan las tormentas y hunden las lanchas. Además, dice que es de Padrón, y
todos los de ese pueblo son ladrones y borrachos. Una vez me jugaron una mala
partida, y no me disgustaría fusilar a todo el pueblo. Intervine yo entonces, y dije
que si fusilaban al guía debían fusilarme a mí también; ponderé la crueldad y
barbarie de quitar la vida a un pobre desdichado que, como se adivinaba al
primer golpe de vista, era medio tonto; añadí que si alguien tenía culpa en
aquel caso era yo, porque el otro no era más que un criado sometido a mis
órdenes. - Después de todo -dijo el
alcalde-, me parece que lo mejor es enviar a los dos presos a Corcubión para
que el alcalde mayor haga
de vosotros lo que le parezca. Pero tenéis que pagar la escolta; no vayáis a
figuraros que los vecinos de Finisterre no tienen cosa mejor que hacer que ir
de una parte a otra con cada individuo que se le ocurra venir a esta ciudad. - De eso me encargo yo -dijo
Antonio-. Soy el valiente de Finisterre
y no me asusto de dos hombres. Además, estoy seguro de que el
capitán, aquí presente, me pagará lo que sea razonable, o dejaría de ser
inglés. Conque no perdamos tiempo, y en marcha para Corcubión, que se hace
tarde. Sin embargo, capitán, lo primero de todo es registrarle a usted, y
luego registraré el equipaje. Supongo que no llevará usted armas; pero lo
mejor es cerciorarse. Mucho antes de cerrar la
noche, montado de nuevo en la jaca y
acompañado por el guía, emprendí a través de la playa el regreso a Corcubión.
Delante iba Antonio de la Trava, escopeta al hombro, andando pesadamente. YO: ¿No le da a usted miedo, Antonio, ir solo con dos
presos, uno de ellos a caballo? Si quisiéramos, creo que podríamos más que
usted. ANTONIO
DE LA TRAVA: Soy el valiente de Finisterre y no me asusto
por eso. YO: ¿Por qué le llaman a usted el valiente de Finisterre? ANTONIO
DE LA TRAVA: En todo el distrito
se me conoce por ese nombre. Cuando los franceses vinieron a Finisterre y
destruyeron el fuerte, tres murieron a mis manos. Yo estaba en lo alto de la
montaña, adonde ha subido usted hoy; desde allí hacía fuego sobre el enemigo,
hasta que tres soldados se lanzaron en mi persecución. ¡Qué locos! A dos de
ellos los eché a rodar entre las peñas con dos tiros de este fusil, y al
tercero le rompí la cabeza de un culatazo. Por esto me llaman el valiente de Finisterre. YO: ¿Y cómo fue usted a parar de marinero en la
escuadra inglesa? Me parece haberle oído decir que presenció usted la muerte
de Nelson. ANTONIO
DE LA TRAVA: Sus compatriotas de
usted me apresaron, capitán; y como soy marinero desde la niñez, se mostraron
muy satisfechos de mis servicios. Nueve meses pasé con ellos y estuve en
Trafalgar. Vi morir al almirante inglés. Usted se le parece algo en la cara,
y cuando le oigo a usted hablar me parece oír la voz del almirante. Tengo
cariño a los ingleses, y por eso le he salvado a usted. No crea usted que me
iba yo a cansar andando por estos arenales si fuese usted un compatriota. Ya
estamos en Duyo, capitán. ¿Tomamos un reparillo? Así lo hicimos, o, mejor
dicho, Antonio de la Trava se reparó trasegando vaso tras vaso de vino con
una sed, al parecer, inextinguible. - El hombre que nos dijo que
los borrachos de Finisterre nos harían una mala partida era más brujo que yo
-murmuró Sebastián, mi guía. Por fin, el veterano héroe
del Cabo se levantó despacio y dijo que debíamos darnos prisa para llegar a
Corcubión antes de cerrar la noche. - ¿Qué clase de persona es el
alcalde a quien me lleva
