Capítulo 51  
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Cádiz. - Las fortificaciones. - El cónsul general. - Anécdota característica. - Un vapor catalán. - Trafalgar. - Alonso Guzmán. - Gebel Muza. - La fragata Orestes . - El león hostil. - Las obras del Creador. Un lagarto del Peñón. - El gentío. - La reina de los mares. - Oración por mi país.

Cádiz se alza, como es bien sabido, en una larga y angosta lengua de tierra que se adentra en el mar, de cuyo seno parece salir la ciudad; las ondas salinas bañan sus muros por todos lados, menos por el Este, donde un istmo de arena la une con la costa de España. La ciudad, en su estado actual, es de construcción moderna, y, a diferencia de todas las demás ciudades de la Península, está edificada con gran regularidad y simetría. Muchas son sus calles, y se cortan, por lo general, en ángulo recto. Son muy estrechas, en comparación de la altura de las casas, y, por tanto, impenetrables a los rayos del sol, excepto en la hora del mediodía. Pero la calle principal es una excepción, y tiene cierta anchura. En esta calle está la Bolsa, las casas de los comerciantes más fuertes y de la nobleza, y es, durante la primera parte del día, punto de reunión de los ociosos y de los hombres de negocios, por lo que recuerda a la Puerta del Sol de Madrid. Desemboca en la plaza principal, no muy grande, pero con muchas pretensiones de magnificencia; circúyenla grandes edificios de aspecto imponente, y está plantada de hermosos árboles, a cuyo pie hay bancos de mármol, para comodidad del público. Pocos edificios públicos hay en Cádiz dignos de gran atención; cierto que la catedral pasaría en otros países por un monumento hermoso; pero en España, tierra de catedrales gigantescas, magníficas, sólo puede ser considerada como lugar de culto decoroso; todavía está sin acabar. Hay un paseo público, o alameda, en las murallas del Norte, atestado de gente, por lo general, las tardes de verano; el verdor de los árboles, mirados desde la bahía, presta agradable descanso a los ojos, deslumbrados por el resplandor del caserío, todo blanco, porque Cádiz es también una ciudad radiante. En otro tiempo fue la más rica de España, pero ha decaído malamente de su prosperidad en estos últimos años, y sus habitantes lamentan de continuo la ruina de su comercio; por tal razón, a diario emigran muchos a Sevilla, donde, al menos, es más barato vivir. Aún hay, sin embargo, mucha vida y mucho ruido en sus calles, adornadas con numerosas y espléndidas tiendas, bastantes de ellas en el estilo de las de París y Londres. Su población actual se calcula en 80.000 habitantes.

No sin razón tiene Cádiz nombre de plaza fuerte; las fortificaciones por el lado de tierra, en parte obra de los franceses durante el imperio napoleónico, son muy dignas de admiración, y parecen inexpugnables; por el lado del mar, la naturaleza la defiende tanto como el arte, porque el agua y las rocas sumergidas no son parapetos despreciables. Con todo, las defensas de la ciudad, salvo las

del lado de tierra, ofrecen tristes pruebas de la apatía y abandono españoles, aun teniendo en cuenta las circunstancias, harto desfavorables, en que ahora se halla el país. En las fortificaciones, que van arruinándose con rapidez, apenas se ve un cañón, excepto unos pocos desmontados; así esa fortaleza aislada se halla hoy casi a merced de cualquier nación extranjera que, con un pretexto, o sin pretexto alguno, pretendiese arrancarla del poder de sus legítimos dueños y convertirla en colonia.

A las pocas horas de llegar, visité a Mr. B., cónsul general británico en Cádiz. Su casa, muy vasta y suntuosa, hace esquina a la entrada de la alameda, y tiene hermosas vistas sobre la bahía. Por de contado, de tiempo atrás conocía yo de oídas a Mr. B. Sabía que llevaba bastantes años desempeñando con provecho para su país natal y no poca honra suya el cargo, tan señalado como lleno de responsabilidades, que ocupaba en España. Conocíale también por cristiano bueno y pío, y, además, amigo seguro e inteligente de la Sociedad Bíblica. Sabía yo eso, pero no se me había presentado nunca ocasión de conocerle personalmente. Le vi entonces por vez primera, y su aspecto exterior me causó gran impresión. Es un hombre alto, atlético, muy bien formado, entre cuarenta y cinco y cincuenta años; la grave dignidad de su semblante se dulcifica por una expresión de buen humor muy atractiva. Sus modales son abiertos y afables en extremo. No entraré a referir con detalles nuestra entrevista, para mí asaz interesante. Conocía Mr. B. los puntos capitales de mi historia desde mi llegada a España, y sobre ellos hizo diversos comentarios que demostraban un conocimiento íntimo de la situación del país, tocante a los asuntos eclesiásticos, y del estado de la opinión respecto a innovaciones religiosas.

