ÍNDICE

Biografía

Introducción

Minas de la Providencia

Entre el Cares y el Deva

Valdeón y Sajambre

El macizo de Covadonga

La Liébana

El Gran Macizo

Peña Santa y Espigüete

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III

VALDEÓN Y SAJAMBRE

La tierra maldita.- De Caín a Soto.- La Vía Mala del Sella.

(14-17 septiembre 1891)

 

Descendemos a Valdeón por el collado de las Nieves. Se diría que algún Roldán asturiano ha dado un espadadazo a los flancos de esta montaña y ha hecho los canales abruptos, que son las únicas vías de acceso. Los “canales” son pasillos muy inclinados, con una longitud bastante constante — unos cincuenta metros de media — un fondo plano, salpicado de bloques erráticos, sin vaguadas ni agua. Dos muros, verticales, cuando no son en caída a plomo, les encajan como calles. El canal del Asotín se parece a sus similares, a pesar de que las escarpaduras que le alargan están más afiladas que agujas y más desordenadas de formas. Además de tener un pequeño lago en una cubeta, donde un poco de tierra vegetal ha cimentado los poros de la caliza. De frente la Peña Santa descubre en los huecos de la niebla su amenazante fortaleza, conocida con el nombre tan expresivo de “Manchón”. Más abajo se descubre el valle, destaca la vegetación, fluye una fuente, los bosques dan sombra a la senda y se explota una mina de la Compañía Asturiana a la que se accede por un camino de carros. Salimos de la “mala tierra” y atravesamos un rincón del país verde que la rodea. La carretera de la mina cruza el Cares por un puente de madera y se junta con la de Valdeón que sigue el curso del torrente entre setos frondosos, bosquecillos y praderas, donde algunos caseríos esconden sus tejas rojas. De repente el camino cesa bruscamente en la confluencia del vallejo de los Caballos: es el límite final de las carretas y en adelante las mulas pasan solas. El valle se estrecha y entre murallas cada vez más esbeltas se alcanza la garganta superior del Cares. El estrecho camino atraviesa el río sobre un puente musgoso y serpenteante, sobre su margen derecha ataca una pequeña depresión dominada por un pico rocoso. Abajo humean las casas de Caín sobre la otra orilla. Volvemos a la tierra maldita, pues en este país donde los hombres, las piedras y las leyendas se rodean de una aureola de misterio, la maldición eterna se invoca al revés que en los lugares santos.

Caín lleva el nombre de uno de los grandes malditos de la Biblia. Es la villa más miserable del valle y de la provincia. Sus casas son ruinas de piedras secas, mal unidas, negras, sucias, malolientes, como pocilgas que no se han limpiado nunca. Sus calles tortuosas trepan entre huertos enmarañados llenas de agujeros, de detritus, de roderas. Toda la población hormiguea en este tugurio. Los “Cainos”, considerados grandes cazadores en la montaña y grandes pecadores ante Jehová, forman un clan bárbaro, y mantienen como tradición, que su señor los abandonó, renunciando a dominarles, en el apogeo de la época feudal. Las muchachas son bien parecidas, precoces, y se dice que a veces las uniones se contraen temprano y se consagran de un día para otro cuando ya la familia es numerosa.

El cura es un viejo enviado al exilio en la parroquia de peor reputación de la diócesis de León. Antiguo canónigo, el pobre diablo expira en Caín todo tipo de pecados. Es mala suerte que se tenga que solicitar su hospitalidad. Nos recibe en la sala de la planta baja, especie de cobertizo que sirve de leñera, de almacén y de cochera, y para comenzar nos deja cortésmente en la puerta. La necesidad hace la ley e intentamos pasar a la ofensiva, invitándole a leer nuestras cartas de presentación. Se decide refunfuñando a llamar a su ama, honrada con el nombre imperial de Teodora. Queremos subir por la escalera de piedra con los peldaños pulidos por el desgaste y uno de nosotros resbaló. El ojo de tiburón del cura cayo sobre el torpe y grita con voz estridente: “Pienso que me engañáis, pretendidos ingenieros de montañas, que ni siquiera podéis entrar en mi casa”. Arriba: la pequeña cocina estrecha, ahumada, apestando a todos los olores, incluidos los de los vestidos sucios colgados en clavos; una pieza barrida hace un siglo, donde un montón desordenado de judías, patatas, jamones estropeados y huesos podridos se apilan al azar, frente a una cama rústica; al fondo la habitación del cura, que no veremos. Eso es toda la casa. Nuestro hospedero nos dice que no tiene nada para cenar. Enviamos a Tonio a buscar huevos. El cura se opone diciendo que es tiempo perdido. Nuestro porteador capta una señal que le hacemos y al rato vuelve con una fructífera caza.