usted? -dije. - ¡Oh! Es muy diferente del
de Finisterre. Es un señorito joven
llegado hace poco de Madrid. Ni siquiera es gallego. Es muy liberal, y a
órdenes suyas se debe principalmente que andemos por aquí tan sobre aviso. Se
dice que los carlistas piensan hacer un desembarco en esta parte de la costa
de Galicia. Que vengan siquiera a Finisterre; allí somos todos liberales sin
excepción, y el valiente, aunque
ya es viejo, está dispuesto a repetir lo que hizo en tiempos de los
franceses. Pues, como iba diciendo antes, el alcalde a quien vamos a ver es un joven muy instruido, y
si quiere, puede hablar con usted en inglés mejor aún que yo, eso que fui
amigo de Nelson y peleé a su lado en Trafalgar. La noche cerró antes de
llegar a Corcubión. Antonio se detuvo de nuevo en una taberna y después nos
condujo a casa del alcalde. Su
andar era ya muy poco seguro; al llegar a la puerta de la casa tropezó en el
umbral y se cayó al suelo. Se puso en pie, lanzando un juramento, y al
instante comenzó a aporrear la puerta con la culata del fusil. «¿Quién es?»,
preguntó al fin en gallego una suave voz de mujer. «El valiente de Finisterre», respondió
Antonio. Se abrió la puerta y vimos ante nosotros una mujer bastante linda
con una luz en la mano. - ¿Qué le trae por aquí tan
tarde, Antonio? -preguntó. - Traigo dos prisioneros, mi pulida -respondió. - ¡Ave
María! -exclamó-. Supongo que no
correremos peligro. - De uno respondo -replicó el
viejo-; pero el otro es un nuveiro y
ha hundido más barcas que todos sus hermanos de Galicia. Pero no te asustes,
preciosa -añadió al ver santiguarse a la mujer-; cierra primero la puerta y
llévame luego adonde esté el alcalde; tengo
mucho que contarle. Cerró se la puerta, y
Antonio, después de ordenamos permanecer en el patio, subió, precedido de la
muchacha, una escalera de piedra, dejándonos en profundas tinieblas. Pasó un cuarto de hora; de
nuevo vimos el fulgor de la luz en la escalera, y la muchacha reapareció.
Vino hacia mí y aproximándome al rostro la luz, me miró con atención. Después
de un minucioso examen, se acercó a mi guía y le contempló con mayor detenimiento
aún; volvióse al fin a mí y dijo en el mejor español que pudo: «Señor caballero, le felicito a usted
por tener un criado como éste. Es el mozo
mejor parecido de toda Galicia. ¡Vaya! Con sólo que llevara algo más de ropa y no fuese
descalzo como va, ahora mismo le admitía de novio; pero, desgraciadamente, he hecho voto de no
casarme nunca con un pobre, y sí sólo con quien tenga la bolsa bien repleta
de dinero y pueda comprarme buenos trajes. ¿De manera que son ustedes
carlistas? ¡Vaya! No crean
que por eso voy a quererles mal; pero, siendo carlistas, ¿por qué han ido
ustedes a Finisterre, si allí son todos cristinos
y negros? ¿Por
qué no han ido ustedes a mi pueblo? Allí nadie se hubiese metido con ustedes.
Los de mi pueblo no se parecen a esos borrachos de Finisterre. En mi pueblo
no molesta nadie a la gente de bien. ¡Vaya!
No saben ustedes el odio que le tengo a ese borracho de
Finisterre que les ha traído. ¡Es tan viejo y tan feo! Si no fuera por la ley
que le tengo al señor alcalde, abriría
la puerta y le pondría en la calle a usted y a su criado, el buen mozo». En esto, bajó Antonio.
«Sígame -dijo-; su merced el alcalde está
dispuesto a recibirle al momento.» Sebastián y yo le seguimos escaleras
arriba, y entramos en un aposento, donde, sentado detrás de una mesa, vimos a
un joven de corta estatura, pero guapo de cara y vestido a la última moda.