Me agradó descubrir que sus ideas coincidían en muchos puntos con las mías; ambos teníamos la opinión decidida de que a pesar de las persecuciones y el alboroto promovidos últimamente contra el Evangelio, la batalla no estaba, ni mucho menos, perdida, y que la santa causa aún podía triunfar en España si los llamados a defenderla desplegaban, junto con su celo, discreción y humildad cristiana.

La mayor parte de aquel día y del siguiente estuve ocupado en la Aduana, tratando de obtener los documentos necesarios para exportar los Testamentos. El sábado por la tarde comí con Mr. B. y su familia, grupo interesante formado por su esposa, sus hijas, muy bellas, y su hijo, joven apuesto e inteligente. A la siguiente mañana, temprano, el vapor Balear zarpaba de Cádiz con rumbo a Marsella, y escalas en Algeciras, Gibraltar y otros puertos de España. Tomé pasaje a su bordo hasta Gibraltar, pues ya nada tenía que hacer en Cádiz; mis asuntos en la Aduana estaban al cabo concluidos gracias a Mr. B., sin cuya bondadosa asistencia creo que nunca los hubiera dado fin. Ya tarde, me despedí con pesar de hombre tan excelente y de mis otros encantadores amigos; creo que sus votos más fervientes me acompañaron, y en cualquier lugar del mundo donde, pobre peregrino por la causa del Evangelio, pueda encontrarme, no dejaré de ofrecer a menudo sinceras oraciones por su ventura y bienestar.

Antes de despedirme de Cádiz, referiré una anécdota del cónsul británico, que le caracteriza y pinta también su feliz manera de cumplir los más penosos deberes del cargo. Estaba yo de conversación con él en una sala de su casa, cuando nos interrumpió la llegada de dos visitantes inesperados: eran el capitán de un barco mercante de Liverpool y uno de la tripulación, rudo marinero del País de Gales, que apenas sabía expresarse en inglés. Ambos se miraban con indecible desconfianza y rencor. Resultó que el marinero se había negado a trabajar, y se obstinaba en abandonar el barco; su jefe llevábale a presencia del cónsul, a fin de que, si persistía en su actitud, le notificasen las consecuencias, o sea la pérdida de sus sueldos y ropas. Así lo hizo; pero el marinero mostrábase cada vez más arisco, negándose a volver a pisar la misma cubierta que el capitán, quien le había llamado «griego, griego poltrón y holgazán», y eso no podía tolerarlo. La palabra «griego» se le había enconado al marinero en el ánimo y le lastimaba el corazón. Mr. B., buen conocedor, por lo visto, del carácter de los galeses en general -cuya testarudez, cuando se les lleva la contraria, es proverbial- y que desde luego vio los motivos triviales y necios de donde la disputa había surgido, le dijo sonriendo al marinero que, para salirse con la suya frente a todos y conservar sus sueldos y ropas, había un medio: irse a bordo de un barco de guerra de su majestad, anclado a la sazón en la bahía. No lo ignoraba el marinero, según dijo, y así se proponía hacerlo. Con todo, su torvo semblante se dilató un poco, y miró con menos fiereza al capitán. Entonces, Mr. B., dirigiéndose al último, hizo algunas observaciones sobre la inconveniencia de llamar «griego» a un marinero británico, sin olvidarse de mencionar al propio tiempo la absoluta necesidad de disciplina y obediencia a bordo. Sus palabras produjeron tal efecto, que muy poco tiempo después el marinero tendía la mano al capitán, mostrándose dispuesto a volver con él a bordo y a cumplir sus obligaciones, añadiendo que el capitán, después de todo, era el hombre mejor del mundo. Así se separaron contentos unos de otros; habiéndoles arrancado el cónsul la promesa de asistir al día siguiente al oficio divino de su casa.