Nos quieren hacer dormir juntos, ante nuestra negativa, Teodora hace un hueco entre las judías y pone un colchón en el que habrá menos piojos que en la cama grande. El cura deja a nuestros guías en la puerta, lo que no les impedirá ser buenos amigos por la tarde. Huimos un momento de esa casa tan poco hospitalaria y nos refugiamos en casa de los vecinos. Las muchachas se reúnen: Las faldas azules o verdes, bordadas de rojo, escocesas o rayadas, vistosos echarpes cruzados; medias pardas o verdes, zuecos de troncos (con tres puntas que los aíslan), pañuelos de cabeza colgando como una trenza. Son jóvenes, casi niñas, la mayor parte casadas o eso dicen ellas. Con el diablo en el cuerpo y sobre todo en la lengua; estas pequeñas “Cainas” maldicen el universo creado sin excluir a su vecino el cura. No es preciso decir que nos pone la mesa. Entramos en la cocina y nos sentamos sobre un gran banco de roble junto a la chimenea. De pronto Teodora nos indica que bajemos la cabeza un poco, después mucho más; obedecemos servilmente; un viento pasa sobre nuestras frentes; lanzamos una mirada sorprendidos y hay motivo para ello; es la mesa que pasa sobre nosotros, adosada al muro y unida al banco por dos bisagras, que se coloca sobre nuestras rodillas o mejor dicho sobre nuestro mentón pues de acuerdo con el uso de este país tiene una altura fantástica.

La cocinera ha encontrado recursos inesperados, y nuestra cena será abundante, sin la repugnancia de una innoble suciedad y sobre todo sin los condimentos verbales del cura. El viejo palurdo no cenó al atardecer, pero nos acompañó para hacer indicaciones descorteses sobre nuestra manera de comer, nuestras maneras de hablar, la impiedad de nuestro país y su odio por Francia. Nos retiramos inmediatamente después de cenar, pero el insoportable charlatán continuó conversando con nuestros hombres hasta una hora intempestiva y cuando se decidió a ir a dormir, pasó la noche entera tosiendo con un estruendoso catarro, que desembarazará al año siguiente a Valdeón de este ruin hombre.

Ayer llovió; llueve esta mañana, después de largas deliberaciones, nos arriesgamos a visitar la garganta del Cares, rió abajo de Caín. Esta garganta es como las otras cortaduras de la cadena, una barrera casi infranqueable, en todas partes donde el hombre no tiene paso hace una galería a través de la roca a golpes de mina. Es esta extraña configuración la que ha dejado en León los altos valles del Cares y del Sella, Valdeón y Sajambre, como territorios aislados por las escarpaduras de toda la comunicación con el litoral.

La tierra maldita no está comunicada con el mundo civilizado más que seis meses al año. La nieve corta el paso a la cadena cantábrica y hiela la garganta rió arriba de Caín, este pueblo está perdido en su salvaje aislamiento, el correo — que por otra parte sólo llega con porteadores provisionales — hace ignorar a la pequeña república las revoluciones de España. En cuanto a la garganta río abajo es inútil describirla, es una grieta en la roca sobre la que trepa un camino de cabras (los carneros no pasan por allí) y que dominan las más altas torres del macizo, ya que Cerredo, el rey de los Picos de Europa, cae sobre este desfiladero grandioso. Seguimos durante una hora esta cornisa abrupta y presurosos por dejar la tierra maldita, más maldita que de costumbre en este brumoso día, regresamos al pueblo.

¡Que maravilloso cambio de decoración! Nuestro cura, que nos ha hecho servir al levantarse un excelente chocolate, nos ha preparado un buen desayuno, está de un humor encantador. Incluso nos presta su caballo para subir a Valdeón. No quiere recibir nada a cambio de esta “pobre” hospitalidad. Hacemos lo que se hace en casos parecidos en España y le pedimos una serie de misas por el alma de todos nosotros. El buen hombre, que al parecer raramente dice misa entre semana, nos mira malignamente, calcula el precio de nuestras misas, se aguanta, cuenta con sus dedos y nos pide 7,5 francos por nuestros gastos. ¡Y que esfuerzo para hacerle devolver diez céntimos de las ocho “pesetas” que van a parar a una bolsa enorme, un verdadero tesoro de doblones fruto de sesenta años de economía! El hecho es raro en España donde el cura, generalmente pobre, recibe de buena gana al viajero sin abrigo, y hay que ir a la tierra maldita para encontrar el ejemplo de lo contrario. Tendremos una nueva prueba tres horas más tarde.Estas tres horas nos van a conducir muy lejos de Caín, del que huimos con la prisa del hermano de Abel expulsado por su padre. El mismo camino que la víspera hasta el pié del Asotín, después mamelones ondulados que se ensanchan hasta el límite extremo de la cadena.(1).