Estaba escribiendo una carta, y cuando terminó se la entregó a un secretario
para copiarla. Entonces me miró un instante fijamente y tuvimos la siguiente
conversación: EL
ALCALDE: Ya veo que es usted
inglés; aquí mi amigo Antonio me ha dicho que le han detenido a usted en
Finisterre. YO: Le han dicho a usted la verdad; a no ser por él,
creo que hubiera perecido a manos de aquellos salvajes pescadores. EL
ALCALDE: Los habitantes de
Finisterre son buena gente y muy liberales todos. ¿Me permite usted ver el
pasaporte? Sí; está en regla. Es verdaderamente ridículo que le hayan
detenido a usted tomándole por carlista. YO: No sólo por carlista, sino por don Carlos en
persona. EL
ALCALDE: ¡Oh!, es de lo más
ridículo; ¡confundir a un compatriota del gran Baintham con un bárbaro como
ése! YO: Dispense usted, señor: ¿de quién ha dicho usted? EL
ALCALDE: Del gran Baintham; el que
ha inventado leyes para el mundo entero. Espero verlas adoptadas dentro de
poco en este desgraciado país. YO: ¡Oh! Quiere usted decir Jeremías Bentham. Sí: un
hombre muy notable en su línea. EL
ALCALDE: ¡En su línea! ¡En todas
las líneas! Es el genio más universal que ha producido el mundo; es un Solón,
un Platón y un Lope de Vega. YO: No he leído sus obras; pero no dudo que sea un
Solón, y hasta un Platón, como usted dice. Lo que no podía figurarme es que
se le clasificara como poeta con Lope de Vega. EL
ALCALDE: ¡Es asombroso! Por lo que
veo, no ha leído usted nada de él; en cambio, aquí estoy yo, un pobre alcalde de Galicia, que tiene todos
los escritos de Baintham en ese estante y los estudia día y noche. YO: Conocerá usted el inglés, sin duda alguna. EL
ALCALDE: Sí tal; quiero decir, el
inglés contenido en las obras de Baintham. Celebro muchísimo ver a un
compatriota suyo por estos parajes tan bárbaros. Comprendo y aprecio los
motivos que le han traído a usted por aquí; disimule las groserías e
insolencias que haya sufrido. Ahora trataremos de reparadas en lo posible.
Está usted en libertad; pero como es tarde, le buscaré a usted alojamiento
para esta noche. Aquí al lado hay uno muy a propósito. Vamos allá ahora
mismo. Espere: ¿lleva usted un libro en la mano? YO: El Nuevo Testamento. EL
ALCALDE: ¿Qué libro es ése? YO: Una parte de las Sagradas Escrituras, de la
Biblia. EL
ALCALDE: ¿Para qué lleva usted
consigo ese libro? YO: Uno de los motivos principales de mi visita a
Finisterre era llevar este libro a un sitio tan inculto. EL
ALCALDE: ¡Ja, ja! ¡Qué rareza! Sí;
ya caigo. He oído decir que los ingleses aprecian mucho ese libro
estrafalario. Es muy raro que los contemporáneos del gran Baintham den valor
alguno a ese librote frailesco. Era ya muy entrada la noche;
mi nuevo amigo me acompañó al alojamiento que me había destinado, en casa de
una anciana respetable, donde hallé una habitación cómoda y limpia. Por el
camino deslicé en la mano de Antonio una propina, y al llegar a la casa le regalé
con toda solemnidad, y en presencia del alcalde,
el Testamento, rogándole que lo llevase a Finisterre y lo
conservase como recuerdo del inglés a quien había protegido con tanta
eficacia. ANTONIO: Así lo haré, y cuando los vientos del Noroeste no
permitan salir al mar, leeré en el regalo de su merced. Adiós, mi capitán;
cuando vuelva usted a Finisterre espero que vendrá en buen barco inglés,
abarrotado de contrabando, y no por tierra en una jaca, ni en compañía de nuveiros y gente de Padrón. Al instante llegó la criada
del alcalde con una canasta
que puso en la cocina, y preparó una cena excelente para el amigo de su amo. Servida la cena, el alcalde se despidió de mí, no sin
preguntarme en que podía serme útil. -
Mañana me vuelvo a Santiago -respondí-. Espero sinceramente que alguna vez se
me presentará ocasión de dar a conocer al mundo la hospitalidad que he
recibido de un hombre tan docto como el alcalde de
Corcubión. |
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