Llegó la mañana del domingo, y a las seis me encontraba a bordo. Al trepar por la escala, me hirió los oídos el áspero acento del dialecto catalán. El barco era, en efecto, de construcción catalana, y el capitán y los tripulantes pertenecían a aquel pueblo; la mayor parte de los pasajeros ya a bordo, o llegados después, eran catalanes, y parecían rivalizar unos con otros en emitir sonidos desagradables. Pero quien con toda evidencia se llevaba la palma era un comerciante gordo, de rostro colorado, barba en punta, ojos penetrantes y nariz corva; hablaba con asombrosa vehemencia por los motivos al parecer más fútiles, o sin motivo alguno; el sonido de su voz hubiese sido exactamente igual al ruido de un molinillo de café, a no ser por cierta nasalidad gangosa; no cesó de eyacular su catalán en todo el trayecto hasta Gibraltar. Esas gentes no se marean nunca, aunque con frecuencia producen o aumentan el mareo de los demás.

No zarpamos hasta después de las ocho, en espera del gobernador de Algeciras, y en cuanto llegó a bordo nos pusimos en marcha; era hombre de unos setenta años, alto, delgado, rígido, de rostro grave, alargado y rugoso; en suma, la propia imagen de un antiguo grande de España. Nos echamos fuera de la bahía rodeando el ingente faro erguido sobre el arrecife, e hicimos después rumbo al Sur, en dirección de los estrechos. La mañana era esplendorosa; el cielo y el mar, de un azul radiante, o más bien, como en ocasión análoga hizo notar mi amigo Oehlenschlaeger, parecían dos cielos y dos soles, uno arriba y otro abajo.

Aunque el tiempo era bueno, el barco andaba poco, tal vez por sernos contraria la corriente. A las dos horas pasamos frente al castillo de Santa Petra, y al mediodía estábamos a la vista de Trafalgar. El viento refrescó y nos daba de proa; nos arrimamos mucho a la costa para evitar en lo posible el duro y fuerte mar que desembocaba del estrecho. Pasamos a muy corta distancia del cabo, escarpado promontorio de no muy considerable altura.

No hay inglés que pase por tales lugares -teatro de la batalla naval más famosa que se recuerda- sin emoción. Allí las flotas de Francia y España, unidas, fueron aniquiladas por una fuerza muy inferior; pero era una fuerza británica y la dirigía uno de los hombres más notables de su época, quizá el héroe más grande de todos los tiempos.

Enormes despojos de naufragios emergen aún con frecuencia del golfo, cuyas olas se estrellan contra las rocas de Trafalgar: son reliquias de las gigantescas naves incendiadas y hundidas en aquel día terrible, cuando el heroico campeón de Bretaña, concluida su obra, murió. A un solo individuo le he oído aventurar palabras en desdoro de la gloria de Nelson: era un americano insolente, quien reputaba por demás exagerada la fama del almirante británico.

- ¿Cabe exagerar el aprecio de un hombre -replicó un desconocido- cuyos pensamientos todos se encaminaron al honor de su país, que apenas combatió una vez sin dejar un pedazo de su cuerpo en la refriega, y, para no hablar de otros triunfos menores, vencedor en dos batallas tales como Abukir y Trafalgar?

Poco después estábamos a la vista de la costa de África. El cabo Espartel se dibujaba borrosamente entre la niebla por nuestra derecha. El Levante comenzó a soplar, y el barco cabeceaba mucho; sin embargo, el gobernador y yo resistimos valientemente; sentados en un banco, entramos en conversación acerca de los moros y de su país. El propio Torquemada no habría hablado de ellos con más aborrecimiento. Me dijo que había estado bastantes veces en las principales ciudades moras de la costa, describiéndomelas como montones de ruinas; a los moros los llamaba cafres y bestias feroces. Siempre, aun en Tánger, donde la gente está más civilizada, le habían insultado: tan grande es el odio de los moros a cuanto huele a cristiano. Sin embargo, a los ingleses los trataban con relativa cortesía, y circulaba entre ellos un dicho según el cual ingleses y mahometanos son unos y lo mismo; el semblante del gobernador tomó por un momento una expresión más grave; el hombre se santiguó y guardó silencio. Adiviné lo que pasaba por su ánimo:

De bárbaros herejes,

turcos y moros,

Estrella del mar

Dulce María, ¡ampárame!