La meseta de Valdeón tiene casi la misma frescura que la Liébana aunque más altura. Anchos caminos la atraviesan en todos los sentidos, bonitos carros tallados la recorren, la población es alegre, parece contenta y vive bien, a pesar de la ausencia de cualquier médico en un número indeterminado de leguas a la redonda, y la ronda se hace entre montañas elevadas.

Una docena de aldeas forman el municipio, la pequeña oficina postal está en el pueblo llamado Posada, porque tiene un albergue. Esta “Posada” era nuestra esperanza de dejar la tierra maldita, volvemos por fin al consolador correo y a la abundante hospitalidad. ¡Triste ilusión! La oficina postal no tiene cartas para nosotros y el hotel no tiene más que una mala habitación con una única cama. El estiércol se pudre en la esquina del patio y bajo una galería húmeda. Una loca mujer deambula por la habitación desierta. No hay más que una salida ¿a dónde? La casa parroquial de Caín nos fue nefasta, ¿lo será también la de Soto? Es la residencia del párroco de Valdeón. Probamos suerte. Y en el camino fangoso y pedregoso, donde los carros chapotean entre campos donde los patanes están trabajando, llegamos a la casa parroquial de Soto. La casa es grande, una puerta de cochera se levanta sobre el umbral de un amplio patio, nos recibe un criado que informa al cura. Es un hombre alto, moreno, de dulce figura, el más acogedor del mundo, se nos abren todas las puertas, todo el personal está a nuestras órdenes las comidas serán excelentes y su complacencia no tendrá límites.

Y siendo noche cerrada íbamos a cenar, cuando el cartero de Posada aparece con nuestro correo. Nuestros nombres eran desconocidos, la correspondencia se había olvidado en un bolso del pastor-cartero, que volvió cuando guardo el rebaño en la montaña. A su vuelta le dijeron que unas gentes habían pedido carta de Francia ,…y el llevaba las cartas en el bolso, a la vuelta de la ascensión “vacía el bolso”. A la cocina limpia y brillante amueblada con dos típicos bancos de roble alrededor del fuego, viene mucha gente. Nosotros ocupamos un banco, el público ocupa el otro y el excelente cura se sienta en medio a caballo sobre una silla frente al fuego. Los concurrentes nos miran de reojo con curiosidad de feria; jamás se han visto franceses en Valdeón, jamás escucharon hablar francés. Debemos conversar entre nosotros en nuestra lengua, con gran alegría de nuestro anfitrión y sus invitados que se turnan sobre el famoso banco para tomar parte en esta ingenua fiesta.

De Valdeón al Sajambre, el camino serpentea entre los verdes mamelones de la cordillera cantábrica, parece el país vasco: bosques, hierba, brezos, cimas redondeadas o jorobadas, afloramientos de agua erosionando la pizarra, arcillas rojas desnudas, un buen olor a montaña y ruido por todas partes. En un lugar de Soto, sobre el largo camino de suave pendiente que remontamos con el caballo del cura, su criado, nuestro guía del pueblo y el fiel Tonio, sale del monte un gran rumor, es un descenso “vernal”(2), un campamento de verano que abandona un grupo agitado de hombres, mujeres y bueyes, que salen de la espesura e invaden el camino con alboroto. Más lejos carros, esos bonitos carros asturianos de Valdeón con llantas góticas, nos cruzan rechinando y traqueteando. Después el camino gira a la izquierda en dirección del Pontón, y a la derecha se eleva una senda escarpada debajo de bosques hasta “Pan de Ruedas”, abierto en el ramal de enlace entre la cumbre de los Pirineos y Peña Bermeja. Hay una insoportable niebla, nuestras barbas gotean y tenemos prisa por dejar el fresco claro que forma el collado. El criado nos deja el caballo.