A eso de las tres cruzamos frente a Tarifa, tantas veces mencionada en la historia de moros y cristianos. ¿Quién no ha oído hablar de Alonso de Guzmán el Bueno, que dejó sacrificar a su hijo único delante de los muros de la ciudad por no sufrir la ignominia de entregar las llaves al monarca marroquí, quien, con su ejército, muy cercano, según cuentan, a medio millón de hombres, había desembarcado en las costas de Andalucía y amenazaba poner de nuevo a España bajo el yugo musulmán? Pues, en verdad, si hay un país y un lugar donde apenas se nombre a tan buen patriota, ni se canten sus proezas, ese país y ese lugar son España y Tarifa modernas.

He oído cantar en danés el romance de Alonso Guzmán a un pastor en las soledades de Jutlandia; pero una vez hablé del «Fiel» a unos habitantes de Tarifa, y me dijeron que nunca habían oído mentar a Guzmán el Fiel de Tarifa, pero que conocían a Alonso Guzmán el Tuerto, uno de los más miserables arrieros del camino de Cádiz.

El viaje por aquellos angostos mares no puede por menos de interesar al más apático, dado el panorama que por uno y otro lado se presenta ante los ojos. Las costas son muy bravas y altas en extremo, sobre todo la de España, que parece dominar a la de África; pero frente a Tarifa, el continente africano, girando hacia el Suroeste, toma un aspecto de grandeza sublime. Una montaña blanquecina horada las nubes con su cumbre: es monte Abyla, llamado en lengua mora Gibil Muza, o montaña de Muza, porque en ella está el sepulcro de un profeta de ese nombre. Es una de las dos excrecencias naturales llamadas en la antigüedad columnas de Hércules; sus vertientes y estribaciones ocupan muchas leguas de la costa marroquí en varias direcciones; pero su parte más ancha y escarpada mira de frente al punto del continente europeo donde yace Gibraltar como un enorme monstruo tendido en las aguas. De las dos montañas, o columnas, la más notable, vistas desde lejos, es la africana, Gibil Muza. Es la más alta, la más corpulenta y se ve desde mayor distancia; pero mirada desde cerca, la columna de Europa absorbe nuestra admiración. Gibil Muza es una inmensa masa informe, un amontonamiento de rocas agrestes, con algunos pocos árboles y arbustos aquí y allá asomados a los bordes de los precipicios; sus únicos moradores son los lobos, jabalíes y monos, a los que debe su nombre español de Montaña de las Monas. Gibraltar, por el contrario -y sin hacer cuenta de la extraña ciudad que en parte lo cubre, habitada por hombres de todas las naciones y lenguas, ni de sus baterías y excavaciones, todas prodigios de arte-, es la montaña de más insólita apariencia del mundo, indescriptible por el pincel ni por la pluma, que los ojos no se hartan de mirar.

Cerca ya del anochecer, cruzábamos la bahía de Gibraltar. Habíamos tocado en Algeciras, en la costa española, para desembarcar al viejo gobernador y tomar y dejar cartas.

Algeciras es una antigua ciudad mora, como denota su nombre, palabra árabe que significa «el lugar de las islas». Hállase al borde del mar, con una cadena de altas montañas a la espalda. Hasta donde puede juzgarse a la distancia de media milla, el lugar me pareció triste y abandonado. Sin embargo, en la bahía estaban una fragata española y un bergantín francés. Al pasar junto a aquélla, algunos españoles a bordo de nuestro vapor empezaron a echar roncas a costa de los ingleses. Parece que pocas semanas antes, un barco inglés, sospechoso de contrabandista, fue visto por la fragata española, abrigada en una bahía de la costa andaluza, junto con una fragata inglesa, el Orestes. La fragata española estuvo en acecho, y una mañana, al observar que el Orestes había desaparecido, arboló los colores ingleses e hizo señales al mercante para que se acercara; engañado por la bandera británica, el mercante se acercó y al instante fue cañoneado y abordado: resultó ser, en efecto, barco contrabandista, fue llevado a un puerto, donde lo entregaron a las autoridades españolas. A los pocos días el capitán del Orestes se enteró del caso, e, irritado por el injustificable empleo del pabellón británico, destacó un bote con un mensaje para la fragata española, pidiendo la devolución inmediata del barco apresado, o, de lo contrario, lo rescataría por la fuerza, añadiendo que llevaba 40 cañones a bordo. El capitán de la fragata española respondió que el mercante estaba ya en poder de los empleados de la Aduana y no disponía de él; pero que el capitán del Orestes era muy dueño de proceder a su antojo, y que si tenía 40 cañones, él llevaba 44; el Orestes tuvo a bien responder marchándose. Tal fue, al menos, el relato que apareció en los periódicos españoles. Al observar cuánto les regocijaba a los españoles la idea de que un compatriota suyo hubiese amedrentado a un inglés, exclamé: «Señores, si algunos de ustedes suponen que un capitán inglés ha desistido de atacar a un buque español, temiendo una superioridad de cuatro cañones, recuerden, si lo tienen a bien, la suerte del Santísima Trinidad, y no olviden tampoco, se lo ruego, que casi resuenan todavía los cañonazos de Trafalgar».

Era cerca del oscurecer, repito, y cruzábamos la bahía de Gibraltar. De pie en la proa del barco, llevaba los ojos clavados en la montaña-fortaleza; no obstante haberla ya visto varias veces, me interesaba mucho, llenándome de admiración. Desde donde yo la contemplaba, si se parece a algún ser de la naturaleza animada, es a un león acurrucado, terrible, cuya estupenda cabeza amenaza a España. En alas del ensueño, quizá habría llegado a la conclusión de que el Genio del África, bajo la forma de aquel monstruo, el más poderoso de cuantos cría, había cruzado de un salto el mar, desde el país de la arena y del sol, con ánimo de destruir el continente rival; imagen robustecida por el color de sus flancos de roca, del espinazo y de la cerviz, tan curtidos como la piel del rey del desierto. Y en realidad ese monte ha sido casi siempre para España un león enemigo, al menos desde que empezó a sonar en la historia, o sea cuando Tarik lo tomó y fortificó. La mayor parte del tiempo ha estado en poder de extranjeros: primero, en poder de los hombres del turbante, de los atezados moros; ahora, en el de una raza pelirrubia venida de una isla lejana. Aunque es parte de España, parece renegar toda conexión con ella; colocado al final de un largo y angosto istmo de arena, casi a nivel con el mar, yergue verticalmente su abrasada cima para denunciar los crímenes que afean la historia de una tierra tan bella y majestuosa.

Era ya cerca del oscurecer, por tercera vez lo digo, y atravesábamos la bahía de Gibraltar. ¡La bahía! No semejaba tal, sino un mar interior, rodeado por todas partes de mágicas barreras: tan sorprendente, tan prodigioso era el aspecto de las costas. Delante de nosotros, la inexpugnable montaña; a la derecha, el continente africano, con su Gibil Muza, gris, y el derrumbadero de Ceuta, hacia el que llevaba rumbo una barca solitaria; detrás de nosotros, el pueblo que acabábamos de dejar y su barrera montañosa; a la izquierda, la costa de España. Ni una ola rizaba la superficie del mar, y como nos deslizábamos sobre ella velozmente, el singularísimo objeto a que íbamos acercándonos se hacía a cada momento más visible y distinto. Al pie de la montaña, y en una pequeña porción de la falda, yace la ciudad, con las murallas guarnecidas de cañones negruzcos, asestados de modo significativo contra las dársenas y muelles; encima, en cada risco, en cada hueco útiles para la defensa y el estrago, asoman las baterías, aparición siniestra y sepulcral, como presagio ominoso de la suerte que aguarda a cualquier enemigo intruso; mientras, al Este y al Oeste, hacia África y España, en los puntos elevados, se alzan castillos, torres o atalayas, que dominan el conjunto y toda la región circunyacente, por tierra y por mar. Las fortificaciones son fuertes, amenazadoras y, vistas en cualquier otro sitio, ellas solas embargarían el ánimo y absorberían la admiración; pero la montaña, la pasmosa montaña, reaparecía por todas partes y sobrepujaba su efecto como espectáculo. ¿Quién, al contemplar un elefante enorme que, blandiendo la trompa, se arroja impetuosamente en la pelea, mira el castillete levantado en su lomo, o teme las jabalinas de sus ocupantes, por diestros y valerosos que sean? Nunca se nos representa mejor el poder y la grandeza de Dios que al contrastar las obras de sus manos con los trabajos del hombre. Contemplad El Escorial: es una obra soberbia, pero no sé si podréis admirarla en viendo la montaña que se mofa de él a sus espaldas; contemplad aquel orgullo de los reyes moros, contemplad a Granada desde la vega; pero no sé si podréis admirarla, pues veréis detrás, mofándose, las Alpujarras. iOh! ¿Qué son las obras del hombre comparadas con las del Señor? Lo que el hombre comparado con su Creador. El hombre construye pirámides; también Dios las construye: las pirámides del hombre son montones de cascote, mezquinos montículos en una planicie arenosa; las pirámides del Señor son los Andes y las montañas de la India. El hombre construye murallas; también su Dueño; pero las murallas de Dios son los negros precipicios de Gibraltar y de Horneel, eternos, indestructibles, inaccesibles; las del hombre se escalan o las destruyen las olas, o el rayo o la pólvora las pulverizan. Si el hombre quiere desplegar victoriosamente su poder o su grandeza, ha de ser lejos de las montañas; sobre sus cimas flotan las nubes, enseña del Creador; allí es más patente la majestad de Dios. Llámese, si se quiere, a Gibraltar montaña de Tarik o de Hércules; pero contempladla un instante y la llamaréis montaña de Dios. Tarik y el semidiós antiguo pueden haber edificado sobre ella; pero ni todo aquel pueblo de bronceada tez de que Tarik era retoño, ni todos los gigantes en lo antiguo famosos, entre los que se contaba Hércules, hubieran podido construir sus riscos ni cincelar en su enorme masa la forma que ahora tiene.