Sobre la vertiente occidental las nieblas se desgarran y un cresta inmensa, uno de los Picos de Europa, aparece entre los claros, poco a poco la luz invade el valle, un circo maravilloso de gracia, de color y encuadre, todos los tipos de montañas, de praderas regadas, de bosquecillos en las tierras cultivadas, de bosques o rocas en las alturas, de gargantas sombrías por aquí, rocosas por allá, un país acaso más pintoresco que la Liébana y Valdeón. Es el Sajambre. Nos cruzamos con el correo montado sobre su mula, con su saco de cuero cerrado con llave. Al frente suben las revueltas de la carretera del Pontón, donde trabajan obreros y hacen voladuras. Una cornisa en un primer afloramiento calcáreo nos deja ver Oseja, el principal pueblo del Valle. Nos cruzamos con un asturiano con su mula cargada. Las gentes de su raza tienen elegantes vestidos, los calzones cortos, la camisa amarilla y el chaleco con mangas.

Atravesamos Oseja. ¿Dónde está la carretera? ¡Oh! ¡La extraña historia de esta carretera! No nos ha sido posible saber si existe o existió. Nos dicen que estaba terminada hasta Ribota, la aldea más baja de Sajambre. Pero algunos dicen que falta un puente. Sin embargo el Sr. De Olavaria y un coche de alquiler deben transportarnos a Ribota u otro lugar, allá donde la carretera esté hecha, lo que no es fácil de aclarar, y que incluso las gentes de Sajambre parecen ignorar completamente. Atravesando Oseja, tenemos el temor de que al llegar a Ribota no haya carretera, los naturales nos informan que está a algúnos paso, información diferente de todas las demás, pero que extraordinariamente resulta exacta. A una corta distancia del pueblo se abre como una boca estrecha entre enormes rocas, la garganta del Sella. Allá, cerrada por una barrera, justo en el punto donde termina la escarpadura y comienza la tierra fértil aparece una carretera magnífica. La carretera está allí pero no el coche.

Algunos cuartos de hora más tarde, se escuchan ruidos de cascabeles; es nuestro coche, siempre retrasado, según la costumbre. Descendemos a buen trote hasta una caseta de camineros colocada en el precipicio, a unos treinta metros por encima del camino, es la única habitación en una gran distancia. Los camineros son buena gente. Sus mujeres y sus hijos nos rodean y preparan un rústico desayuno, aumentado con alimentos importados. Nos hacen admirar su pequeño jardín, ganado a las piedras, el esplendor de la garganta que domina su terraza; nos cuentan la verdadera historia de la carretera del Sella: se terminó sobre la parte de Oviedo hace cinco años; hacía veinte años que se trabajaba en ella. Están en su puesto desde el día de la apertura, lo cual es una manera de hablar, pues hasta ahora nadie ha pasado más que los peatones y las caballerías. Los camineros estaban allí pero no faltaba un puente, faltaban cuatro. Mientras tanto las tierras de sostenimiento se derrumban y los escasos viajeros atraviesan el Sella sobre pasarelas provisionales puestas durante los trabajos y ya ruinosas.

Antes de que la carretera existiera, ni las mismas cabras podían subir por el desfiladero. Estos valientes “peones camineros” mueven la cabeza cuando preguntamos cuanto llevara terminarla de punta a punta. Ellos responden interrogándose, con su causticidad asturiana: “en la parte nuestra toma tiempo hacer los puentes, porque hay agua; pero en la de León hay ventaja porque allí no la hay”. Se comprende por ello el retraso. Estos puentes son admirables obras de arte, uno sobre todo, levantado a una altura soberbia, de una orilla del Sella a la otra. A partir de Ribota hasta Sames, a una legua de Cangas de Onís, la carretera es una maravilla. Se infiltra en una grieta, tan encajonada que en algunos puntos todo se encaja en el túnel, la carretera, y el rió. En algunos lugares, el camino se hunde dentro de galerías. Algunas praderas están colgadas sobre las pendientes abruptas; miserables cabañas humean en la ladera. Y arriba, completamente arriba, tan alto que sería necesario tumbarse sobre un colchón para gozar del espectáculo sin torcerse el cuello, crestas en agujas y encajes se erizan, con formas inesperadas, variando en cada recodo, deprimiéndose en cada ángulo, coloreándose a cada rayo de sol. El torrente rumorea en las cascadas, se revuelve en su lecho rugoso, hecho de pozas verdes, de remolinos blancos, de saltos como olas. Las horas suceden a las horas, y esta clase de visión fantástica acaba por cansar. A fuerza de levantar la cabeza, los ojos y el espíritu se enturbian y se ve moverse a las rocas, altas como una media legua y colocadas de frente, mirándonos con sus máscaras vivientes, como esas estatuas antiguas que se alinean sobre los palacios de Susiana.

Paul Labrouche y el Conde de Saint-Saud


(1) Colina baja en forma de pezón de teta

(2) Cambiar el ganado de lugar al llegar el verano

 


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