Echamos el anda no lejos del muelle. Como esperábamos oír de un momento a otro el cañonazo vespertino, después del cual no se permite a nadie entrar en la ciudad, estaba yo sobresaltado, temiendo verme obligado a pernoctar en el sucio vapor catalán, que, pues ya no había de proseguir en él mi viaje, sentía mucha prisa por abandonar. Se nos acercó un bote, con dos individuos en la popa, y uno de ellos, puesto en pie, preguntó con tono autoritario el nombre del barco, su destino y carga. Dada respuesta, subieron a bordo. Hablaron un poco con el capitán, y se disponían a partir, cuando pregunté si podía acompañarlos a tierra. La persona a quien interrogué era un joven alto, con levita de fustán. Era carilargo, y larga su nariz, ancha la boca, los ojos grandes, vivarachos. Guiñaba el rostro con una mueca al parecer imborrable, y si no hubiese sido por su tez bronceada, le hubiera tomado por un vagabundo de las calles de Londres. Pero no era tal sino lo que llaman «un lagarto del Peñón», o sea una persona nacida en Gibraltar de padres ingleses. Al oír mi pregunta, hecha en español, gesticuló aún más que de ordinario y, con extraño acento, me preguntó si era hijo de Gibraltar. Respondí que no tenía tal honor, pero que era súbdito británico; luego se mostró dispuesto a desembarcarme. Entramos en el bote, tomaron los remos cuatro marineros genoveses y nos impelieron velozmente hacia tierra. Mis dos compañeros charlaban en un español muy raro; el de la levita de fustán volvía hacia mí la cara de cuando en cuando, y cada vez su mueca era más desagradable. No tardamos en llegar al muelle; exhibí el pasaporte, anotaron mi nombre y me dejaron pasar.

Era ya noche cerrada, y sin perder tiempo crucé el puente levadizo y entré en el largo corredor abovedado que por debajo de las fortificaciones comunica con la ciudad. En el pasadizo, los centinelas de casaca roja iban y venían, fusil al hombro, marcando el paso. No se detenían un momento, no ganduleaban, no reían ni bromeaban con los transeúntes; su porte era el propio de soldados británicos, conscientes de los deberes de su situación. ¡Diferencia va de ellos a los abandonados haraganes que montan la guardia a la puerta de cualquier ciudad española con guarnición!

Remonté la calle principal, que corre en suave pendiente a lo largo de la base de la montaña. Acostumbrado desde hacía varios meses al melancólico silencio de Sevilla, el ruido y la animación reinantes en torno mío casi me ensordecieron. Era noche de sábado, y todos los negocios estaban, claro es, interrumpidos; pero arriba y abajo pasaba un copioso gentío. Allí avanzaba un pelotón de guardias, aquí se paseaba un grupo de oficiales, más allá un corro de soldados hablaba y reía. Casi todos los paisanos eran españoles, pero había una buena rociada de judíos, vestidos como los de Berbería, y algún que otro moro con turbante. También había bandas de marineros, genoveses, a juzgar por su «patois», si bien percibía alguna vez el sonido tou logousas, que me reveló la proximidad de griegos, y dos o tres veces vislumbré el gorro encarnado y las chaquetillas de seda azul de los marineros de las islas romaicas. Continué presuroso hasta llegar a cierta hostería muy nombrada, inmediata a una plazuela donde está la Bolsa de Gibraltar. Me precipité en la hostería, pedí habitación, y el geniecillo del lugar, que estaba en pie detrás del mostrador, me dio alegremente la bienvenida; quiza tendré ocasión de describirlo más adelante. Todas las habitaciones del piso bajo es taban llenas de gente del Peñón, hombres corpulentos por lo general, de tez morena y facciones inglesas, con sombreros blancos y trajes de cutí, también blancos. Fumaban pipas y cigarros, bebían cerveza, vino y otros líquidos, y hablaban en español del Peñón o en inglés del Peñón, según les tomaba la fantasía. Muy denso era el humo de tabaco, y grande el ruido de las voces; con mucho gusto subí presuroso a un cuarto desocupado, donde me sirvieron un refrigerio que me estaba haciendo mucha falta.

Al poco rato, los sones de una música militar, muy próxima a mis ventanas, atrajeron mi atención. Bajé, y me asomé a la puerta. Una banda militar, en la plazoleta delante de la Bolsa, se preparaba para tocar retreta. Después del preludio, admirablemente ejecutado, el mayor, un buen mozo, hizo unos floreos con el bastón y echó calle arriba, seguido de toda la banda, tan airosa y apuesta, y de una multitud de oyentes admiradores. Batían los platillos, lanzaban las trompetas su alarido, los timbales emitían su nota grave y solemne; despertábanse los ecos del Peñón, y las escalonadas azoteas de la ciudad retumbaban con aquel estrépito conmovedor:

¡Plan! ¡Rataplán! Así hacen los tambores ¡Tra! ¡Tralará! ¡Ya vienen los ingleses!

¡Oh Inglaterra! ¡Mucho tiempo ha de pasar aún antes de que el sol de tu gloria se abisme en las ondas tenebrosas! ¡Aunque sobre ti se amontonan nubes sombrías, pavorosas, todavía, todavía querrá el Omnipotente dispersarlas y concederte un porvenir de más duración y más brillante aún que tu pasado! ¡Y si tu fin está próximo, que sea un fin noble, digno de la renombrada Reina de los mares! ¡Húndete, si has de hundirte, entre sangre y llamas, con pavoroso estruendo, arrastrando a más de una nación en tu caída! ¡Plegue al Señor preservarte, sobre todo, de una decadencia lenta y oprobiosa, en la que serías, antes de extinguirte, la mofa y el escarnio de aquellos mismos enemigos que ahora te envidian y aborrecen, pero te temen; más aún, te admiran y respetan contra su voluntad! ¡Álzate, mientras es tiempo aún, y disponte para un combate a vida o muerte! ¡Arroja de ti la inmunda costra que amortigua tu fuerza y la entorpece y debilita! ¡Arroja de ti a tus falsos filósofos, que con tanto gusto desacreditan lo que, después del amor a Dios, se ha tenido hasta aquí por más sagrado, el amor a la tierra maternal! ¡Arroja de ti a los falsos patriotas, que so pretexto de enderezar los entuertos que sufren los pobres y los débiles, tratan de suscitar discordias internas, de suerte que tu poder sólo sea terrible para ti misma! ¡Expulsa a los falsos profetas, que divinizan la mentira; que han puesto en tus muros argamasa que no fragua, y se caerán; que ven visiones de paz donde la paz no existe; que han robustecido los brazos de los malvados y entristecido el corazón de los justos! ¡Oh, hazlo, y no temas el resultado, porque o tu fin será grandioso y envidiable, o Dios perpetuará tu reinado sobre los mares, oh, tú, su ya antigua Reina!

Lo que antecede es parte de una plegaria por mi país natal, que, después de mi acción de gracias habitual, balbucí, ofreciéndosela al Todopoderoso antes de entregarme al descanso, aquel sábado por la noche en Gibraltar.

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